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martes, 25 de agosto de 2026

Coriolano. Veinticinco de agosto.

He terminado "Coriolano" con la impresión de haber pasado por una obra maestra a la altura de lo mejor que creó Shakespeare. Es un drama de una tensión arrolladora. No es violenta solamente por lo que sucede en ella, sino por la presión que Shakespeare consigue mantener toda la obra desde el principio: seca, latente, como si bajo cada frase e intercambio hubiese algo a punto de quebrarse. Hay conversaciones que parecen series de golpes mutuos y silencios que contienen más amenaza que muchos discursos. Es una obra incómoda, áspera, casi imposible de habitar; y quizá precisamente por eso deja una impresión tan profunda. Cada personaje parece poseer partes de razón, virtudes y a la vez una incapacidad correspondiente para reconocer la parte de razón del otro que los hace mezquinos a todos.

Coriolano parece, en principio, un hombre dominado por el orgullo. Pero hay algo más terrible debajo. Su orgullo no es solamente vanidad: es una arquitectura entera levantada para sostener una imagen de sí mismo demasiado elevada. No necesita únicamente ser valiente; necesita ser el hombre que es valiente. Aquel que no pide, ni suplica, ni halaga, ni se inclina. Cada concesión amenazaría con hacerle caer de ese pedestal que él mismo ha construido. Por eso su desprecio de la plebe resulta tan absoluto: no soporta que el valor de un hombre pueda depender de la mirada de quienes considera indignos de juzgarlo.

Y, sin embargo, ahí está la paradoja. Coriolano desprecia el aplauso precisamente porque el aplauso le importa. Dice que no necesita a la multitud, pero sufre cuando la multitud deja de reconocerlo. Quiere ser independiente de la mirada ajena y termina encadenado a ella. Hay algo profundamente visceral en esa contradicción. Quizá todos construimos, en mayor o menor medida, alguna imagen de lo que debemos ser y después descubrimos que necesitamos demasiado que el mundo confirme que somos aquello que hemos decidido ser.

La plebe es otra de las grandes incomodidades de la obra. Sus reivindicaciones son legítimas y razonables. Pero Shakespeare no tiene interés en idealizar a la multitud. La plebe cambia, aclama, abuchea, se deja conducir, se indigna, se entusiasma. Encuentra (le encuentran) hoy un héroe y mañana un enemigo en el mismo hombre. Hay algo casi obsceno en esa facilidad con que la opinión colectiva puede transformarse en juicio y el juicio en condena. Los tribunos, hombres con ideales tan altos como los de Coriolano y el mismo absolutismo moral que convierte al discrepante en enemigo irreconciliable, saben utilizar la volatilidad de la masa; Coriolano, incapaz de comprenderla, sabe solamente despreciarla.

Y esto resulta extrañamente contemporáneo. Hay algo profundamente antimoderno —y por ello pertinente— en la desconfianza de Coriolano hacia la adulación populachera. Las redes sociales han construido una maquinaria mucho más sofisticada para producirla: la aprobación inmediata, la indignación contagiosa, la recompensa de decir aquello que la multitud quiere escuchar. La verdad importa menos que la adhesión; la reflexión menos que la reacción. Y quizá lo más inquietante sea que ninguno de nosotros está completamente fuera de esa multitud. Podemos contemplarla con desprecio y, sin embargo, formar parte de ella. Podemos ser tribunos y navegar en ella o patricios y tratar de encauzarla para la estabilidad sobre la base de los más afortunados, o Coriolanos y construir presas fútiles contra la marcha irreversible de lo que sucede. En cualquier caso, podemos tener nuestra parte de razón y nuestra parte que ignora la realidad completa.

Hay otro aspecto del drama irresistible: la necesidad de ser visto. La plebe no quiere solamente pan o poder; quiere dejar de ser anónima. Quiere que alguien la mire y reconozca que existe. Las redes hoy prometen hoy una salida del olvido parecida: publica, muestra tu vida, acumula miradas, deja una huella. Pero la promesa es, como entonces, falsa. Ni los tribunos ni los magnates tecnológicos saben ni pueden hacer nada. Una fotografía cuidadosamente escogida no convierte una vida en memorable, del mismo modo que mil ojos sobre una pantalla no significan que alguien nos haya visto verdaderamente. Quien quiera puede anhelar ser una pausa que pronto será sustituida por otra en un bucle sin fin.

Quizá por eso Coriolano me resulta más cercano de lo que me gustaría admitir. Hay una forma de orgullo que puede esconder una herida: cuando algo no funciona en la vida, uno puede invertir todavía más en aquello que sí puede dominar. El trabajo, el reconocimiento, la inteligencia, la competencia, el prestigio. Hasta que aquello que hacemos deja de ser simplemente una parte de nosotros y empieza a cargar con la obligación de demostrarnos que somos alguien. Entonces un fracaso profesional, personal, deportivo, intelectual, histórico o grupal ya no es solamente un fracaso: parece una sentencia.

La tragedia de Coriolano podría leerse como el fracaso de un hombre que no sabe vivir fuera de la imagen que ha construido de sí mismo. Quizá la lección no consista en imitar su desprecio por los demás, sino en suavizarlo: no necesitar el aplauso sin fingir que no nos gusta; reconocer la estupidez de la multitud sin olvidar que también nosotros podemos ser estúpidos; sentir envidia sin convertirla en vergüenza ni aceptarla como legítima; querer reconocimiento sin entregarle a nadie el derecho a decidir cuánto valemos.

Coriolano no sabe hacer nada de eso. No sabe ceder sin sentir que se destruye. No sabe necesitar a otros sin sentirse humillado. No sabe quién es cuando deja de ser el guerrero.

Y quizá ahí reside la tragedia más profunda de todas: no que Coriolano sea demasiado orgulloso, sino que no tenga nada detrás de su orgullo. Conjeturo que por eso me ha impresionado tanto. Entre tantos otros temas, desde la masculinidad hasta la autenticidad y la firmeza, desde las servidumbres de un hijo hasta la mala fé constante del debate público, ofrece una gran pintura acerca de la erosión del sentido. La misma que me acosa mientras escribo estás líneas, camino de una tierra extraña, al preguntarme por qué y para qué, viendo tras cristaleras enormes el paso de las nubes, tan vanas como yo y afortunadas por no saber sentirse. 




domingo, 23 de agosto de 2026

Aquí y ahora. 23 de agosto.

Donde el sol hiere la tierra

Y cuartea los campos,

Donde los surcos se abren con el sudor

Que escribe el arduo arado,

Donde el azul reina

En el silencio llano.


En el lugar que el ángel guarda

Fingiendo que ha olvidado;

Allá donde la mies se gana con angustia 

Y dientes apretados.

Donde las nubes pueden ser la dicha

O traer el quebranto...


En esta esforzada tierra

Aún habita mi canto.




miércoles, 24 de junio de 2026

Los heraldos de la nada. 24 de junio.

Tomo todo lo que venga de prestado. Quizá esa incapacidad mía de hacer algo verdaderamente propio naciera en el momento en el que comprendí que nada importa de veras. Me ha acompañado siempre esa sensación espesa, pesada, de que los momentos requieren su atesoramiento entonces, sin importar el futuro. Y eso me ha dado cierta inconsciencia útil para no mirar atrás y me ha negado la estabilidad del corazón, que quiere anclarse en una certeza.

Pero las certezas me parecían cárceles porque deseaba huir y huir de uno es imposible así que de cada panorama he hecho una cárcel y de mí impulso de poder querer ser alguien más, mejor o distinto mi única libertad, una libertad tan íntima que quiere hacer de cada minuto de su existencia su radical rebelión. Incluso si no sirve para nada. Porque no sirve para nada.

Me enorgullezco de mi desprecio a todo refugio y mi espíritu que no desea treguas. Porque este mundo carece de importancia y quien lo reconoce conquista su libertad. Luego, como todos, sufro dentelladas del miedo y angustia del desamparo. Acaso sea otra verdad indiscutible: el miedo sirve para alejar del frío. Y he decidido aceptar el frío sin temor, como acepto el alba sin orgullo. Lo demás al fin será para todos silencio. Así, mientras pierdo la guerra trato de ganar la batalla al miedo, la mentira y la culpa. Vienen hipertrofiadas contra mí cada día, en donde vivo, en donde trabajo, allá donde peleo. Pueden destruirme, pero no me harán bajar la cabeza. Los heraldos de la nada, de armaduras relucientes y sonrisas crueles se sorprenderán al ver que hasta el último momento seré el capitán de mi destino y el guardián de mi alma.




martes, 2 de junio de 2026

Cincuenta y dos. 2/6/26

Estoy teniendo bastantes cambios y quiero cambiar yo un poco también. He decidido, inspirado por algunas citas que leí de Kurt Vonnegut y Ray Bradbury, escribir un relato corto cada semana. Muchos seran basura, pero quiero intentarlo. Supongo que colgaré algunos y otros no, pero me enfocaré mas en ello. Intentaré cuidar esto, pero con otra prosa.

De momento he escrito historias fantásticas sobre el tiempo, una reinterpretación de un pasaje de la Odisea y un western. Dicho así suena bien así que no los compartiré para no decepcionar.  

Que reconfortante es sentir crear algo, aunque valga poco, algo que no existía. No hay misterio más grande. En fin, de ese misterio nacemos todos. En ello y en tratar de ocupar los días explorando los mundos que están en éste paso ahora mis días.

sábado, 16 de mayo de 2026

La ironía y su regalo. Dieciséis de mayo

Uno de los maravillosos dones del arte es que revela que la verdad y la precisión no siempre coinciden. A la lucidez de entenderlo y la compasión de saber que en definitiva es una ilusión hemos dado en llamarlo ironía.

Su reino es de este mundo, y del otro, del que habita nuestro deseo. Saber la distancia que separa el anhelo de la realidad y aún así tratar de unirlos en un esfuerzo vano pero que se justifica en si mismo. Vencer al ideal amándolo pero sabiendo que es imposible más allá de la imaginación sanadora.

Leo "La princesa prometida" estos días. La peli me encanta y la novela es estupenda también. Lo que me ha sorprendido es un estilo de juego literario bastante similar al que inaugura Cervantes, la parodia de un género que deviene admiración gradualmente, la confusión de lo real y lo ideal, la búsqueda de un territorio ajeno a ambos donde habitan lo soñado y lo vivido.

Yo también quisiera ser otro. Vivir en los bosques de Walden, embarcarme en el Pequod, sobrevivir en el corazón de las tinieblas o en la prisión de If, ser caballero andante, viajar al centro de la tierra o acarrear perpetuamente y feliz la roca de Sísifo. He dado con mis huesos en una tierra de niebla, fértil en partos de la imaginación también. En noches oscuras, sin miedo ni esperanza, siento que mi destino también está marcado inmensamente por un sino irónico. Entonces, recojo el cuerpo contra la cama, miro la ventana y deseo que un poco de magia verdadera exista en el mundo afuera, aunque sepa que nunca podrá ser.

Y duermo sonriendo.




domingo, 3 de mayo de 2026

Gratitud. Tres de mayo.

Vine de vacaciones hace unos días. Me ha sentado muy bien estar en casa, sentir un sol que alumbra y acaricia de veras, la vuelta a los pasos de ayer y un cierto sentimiento de gravedad consciente para reconocerme. Luego, cerca del mar jugué, me perdí en la distancia como un pájaro cansado y fue feliz sintiendo ser nadie contra las incansables olas.

Comenzaré nuevas aventuras pronto y estoy deseando poder añadir una capa de experiencia más a lo que haya de venir. He visto un rato un partido de la Liga y sus imágenes me trajeron al frío del pueblo de mis abuelos, los partidos del sábado en la tele pequeña, el encanto de la despensa de casa y todas sus noches pródigas de estrellas. Escribo antes de dormir, conversando conmigo, sabiendo que debo gratitud a la vida, habiendo llegado a algún sitio, gozando de afectos, con salud, energía y humor, contemplando la noche oscura allá lejos bajo mi techo con luz, con el calor de la costumbre al final de otra jornada y la sensación de haberlo conseguido todo salvo aquello que yo más quería.




domingo, 26 de abril de 2026

Baños de luna. 26 de abril, 2026.

Me he bañado en el mar esta noche. Me ha venido bien, durante unos minutos creí poder parar el tiempo para que no me llevase a un sitio a donde no quiero ir, ceñido como dice la escritura.

Eso llegará, pero no será hoy. Hoy me decidí a remojarme en la playa vacía, mientras la algarabía de los bares dejaba en sordina la pausada torna y el siseo de las olas. 

El principio fue confuso; he divisado siete veces siete quimeras marinas, existentes e inexistentes que querían sumergirme en el olvido para siempre. Aunque fuera improbable estando a setenta y cinco centímetros de la arena, eran vívidos y se movían maliciosos en la oscuridad del agua. Luego reuní valor y no hubo nada; así se disipan los miedos habitualmente, y tras su puerta hay fastuosos paisajes. Me dejé flotar haciendo el muerto. La luna reinaba sobre jirones de luna y vi también estrellas salpicando el cielo, para mí en un lugar desierto rodeado de ejércitos ignorantes en la tiniebla del ruido. Para mí era la agonía de las olas y un rumor sagrado que alisaba las arenas y borraba pisadas antiguas, como dicen que hace Dios con nuestras ofensas. Y eran el frescor del agua y su vaivén, y el cielo más cercano y la sensación íntima de plenitud y el significado de la noche su propia respuesta. Así debiera ser la vida. No logré detener el tiempo pero ahí se quedará detenido en mis recuerdos, para cuando sea preciso, espero.

Todo cabe en un minuto prodigioso en el que se reúnen la oportunidad y el deseo. En mis ojos aún queda la imagen del cielo sin fin y el mar envolviendo todo, con el universo sobre mí y el cuerpo bañado en luna, con la intensidad y el gozo de cualquier esperanza.