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viernes, 30 de enero de 2026

Juego de reflejos. 300126.

El laberinto preñado de reflejos

Distinto cada día, es el espejo

De tu pasar colmado de momentos.

Un paraíso sin temor ni consuelo.


Fluye el presente su respirar calmado

Y el brillo de su lomo es su regalo

Ardiendo como un fuego acostumbrado

Alumbrando lo bello, que está siempre de paso.


Tu rostro es otro laberinto y una rosa

Que indaga en el asombro de las cosas

Iguales y variadas, irregulares sombras

Esparciendo en la luz semilla misteriosa.


Y al cabo miras el río y tú eres la corriente

Turbia y clara, oscura y transparente

En la que avanza el arduo salto de los meses

La que ahoga, la que fuerza, la que vences.


Otra luna más sobre el intrincado espejismo

Otra luz en otro cuerpo que ayer era distinto.

Otra voz que susurra antes del inevitable olvido

Porque solo posees aquello que has perdido.






martes, 20 de enero de 2026

Descansen en paz. 20.01.2026

No envejecerán como los que quedamos

No les pesará la edad ni les devorarán los años.

Veremos sus ojos en las cosas que amaron,

Llenarán de colores nuestro desencanto.


El corazón escondido los conoce y desvela

Como la noche triste conoce a sus estrellas.

El crepúsculo calladamente trae el olvido,

Mas ellos seguirán recordando quienes fuimos.


Ya no ocupan la mesa donde pasar la tarde

En alegres bullicios que capturan el aire;

Duermen en costas lejanas donde reina el silencio

En paz y aroma suave, sin frustración ni miedo.


La inocencia que perdimos se quedará con ellos,

Con el fulgor de un ángel bañaran los recuerdos

Del poso que legaron a las horas más dulces

Liberando del tiempo su promesa y sus luces.


Día a día seguiremos retomando sus pasos

En la flor del momento y la brega del año,

Hasta que la hora llegue de partir a su casa

Que desde la ardiente oscuridad nos llama.


Donde muere el ocaso, caminaré en secreto

Al jardín inefable donde nacen los sueños:

Yacen allí los cansados en el amoroso seno 

Donde reposan libres frente a horizontes plenos 


Al final del tiempo retomarán la senda,

Con nosotros al lado, marcando la ribera,

Hasta que el sol decline en la cuna del mar

Y allá permanecerán, permanecerán hasta el final.




sábado, 17 de enero de 2026

La extrañeza de un cielo. Diecisiete de enero de un nuevo año.

He pensado en Venecia. Se ha abierto el cielo después de una mañana gris de llovizna y el azul que nació, aunque hermoso, no era el metafísico e irresistible del arte veneciano. 

Sus pintores recibían de ultramar su azul, que explotaba en los cuadros tras triturar el lapislázuli, que llegaba de las remotas tierras de Afganistán y era más valioso que el oro. Desarrollaron técnicas que sostenían gamas imposibles, en las que la luz parece nacer del cuadro y estalla en el ojo de quien mira. Y vivían en un laberinto de espejos, una ciudad inefable, tan bella que parece imposible, tan única que ni siquiera todas las visitas fugaces logran acallar su enigma perpetuo. No hay más tonos imaginables que los de aquel lugar serenísimo; los que nacen entre la danza del agua y los resplandores, sol, luna, nubes, faroles, estrellas, ocasos y alboradas. Todo se nos ha dado y vivimos en un mundo de innúmeras maravillas, pero sólo a veces son tan prístinas. La labor del artista es rebajar el umbral de la belleza terrible, insoportable, al de la fascinación sin palabras que llena de plenitud a un alma humana.

El azul del cielo que ansío es uno que no existe pero me sirve haberlo visto en cuadros y que mi mente lo convoque y se pierda en su intensa placidez. La extrañeza de un cielo que no es tuyo hiere, pero puede convertirse en un dulce naufragio contra lo que nos hiere, sin temor ni duda. Así, camino entre palacios decadentes y canales, sin miedo ni esperanza ni anhelo ni angustia, mirando como mi nombre y mi historia se escriben en el agua y se borran y una silueta recorre la plaza y se difumina entre grises y azulados, fascinada y extraña y yo me pierdo en estos pensamientos y no deseo nada más que ese color y ese lugar para imaginarlo y quedarme en él como quien se acurruca contra la realidad y ve una estrella solitaria que apaga sus pensamientos y en silencio mira su memoria imaginada y la acoge sonriendo en silencio a través de un velo sedoso, en su atmósfera envolvente, como dentro de un sueño.




martes, 13 de enero de 2026

Dilema de un prisionero. 13.01.26.

Debo ser yo, por vieho: no encuentro relevancia cultural en ninguna novela, o serie, álbum, documental, peli, canción, drama o columna. Hasta la arquitectura me parece plegada al rito del olvido. La tradición ha desaparecido, en muchas ocasiones para bien, pero ha dejado paso a una rueda perpetua de consumo y desapego instantáneo. Me temo que no es una manifestación sólo cultural, sino la adaptación del esfuerzo humano de plasmar la época, que es turbia y deshonesta.

Me resulta lamentable no saber elevarme: mi hoy contradice mi ayer. En todas partes escucho que el espíritu del tiempo conversa con el espíritu humano con desprecio y ansias de destruirlo y el mío se hace diminuto y trata de esconderse. No sabe sobrevivir aquí, después de haberse prometido quimeras, mentiras. Ellas podrían haber resistido su falta de realismo si al menos se admitiese su nobleza. 

No hay tal. Haz dinero fácil, usa a los otros, ten a mano a un victimario, sigue las modas para demostrar que eres un rebelde, zahiere lo bueno y justo para que los inicuos sigan sobre su pedestal de mentiras. En todos los lugares oigo los mismos mensajes roncos y perversos. Solía refugiarme en el arte y las creaciones que creía altas, pero cada vez son más caducas y las nuevas se han rendido a las formas y sólo saben dar cuenta de un hoy fugaz, precoz y maldito, seductor de abandonos. Todo lo inspirador es sospechoso y se siembra cualquier duda salvo la de quienes las irradian. Prisionero de mí, no hay pozo de agua fresca en canciones de esperanza, novelas con sentimientos, películas con pasión. El morbo, el sentimentalismo viscoso y la fascinación por la brutalidad lo han devorado todo. La falta de imaginación de la producción de esta ingrata época deriva de su falta de moral noble, aquella que cree que hay algo más allá de la vida que la ilumina como una estrella. Pero ahora todo debe ser repulsivo y bajo.

No sé qué hacer ya si no puedo dedicarme al otro y olvidarme de mí, que es el único sentido de la vida que me han enseñado, cuando ese otro no existe. Quiero escribir, pero no sé cómo puedo hacerlo sin quemar mi mente de melancolía destructiva. Porque no quiero destruirme. En un día oscuro de la ciudad que aprendo a detestar, sólo sé que no necesito nada sino escapar, para llegar a un sitio aún bendito y allí romper mi boca mordiendo con devoción su silencio.




martes, 30 de diciembre de 2025

Otro más, poema de los dones. 30 de diciembre de 2025.

Los libros, portones del enigma. La comida en el plato cada día. La luz del otoño. Pensar en nada. Aprender. El deporte y su euforia inducida y a veces real. Escribir. Aceptar y apretar los dientes. La inocencia. Los cajones olvidados. Cada despertar. Las bufandas. El sexo y su viaje más allá de uno mismo. Las cumbres de las montañas. La historia antigua. Las tonterías repetidas como signos de la amistad. La esperanza. Volver. También irse. Los armarios. El coraje. La duda fecunda. El poniente, mezcla de lo real y el sueño. El enigma del tiempo. La soledad. Vivir en la verdad. La fruta. La hora dorada que pasa desapercibida pero acompaña. El silencio. La justa ira. Los viajes soñados a reinos inexistentes. La razón, palacio de cristales líquidos. Perder y volver a arriesgar. La imaginación. El fulgor del desierto. Las enumeraciones. La constancia, esquiva y generosa. La religión que sirve a alguien como verdadera consolación del inexorable aislamiento del hombre. La aventura y su hermano menor, el juego. Los que nacen. Las carreteras. La libertad y su precipicio temible. Los otros, el verdadero espejo. La nobleza. Una salus victis nullam sperare salutem. La compañía. Los techos amables. El olvido, única venganza y único perdón. La selva. La ecuanimidad, refugio del individuo. La mujer y el hombre. Los lenguajes de la gente.  El respeto. La sombra de la luz y la mística universal. Los arroyos. La ilusión del yo y su derogación alternativamente. La nieve. La amabilidad de los desconocidos. Los chistes malos. La confianza. El amor, alfa y omega. La forma de las manos. El cuerpo femenino. La ilusión que precede a la suerte. La voluntad de vivir. El chocolate con churros. La compasión. La matemática. Los desafíos. Los monumentos. La memoria de Frances Haslam, la abuela de Borges que pidió perdón a sus hijos por morir tan despacio. La buena fe. La frugalidad y sus ocasionales excepciones. Las nubes. El mundo de las ideas y la plausible inmortalidad del alma. El agua corriente. Los animales. La medicina. La doctrina del axiarquismo. La ternura. Las canciones pasadas de moda. El rocío de las mañanas. Las cicatrices curadas. El surrealismo incomparable de los sueños. Las discusiones. La fragilidad consciente. La conciencia. El orgullo de resolver un problema. La camaradería. Las murallas. La fantasía. El orden espontáneo. Los actos buenos de la inmensa mayoría. La comprensión. La caricia del sol. La sensatez. Los árboles y sus sombras, y sus formas. Los defectos acostumbrados de los seres queridos. Las playas. El perdón. El calor y el frío. La nostalgia generosa. Los ritos sagrados de cada vida individual. El petricor. La risa contagiosa. El deseo voraz de que todos estaremos aquí de nuevo.






miércoles, 24 de diciembre de 2025

Cuento de navidad. Nochebuena, 2025.

Supongo que estas eran las navidades futuras, se dijo, girando lentamente la cucharilla en la taza. La pared ocre apuntalaba la agonía de un calendario y la lámina decaída de una calle de París, allá en los tiempos felices. Los cajones de la cocina, la mesa, lámparas mortecinas que suplían la mañana tediosa que no deseaba nacer.

Miro enfrente, hacia la nada. Una ventana gris daba al patio y a la cuerda de la ropa. Vio sus recuerdos mientras lloraba por dentro. Los ojos tienen su propia tristeza y no derramaron lágrimas. Es extraño, pensaba, di por hecho el rito del encuentro cuando no supe merecerlo y hoy que lo trabajo, no obtengo frutos. Así es la vida... cuando se atesora algo sin saber que es fugaz, ha de darse luego sin obtener nada a cambio. Y mientras discurría en la soledad de su cocina, la mañana fue llenando de blancura el aire en torno. Era hora de comenzar otro día. Otra vuelta a una rueda indiferente con indolencia y tratar de remitir los estragos de la soledad y la carga de su tristeza.

Así que fue a la ducha, cantó, dió un paseo y fue a las tiendas para darse un festín y tener su regalo. Las luces y las caras, si no alegría, le dieron coraje. Volvió y terminó de decorar el árbol. Buscó trabajo en un portal online y se dijo que hoy trataría de no odiarse. Seleccionó algunas canciones suaves que le acompañasen mientras descansaba tratando de encontrar la paz y la serenidad esquivas que muestran el lado oculto y fructífero del mundo oscuro.

Pasó la tarde mirando fotos de un álbum maldito. El dolor dió paso a un estado de serenidad que aquietó la luz de un atardecer tenue, sin miedo ni esperanza. Breves lágrimas asomaron a sus ojos, pero no eran de amargura; de alguna manera los recuerdos dispersos formaban una historia que hablaba de gratitud y de sorpresa grata por haber logrado llevar una vida llena de momentos ajenos a la ruina y al deterioro de todas las cosas, tan inexorable como el ciclo perpetuo de las noches y los días. Se descubrió sonriendo mientras pasaba las páginas del álbum. Nada había sido entregado a la nada. Todo estaba en él y estaría siempre. Y ese sentimiento súbito la anegó como una oleada de alegría irresistible. Cubría sus secretos ocultos, la vergüenza insensata y recurrente, el arrepentimiento punzante y la iluminación de las mentiras que había construido para proteger su vida; ahora eran muros coronados de cristales rotos que hacían más jirones que cualquier error pasado. Las contempló y dejo de odiarlas, pero no podía respetarlas ya. El autodesprecio no era un recurso ya: todo estaba perdonado.

Miró a su alrededor: mientras los pensamientos y los sentimientos formaban su torrente tumultuoso, había puesto la mesa y preparado todo. Vio el mantel de gala, las servilletas finas, los vasos pulidos y los platos de gala. Puso vino en su copa y apuró en sus labios el cáliz de la tristeza, pero también de la aceptación sabía. Sonrió y suspiró. Feliz navidad, susurró más tarde, y mientras una luz cálida agotaba la estancia y voces de sus ángeles pasados alimentaban su alegría, se quedó dormida...

Feliz navidad, pareció susurrar una brisa leve y después la sala se llenó amorosamente de un silencio completo de si mismo en plenitud y armonía, mientras las estrellas poblaban la ventana y rumores de alegría que no podría oír iluminaban una noche más con los ecos silentes de fuentes invisibles e inagotables, hasta cambiarlo todo.




jueves, 11 de diciembre de 2025

Mi pedrada (no muy original). Once de diciembre.

He tenido una revelación hace un rato. No llega a epifanía porque es un tanto obvio y ha sido dicho ya muchas veces. Sin embargo, diré que vi más allá del cielo una danza llameante del universo mientras tanto. Por dar empaque. En fin, a lo que voy: somos criaturas conformadas por nuestro lenguaje.

Vivimos en un mundo lingüístico, incapaces de liberar la realidad de una representación inevitablemente limitada. Somos criaturas de cambio constante y sensaciones inefables que tratamos de cercar con palabras. Aunque dichas palabras son inexactas, permiten confirmar la realidad compartida con las demás criaturas. Más allá de los límites de la gramática yacen los resquicios de la propia naturaleza de la verdad. Allí se mueven los turbios ejes que consiguen la derogación de la permanencia en un devenir inexorable. Allá también nacen las misteriosas formas del tiempo.

No creo, según mi experiencia mística, equiparable a recibir una pedrada en la frente y quedarse picueto, que vivamos en un mundo físico de naturaleza y realidad independiente y absoluta, sino en un mundo lingüístico. Existe una verdad lejana, pero sólo nuestro lenguaje puede despertarla. Cuando el lenguaje flaquea, la realidad nos aparece brumosa. La capacidad expresiva no sólo limita lo decible, sino también lo que podemos concebir como significativo. Lo real podría conformar múltiples dimensiones ocultas, puesto que sólo las que podemos nombrar forman parte de nuestro universo cognitivo. En definitiva, tenemos una relación hermenéutica con lo que creemos real. Sólo interpretamos a través de palabras. De esto se seguiría que tenemos una mente que dirige la supervivencia y replicación de individuos que a su vez son repositorios de material genético, lo único que importa. El cerebro es una sofisticada maquinaria de supervivencia y sólo necesita recoger de lo externo lo que fortalece, lo que debilita y lo que mata. Todo lo demás es distracción y ruido.

¿Es concebible, quiero decir, interpretable, quiero decir defendible que entonces, acaso, los conceptos sean creados por la mente y a la vez, de algún modo, la moldeen? No tengo ni idea. Mi revelación no mencionó nada de eso.

Es verdad que siempre me ha parecido muy interesante. Siempre me llamó la atención la existencia del lenguaje performativo, aquel que crea la realidad que nombra y que el lenguaje jurídico adoptó del religioso ¿Cómo se llegaría a un concepto así desde el mito? "Seréis como Dioses". 

También me preocupa el uso y abuso de propaganda y la extensión de la mentira y la mistificación del lenguaje, porque de alguna forma hace la realidad más asfixiante y estrecha. Lo que se puede decir, existe, en algún plano de realidad. La propaganda no crea lo que nombra, pero moldea el resto hacia ello. Y es peligroso.

En fin, esa fue la idea que me pasó por la cabeza antes. No es original, no es muy sofisticada y no la sé expresar muy bien. ¿Pero cómo podría haber visto el cielo rosado de la aurora esta mañana y reducirlo a palabras, metáforas y analogías y sentir que alguien podría imaginarlo? La noche cayó (y calló) ya hace un rato. Las luces no se elevan y las nubes ocultan las estrellas. Quizá más allá de todo lo que somos capaces de concebir hay una forma superior de sabiduría que pueda prescindir de los signos. Sin ellos, hoy nos sentimos como en un callejón sin salida, allá donde lo que no se puede decir se estrella contra la oscuridad y una penumbra especial atrae a los fascinados ojos. Y quizá más allá de esa llanura inmensa existe una forma de verdad simple y amable que sólo se puede ver en los ojos del silencio, desterrada la conciencia por la depredación de conceptos ajenos. 

Mientras acabo de escribir, el amanecer de hoy sigue ahí en algún rincón del recuerdo. Y nada de lo anterior puede hacer nada por compartirlo, y que la sensación es única e inexpresable, que se queda adentro y no puede ser comprendida plenamente por otros, porque somos criaturas lejanas y porque la única aproximación a la verdad es el silencio.