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domingo, 3 de mayo de 2026

Gratitud. Tres de mayo.

Vine de vacaciones hace unos días. Me ha sentado muy bien estar en casa, sentir un sol que alumbra y acaricia de veras, la vuelta a los pasos de ayer y un cierto sentimiento de gravedad consciente para reconocerme. Luego, cerca del mar jugué, me perdí en la distancia como un pájaro cansado y fue feliz sintiendo ser nadie contra las incansables olas.

Comenzaré nuevas aventuras pronto y estoy deseando poder añadir una capa de experiencia más a lo que haya de venir. He visto un rato un partido de la Liga y sus imágenes me trajeron al frío del pueblo de mis abuelos, los partidos del sábado en la tele pequeña, el encanto de la despensa de casa y todas sus noches pródigas de estrellas. Escribo antes de dormir, conversando conmigo, sabiendo que debo gratitud a la vida, habiendo llegado a algún sitio, gozando de afectos, con salud, energía y humor, contemplando la noche oscura allá lejos bajo mi techo con luz, con el calor de la costumbre al final de otra jornada y la sensación de haberlo conseguido todo salvo aquello que yo más quería.




domingo, 26 de abril de 2026

Baños de luna. 26 de abril, 2026.

Me he bañado en el mar esta noche. Me ha venido bien, durante unos minutos creí poder parar el tiempo para que no me llevase a un sitio a donde no quiero ir, ceñido como dice la escritura.

Eso llegará, pero no será hoy. Hoy me decidí a remojarme en la playa vacía, mientras la algarabía de los bares dejaba en sordina la pausada torna y el siseo de las olas. 

El principio fue confuso; he divisado siete veces siete quimeras marinas, existentes e inexistentes que querían sumergirme en el olvido para siempre. Aunque fuera improbable estando a setenta y cinco centímetros de la arena, eran vívidos y se movían maliciosos en la oscuridad del agua. Luego reuní valor y no hubo nada; así se disipan los miedos habitualmente, y tras su puerta hay fastuosos paisajes. Me dejé flotar haciendo el muerto. La luna reinaba sobre jirones de luna y vi también estrellas salpicando el cielo, para mí en un lugar desierto rodeado de ejércitos ignorantes en la tiniebla del ruido. Para mí era la agonía de las olas y un rumor sagrado que alisaba las arenas y borraba pisadas antiguas, como dicen que hace Dios con nuestras ofensas. Y eran el frescor del agua y su vaivén, y el cielo más cercano y la sensación íntima de plenitud y el significado de la noche su propia respuesta. Así debiera ser la vida. No logré detener el tiempo pero ahí se quedará detenido en mis recuerdos, para cuando sea preciso, espero.

Todo cabe en un minuto prodigioso en el que se reúnen la oportunidad y el deseo. En mis ojos aún queda la imagen del cielo sin fin y el mar envolviendo todo, con el universo sobre mí y el cuerpo bañado en luna, con la intensidad y el gozo de cualquier esperanza.




domingo, 5 de abril de 2026

Oración. Cinco de abril de Dos mil veintiséis, A.D.

Abre las puertas, muerte.
Convierte el silencio en grito 
Y que tu entraña chispee.

Encarnate en júbilo, oh misterio 
Envuelve de bruma el horizonte,
No le des más tregua al miedo.

Sopla en los rincones, vístete de alegría,
Desecha el fruto amargo de la melancolía.
Envuelve al mundo con el aroma de un sueño,
Consagra la fuerza noble de los hombres despiertos.
Apaga el rencor, dobla las campanas, grita
Sé el testimonio vivo de la inquieta alegría.
Álzate audaz en la prisión en que yaces preso 
Y con el oro de la luz descubre el juramento 
Que el alba canta en esplendor y gloria,
"Oh, muerte atormentada, ¿Dónde está tu victoria?".



miércoles, 1 de abril de 2026

Misericordia. Uno de abril.

Todos los días lo mismo, pensó. La ruta entre bandadas de coches ruidosos, cambiando de carril, pitando, elevando en el aire un zumbido de ansiedad uniforme. La ciudad está llena de energía oscura, mientras miraba por el ventanal del autobús la calle soleada. 

A su alrededor, figuras hieráticas. Cansados, no demasiado alegres por el día que se avecinaba como una ola lenta, implacable. Llenos de miedo, con la forma de sus escudos llenando de sombras de tristeza sus rostros. Acaso era igual en todos, sólo que él ya conocía demasiado bien su cara cada mañana arrancada a un descanso en territorios ignotos, despojado de fortunas. Las líneas de la carretera pasaban sobre las miradas cómo rejas pintadas sobre el horizonte. Alguien bostezó. El rumor de la ciudad iba creciendo y un autobús flotaba en dirección a una parada como otras, con cuerpos derrotados y muecas resignadas, como miles de otras. Él estaba bajo el hechizo que ve en las múltiples caras una masa informe formada por almas insensitivas, sin capacidad de dolor moral o la alegría del espíritu, salvo él. Sabía que no es verdad, pero que podría hacer, si no sé trataba de los otros, sino de una impresión suya. 

Hubo un parón repentino. Las siluetas despertaron y se espabilaron para mirar. Una colisión leve de unos vehículos obstruía el paso. Vio piedad genuina en los ojos. Pidieron bajar para comprobar si alguien requeriría ayuda, había dos médicos y los demás dijeron que podrían tratar de asegurar que el resto del tráfico no se encontraría con el accidente. No era una buena idea, así que no la siguieron. Dieron agua a los que tenían sed, hablaron entre ellos, despertaron un rostro humano descubriéndose entre desconocidos. Él también lo hizo: mientras se observaba y a los otros, se lamentó de sus pensamientos bastos, irreflexivos. Todo era consciente y reparador, de momento, y la luz temprana parecía un mediodía. No se trata de cansancio de la vida, sino del hastío de un vivir que no nos reconoce. Pero ahora estaba inundando de paz y era bueno. Había descubierto de nuevo tras creerla perdido, pensó, el brillo radiante de la misericordia.

jueves, 26 de marzo de 2026

Todo lo que ha vivido. 26 de marzo.

Todo lo que ha vivido no ha dejado rastro. Lo que vemos de la historia es un precario pecio mecido por las olas. Lo demás se dió al olvido, que acoge generoso. Y nada más, basta de retórica. Todo vive un momentito y luego se despide.

Lo que me abruma es mi capacidad de aceptación de la brutal indiferencia del pasado para enterrarse y mi inquietud hacia un futuro mínimo. Leía el otro día que un día de carreras podría haber cien mil personas en el hipódromo de Constantinopla. Cada una de ellas era como cualquiera. Todos los que veo por la calle y a quienes quiero, todos los que me ignoran mientras pienso y piensan cualquier cosa estaremos en unas pocas décadas desaparecidos en la hoguera interminable del desamparo de otras memorias. Ya nos habremos ido. ¿Por qué me juego el tipo entonces cada mañana, por qué no cambiar? La verdad, supongo que aún no hemos aprendido a desenmascarar los ensueños ilusorios del yo y del tiempo; por eso aún una hora contiene una vida. No me parece mal que la búsqueda de un instante precioso nos haga arriesgar la eternidad.

No es que tenga nada hoy; ni temo ni espero nada. Cada día trato de encontrar la mejor vida que pueda llevar de acuerdo a mi naturaleza. Pero a veces hay un puñetazo de extrañeza: todas las glorias desconocidas, los talentos malgastados, las redenciones, la furia y la lucidez y todo lo que no ha llegado y fue simiente en una roca. Pasan por mis ojos imágenes empobrecidas del caudal de la aventura de la vida en la tierra. Firmemente pienso que, de todos los mundos que podamos imaginar, este es el más extraño.

He pasado por la angustia de no dejar nada de mí. Era una enfermedad pueril. Nada puede quedar. Cada momento es un testimonio. Me parece vivir en una cultura que ha sido hechizada por la muerte hasta negar la rebelión en favor de los campos de sol. Deseo gritar que cualquier vida es un milagro y que nada depende de lo que produzca, o lo que inspire, o lo que sufra. No desearía alargar mi vida hasta el sufrimiento que la envenena, pero sí llegar a saber respetar su misterio inefable antes de perderlo. No es un aprendizaje fácil. La vida no se justifica. La vida es su propia respuesta.

Todo lo que ha vivido es una hebra de un gran lienzo, acaso. Puede que nunca lo comprendamos, o que al cabo sea el azar frío y nada más. Lo único que imagino ahora, contra el azul moteado de gris del atardecer nuboso, son muchedumbres pasando, portando un alma apenas conocida y en la noble tarea de haber sido alguna vez un recuerdo que hoy no sabe ser conjurado e imagino que sonrien porque recibieron el regalo inmerecido y suntuoso de la vida sin que esperasen nada y eso bastó para que mereciese la pena.

domingo, 22 de marzo de 2026

Sinan el arquitecto. 22 de marzo de 2026.

Hace poco pude visitar Hagia Sophia. O más bien, su obra. Había andamios por doquier, dentro y fuera. En fin, así es la vida y está bien. El mundo no es un decorado para nuestras experiencias. Fue una maravilla en cualquier caso. Siempre es grato encontrar un resquicio que sugiere un orden más profundo.

Impresiona pensar la técnica constructora y la pericia para levantar una cúpula de más de 50 metros. Es cierto; la estructura parece un tanto tosca y acumulativa, seguramente cegó cientos de vidas, quien sabe. No obstante, sigue apareciéndome como una hazaña llegar a esa cúpula suspendida del cielo por un hilo de oro en cinco años. 

Lo que ignoraba por completo era que para que aún aparezca glorioso en su desafío a la usura del tiempo, hubo otro arquitecto que debió aparecer.

Su nombre era Sinan. No sabía nada de él y ahora sé poco. Originario de una familia cristiana, acaso un jenízaro, se convirtió y sus dotes lo llevaron a ser el arquitecto del gran Sultán Solimán el magnífico. Construyó hermosas mezquitas y acueductos, junto con hospitales o escuelas. Parece ser que creó escuela y su estilo se puede rastrear hasta el puente de Mostar o el Taj Mahal. En la misma época de Miguel Ángel o Palladio, Sinan definía otra forma de su época. Y junto a todo esto, rescató Hagia Sophia de su ruina.

El edificio amenazaba colapso. Terremotos y el paso del tiempo habían debilitado su estructura. Sinan añadió contrafuertes, construyó dos minaretes para que sirvieran de contrapeso, reconstruyó secciones de la cúpula y los soportes y lanzó la catedral -mezquita contra el envite de los futuros siglos.

Me resulta una historia sencilla mas hermosa e inspiradora. Quizá confirma mi prejuicio que espero cierto, la belleza y la grandeza son patrimonio humano de forma instintiva y a cualquier persona le produce admiración el talento y la audacia de los otros. Hoy parecemos vivir un retorno de lo particular y hay buenas razones en ello, pero el tribalismo no me parece una de ellas. Pertenecemos a la tradición de lo que de mejor tiene el mundo, se haya manifestado en cualquier forma que lo haya hecho. Quizá deberíamos volver a un punto en el que las cosas buenas y bellas sean su propia justificación. Sinan, el sultán, pertenecían a un mundo distinto al de Justiniano pero lo supieron.

También me otorga una serena alegría el ejemplo de que, frente al rencor comunitario contra el resto de los pueblos de la tierra, el talento siempre se busca, para colaborar compitiendo, en busca audaz de una marca tras una nueva frontera. Esa curiosidad por aprender, avanzar, dejar una huella temporal que aproveche a otros para que la borren y dejen la suya hasta el siguiente es emocionante. Lo celebro y ansío su permanencia.

Otro aprendizaje que me sugiere es que mantener es tan importante como crear. Temo que a menudo olvidamos una lección tan básica. Estamos envueltos por un mundo voraz que persigue novedades y precisa de intercambios del caudal de los frutos del espíritu por la calderilla de lo opinativo, la ocurrencia, el fulgor fugaz de lo aparente. Esa ausencia de sentido acaba hiriendo y contra ello, las cosas bellas que perduran son un buen refugio.Y aunque hoy la sombra parezca invadirlo todo y sea descorazonador abrir los ojos al mundo, ha habido otros tiempos así: hemos visto y creído. Nunca ha dejado de haber desolación y quebranto, pero siempre ha habido grandeza, impulsos admirables y prestos a admirar la grandeza de los otros. ¿Qué otra cosa podríamos obtener de este mundo? Sin ella, perecemos.

Gracias, Sinan, por acudir al rescate. Que la luz resplandezca junto a tu nombre, como junto a los de Antemio de Tralles, Isidoro de Mileto e Isidoro el joven. Que todas sus faltas y las nuestras queden borradas como rastros en la arena por el viento o el agua, porque hemos tenido una mente limpia para ver y unas manos dispuestas a admirar. Que el rastro del bien quede en la memoria de las generaciones para resistir el miedo al futuro y sostener la esperanza. Y que así sea.




miércoles, 18 de marzo de 2026

Misterio. 18 de marzo.

El cielo es frío y tiemblan, lejanos, los luceros;

Suntuosos aromas conspiran esta noche.

Una rebelión susurra y despierta el silencio,

Cántico que anuda el tiempo y el grato desorden


Que llamamos vivir. Agudiza la pena saber que no estaré

Un día y la rueca indiferente proseguirá su hilado,

Los orbes girarán, la luz prosperará, nacerá otra fe

En el brillo de otro agua y el canto de otros pájaros.


Acaso caminar el día es al fin derrumbarse

Tras la torpe mañana de ambicionar la presa,

En la carrera tras su rastro anquilosarse

Y regresar al ocaso dorado envuelto en su tristeza.


Es el sino que vivieron todos desde tiempos remotos...

De nada sirve pensar en aquello que desborda esta hora

Allá la fe y el miedo preñan el futuro misterioso

Aquí el afán presente alza y llena las copas.


¡Cuánto frío revela el brillo de su hacha!

Cuanta espuma de nostalgia atesoran los ojos.

Hay auroras que despuntan en la flor de su magia

Y la luna da al alma el temblor del asombro.


Hoy es tiempo de paso, alegría y coraje:

Deseo sentir paz en ese rincón del paraíso

Donde la paz reluce en un cielo de aves

Y los ángeles no nos vedan su contemplar furtivo.


Una luz que nace, un consuelo al olvido

Que desea roer las formas que entregamos

Al mundo que desea encontrar otro brillo

Y allí, desvanecido, yacer entre sus brazos.


Hoy la esperanza nace de tormenta y escombro.

Quizá fue siempre así; llama luchando contra el frío

Y algún día el alma sabrá ver su fruto misterioso

Envuelto en niebla leve, con los ojos de un niño.