Tomo todo lo que venga de prestado. Quizá esa incapacidad mía de hacer algo mío naciera en el momento en el que comprendí que nada importa de veras. Me ha acompañado siempre esa sensación espesa, pesada, de que los momentos requieren su atesoramiento entonces, sin importar el futuro. Y eso me ha dado cierta inconsciencia útil para no mirar atrás y me ha negado la estabilidad del corazón, que quiere anclarse en una certeza.
Pero las certezas me parecían cárceles porque deseaba huir y huir de uno es imposible así que de cada panorama he hecho una cárcel y de mí impulso de poder querer ser alguien más, mejor o distinto mi única libertad, una libertad tan íntima que quiere hacer de cada minuto de su existencia su radical rebelión. Incluso si no sirve para nada. Porque no sirve para nada.
Me enorgullezco de mi desprecio a todo refugio y mi espíritu que no desea treguas. Luego, como todos, sufro dentelladas del miedo y angustia del desamparo. Acaso sea otra verdad indiscutible: el miedo sirve para alejar del frío. Y he decidido aceptar el frío sin temor, como acepto el alba sin orgullo. Lo demás al fin será para todos silencio. Así, mientras pierdo la guerra trato de ganar la batalla al miedo, la mentira y la culpa. Vienen hipertrofiadas contra mí cada día, en donde vivo, en donde trabajo, allá donde peleo. Pueden destruirme, pero no me harán bajar la cabeza. Los heraldos de la nada, de armaduras relucientes y sonrisas crueles se sorprenderán al ver que hasta el último momento seré el capitán de mi destino y el guardián de mi alma.




