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miércoles, 4 de febrero de 2026

El moribundo. Cuatro de febrero.

...y si la mano señalada del destino bajase sobre mí indiferente y terrible, me dejaría caer tan leve como los copos de nieve sobre el pasado inmutable, sellado como el silencio del cielo y si luego apareciera el ángel o fuera sólo una penumbra sin fin, tampoco me importaría, pero con la sola condición de olvidarme de mí mismo:la broma pesada que fue mi vida, mi esperar perpetuo por la apertura de una tenue línea de luz frente a un muro, el sentir punzante y acucioso del miedo y el dolor, sí, me dejaría caer y acaso con un estado de ánimo febril y ciertamente parecido a la alegría, o lo que hace de la calma alegría, de la alegría felicidad y de la felicidad euforia y confianza desmedida, hubris ciega...

Porque también he sido feliz y supe serlo. Hay tantas capas de mí que ya no sé quién soy. Mi ayer reniega de mi hoy y mi hoy está ciego frente a una llanura bajo la tormenta. Pero si el futuro no aparece muy auspicioso, lo que logré ser feliz quedará conmigo. Tuve suerte y poco más pero no olvidaré cada momento pleno, la captura de un momento o la celebración de los mitos que cree para levantar la mentira de que vivo. Torpe esfuerzo, dirán, y estarán en lo cierto. Pero yo recordaré que donde hay desamparo, hubo cobijo; allá donde hay confusión, reinó un día la claridad; en donde mella la soledad su grieta, hubo encuentro, y en fin, no podré olvidar quienes hicieron parte de su camino junto al mío. Sí, por todo eso, si hoy la voz me llamase acudiría con el ánimo templado a su encuentro, puesto que no tengo nada por lo que tratar de evitar caer ni la sombra podrá vencer la luz, aunque yo sólo lo sepa y llegue solitario , como todos los días de mi vida,a aquellas desoladas regiones frías donde habita el olvido.

Y estaré un poquito triste, pero olvidaré la soledad, el desencanto, la lucha baldía y todas las vergüenzas de mí mismo que me han herido y ascenderé a contraluz por colinas de bruma hasta difuminar el alma en ella, de la que viene y a la que va, y unirla en el rito del olvido, sereno y fugaz, puesto que una vez logré conocer la alegría y bebí del néctar del olvido de mí y mis mezquinos problemas y gocé los frutos de la vida y eso ya nunca, no, sin duda nunca ya, no me será arrebatado.