He terminado "Coriolano" con la impresión de haber pasado por una obra maestra a la altura de lo mejor que creó Shakespeare. Es un drama de una tensión arrolladora. No es violenta solamente por lo que sucede en ella, sino por la presión que Shakespeare consigue mantener toda la obra desde el principio: seca, latente, como si bajo cada frase e intercambio hubiese algo a punto de quebrarse. Hay conversaciones que parecen series de golpes mutuos y silencios que contienen más amenaza que muchos discursos. Es una obra incómoda, áspera, casi imposible de habitar; y quizá precisamente por eso deja una impresión tan profunda. Cada personaje parece poseer partes de razón, virtudes y a la vez una incapacidad correspondiente para reconocer la parte de razón del otro que los hace mezquinos a todos.
Coriolano parece, en principio, un hombre dominado por el orgullo. Pero hay algo más terrible debajo. Su orgullo no es solamente vanidad: es una arquitectura entera levantada para sostener una imagen de sí mismo demasiado elevada. No necesita únicamente ser valiente; necesita ser el hombre que es valiente. Aquel que no pide, ni suplica, ni halaga, ni se inclina. Cada concesión amenazaría con hacerle caer de ese pedestal que él mismo ha construido. Por eso su desprecio de la plebe resulta tan absoluto: no soporta que el valor de un hombre pueda depender de la mirada de quienes considera indignos de juzgarlo.
Y, sin embargo, ahí está la paradoja. Coriolano desprecia el aplauso precisamente porque el aplauso le importa. Dice que no necesita a la multitud, pero sufre cuando la multitud deja de reconocerlo. Quiere ser independiente de la mirada ajena y termina encadenado a ella. Hay algo profundamente visceral en esa contradicción. Quizá todos construimos, en mayor o menor medida, alguna imagen de lo que debemos ser y después descubrimos que necesitamos demasiado que el mundo confirme que somos aquello que hemos decidido ser.
La plebe es otra de las grandes incomodidades de la obra. Sus reivindicaciones son legítimas y razonables. Pero Shakespeare no tiene interés en idealizar a la multitud. La plebe cambia, aclama, abuchea, se deja conducir, se indigna, se entusiasma. Encuentra (le encuentran) hoy un héroe y mañana un enemigo en el mismo hombre. Hay algo casi obsceno en esa facilidad con que la opinión colectiva puede transformarse en juicio y el juicio en condena. Los tribunos, hombres con ideales tan altos como los de Coriolano y el mismo absolutismo moral que convierte al discrepante en enemigo irreconciliable, saben utilizar la volatilidad de la masa; Coriolano, incapaz de comprenderla, sabe solamente despreciarla.
Y esto resulta extrañamente contemporáneo. Hay algo profundamente antimoderno —y por ello pertinente— en la desconfianza de Coriolano hacia la adulación populachera. Las redes sociales han construido una maquinaria mucho más sofisticada para producirla: la aprobación inmediata, la indignación contagiosa, la recompensa de decir aquello que la multitud quiere escuchar. La verdad importa menos que la adhesión; la reflexión menos que la reacción. Y quizá lo más inquietante sea que ninguno de nosotros está completamente fuera de esa multitud. Podemos contemplarla con desprecio y, sin embargo, formar parte de ella. Podemos ser tribunos y navegar en ella o patricios y tratar de encauzarla para la estabilidad sobre la base de los más afortunados, o Coriolanos y construir presas fútiles contra la marcha irreversible de lo que sucede. En cualquier caso, podemos tener nuestra parte de razón y nuestra parte que ignora la realidad completa.
Hay otro aspecto del drama irresistible: la necesidad de ser visto. La plebe no quiere solamente pan o poder; quiere dejar de ser anónima. Quiere que alguien la mire y reconozca que existe. Las redes hoy prometen hoy una salida del olvido parecida: publica, muestra tu vida, acumula miradas, deja una huella. Pero la promesa es, como entonces, falsa. Ni los tribunos ni los magnates tecnológicos saben ni pueden hacer nada. Una fotografía cuidadosamente escogida no convierte una vida en memorable, del mismo modo que mil ojos sobre una pantalla no significan que alguien nos haya visto verdaderamente. Quien quiera puede anhelar ser una pausa que pronto será sustituida por otra en un bucle sin fin.
Quizá por eso Coriolano me resulta más cercano de lo que me gustaría admitir. Hay una forma de orgullo que puede esconder una herida: cuando algo no funciona en la vida, uno puede invertir todavía más en aquello que sí puede dominar. El trabajo, el reconocimiento, la inteligencia, la competencia, el prestigio. Hasta que aquello que hacemos deja de ser simplemente una parte de nosotros y empieza a cargar con la obligación de demostrarnos que somos alguien. Entonces un fracaso profesional, personal, deportivo, intelectual, histórico o grupal ya no es solamente un fracaso: parece una sentencia.
La tragedia de Coriolano podría leerse como el fracaso de un hombre que no sabe vivir fuera de la imagen que ha construido de sí mismo. Quizá la lección no consista en imitar su desprecio por los demás, sino en suavizarlo: no necesitar el aplauso sin fingir que no nos gusta; reconocer la estupidez de la multitud sin olvidar que también nosotros podemos ser estúpidos; sentir envidia sin convertirla en vergüenza ni aceptarla como legítima; querer reconocimiento sin entregarle a nadie el derecho a decidir cuánto valemos.
Coriolano no sabe hacer nada de eso. No sabe ceder sin sentir que se destruye. No sabe necesitar a otros sin sentirse humillado. No sabe quién es cuando deja de ser el guerrero.
Y quizá ahí reside la tragedia más profunda de todas: no que Coriolano sea demasiado orgulloso, sino que no tenga nada detrás de su orgullo. Conjeturo que por eso me ha impresionado tanto. Entre tantos otros temas, desde la masculinidad hasta la autenticidad y la firmeza, desde las servidumbres de un hijo hasta la mala fé constante del debate público, ofrece una gran pintura acerca de la erosión del sentido. La misma que me acosa mientras escribo estás líneas, camino de una tierra extraña, al preguntarme por qué y para qué, viendo tras cristaleras enormes el paso de las nubes, tan vanas como yo y afortunadas por no saber sentirse.





