Vine de vacaciones hace unos días. Me ha sentado muy bien estar en casa, sentir un sol que alumbra y acaricia de veras, la vuelta a los pasos de ayer y un cierto sentimiento de gravedad consciente para reconocerme. Luego, cerca del mar jugué, me perdí en la distancia como un pájaro cansado y fue feliz sintiendo ser nadie contra las incansables olas.
Comenzaré nuevas aventuras pronto y estoy deseando poder añadir una capa de experiencia más a lo que haya de venir. He visto un rato un partido de la Liga y sus imágenes me trajeron al frío del pueblo de mis abuelos, los partidos del sábado en la tele pequeña, el encanto de la despensa de casa y todas sus noches pródigas de estrellas. Escribo antes de dormir, conversando conmigo, sabiendo que debo gratitud a la vida, habiendo llegado a algún sitio, gozando de afectos, con salud, energía y humor, contemplando la noche oscura allá lejos bajo mi techo con luz, con el calor de la costumbre al final de otra jornada y la sensación de haberlo conseguido todo salvo aquello que yo más quería.



