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jueves, 26 de marzo de 2026

Todo lo que ha vivido. 26 de marzo.

Todo lo que ha vivido no ha dejado rastro. Lo que vemos de la historia es un precario pecio mecido por las olas. Lo demás se dió al olvido, que acoge generoso. Y nada más, basta de retórica. Todo vive un momentito y luego se despide.

Lo que me abruma es mi capacidad de aceptación de la brutal indiferencia del pasado para enterrarse y mi inquietud hacia un futuro mínimo. Leía el otro día que un día de carreras podría haber cien mil personas en el hipódromo de Constantinopla. Cada una de ellas era como cualquiera. Todos los que veo por la calle y a quienes quiero, todos los que me ignoran mientras pienso y piensan cualquier cosa estaremos en unas pocas décadas desaparecidos en la hoguera interminable del desamparo de otras memorias. Ya nos habremos ido. ¿Por qué me juego el tipo entonces cada mañana, por qué no cambiar? La verdad, supongo que aún no hemos aprendido a desenmascarar los ensueños ilusorios del yo y del tiempo; por eso aún una hora contiene una vida. No me parece mal que la búsqueda de un instante precioso nos haga arriesgar la eternidad.

No es que tenga nada hoy; ni temo ni espero nada. Cada día trato de encontrar la mejor vida que pueda llevar de acuerdo a mi naturaleza. Pero a veces hay un puñetazo de extrañeza: todas las glorias desconocidas, los talentos malgastados, las redenciones, la furia y la lucidez y todo lo que no ha llegado y fue simiente en una roca. Pasan por mis ojos imágenes empobrecidas del caudal de la aventura de la vida en la tierra. Firmemente pienso que, de todos los mundos que podamos imaginar, este es el más extraño.

He pasado por la angustia de no dejar nada de mí. Era una enfermedad pueril. Nada puede quedar. Cada momento es un testimonio. Me parece vivir en una cultura que ha sido hechizada por la muerte hasta negar la rebelión en favor de los campos de sol. Deseo gritar que cualquier vida es un milagro y que nada depende de lo que produzca, o lo que inspire, o lo que sufra. No desearía alargar mi vida hasta el sufrimiento que la envenena, pero sí llegar a saber respetar su misterio inefable antes de perderlo. No es un aprendizaje fácil. La vida no se justifica. La vida es su propia respuesta.

Todo lo que ha vivido es una hebra de un gran lienzo, acaso. Puede que nunca lo comprendamos, o que al cabo sea el azar frío y nada más. Lo único que imagino ahora, contra el azul moteado de gris del atardecer nuboso, son muchedumbres pasando, portando un alma apenas conocida y en la noble tarea de haber sido alguna vez un recuerdo que hoy no sabe ser conjurado e imagino que sonrien porque recibieron el regalo inmerecido y suntuoso de la vida sin que esperasen nada y eso bastó para que mereciese la pena.

domingo, 22 de marzo de 2026

Sinan el arquitecto. 22 de marzo de 2026.

Hace poco pude visitar Hagia Sophia. O más bien, su obra. Había andamios por doquier, dentro y fuera. En fin, así es la vida y está bien. El mundo no es un decorado para nuestras experiencias. Fue una maravilla en cualquier caso. Siempre es grato encontrar un resquicio que sugiere un orden más profundo.

Impresiona pensar la técnica constructora y la pericia para levantar una cúpula de más de 50 metros. Es cierto; la estructura parece un tanto tosca y acumulativa, seguramente cegó cientos de vidas, quien sabe. No obstante, sigue apareciéndome como una hazaña llegar a esa cúpula suspendida del cielo por un hilo de oro en cinco años. 

Lo que ignoraba por completo era que para que aún aparezca glorioso en su desafío a la usura del tiempo, hubo otro arquitecto que debió aparecer.

Su nombre era Sinan. No sabía nada de él y ahora sé poco. Originario de una familia cristiana, acaso un jenízaro, se convirtió y sus dotes lo llevaron a ser el arquitecto del gran Sultán Solimán el magnífico. Construyó hermosas mezquitas y acueductos, junto con hospitales o escuelas. Parece ser que creó escuela y su estilo se puede rastrear hasta el puente de Mostar o el Taj Mahal. En la misma época de Miguel Ángel o Palladio, Sinan definía otra forma de su época. Y junto a todo esto, rescató Hagia Sophia de su ruina.

El edificio amenazaba colapso. Terremotos y el paso del tiempo habían debilitado su estructura. Sinan añadió contrafuertes, construyó dos minaretes para que sirvieran de contrapeso, reconstruyó secciones de la cúpula y los soportes y lanzó la catedral -mezquita contra el envite de los futuros siglos.

Me resulta una historia sencilla mas hermosa e inspiradora. Quizá confirma mi prejuicio que espero cierto, la belleza y la grandeza son patrimonio humano de forma instintiva y a cualquier persona le produce admiración el talento y la audacia de los otros. Hoy parecemos vivir un retorno de lo particular y hay buenas razones en ello, pero el tribalismo no me parece una de ellas. Pertenecemos a la tradición de lo que de mejor tiene el mundo, se haya manifestado en cualquier forma que lo haya hecho. Quizá deberíamos volver a un punto en el que las cosas buenas y bellas sean su propia justificación. Sinan, el sultán, pertenecían a un mundo distinto al de Justiniano pero lo supieron.

También me otorga una serena alegría el ejemplo de que, frente al rencor comunitario contra el resto de los pueblos de la tierra, el talento siempre se busca, para colaborar compitiendo, en busca audaz de una marca tras una nueva frontera. Esa curiosidad por aprender, avanzar, dejar una huella temporal que aproveche a otros para que la borren y dejen la suya hasta el siguiente es emocionante. Lo celebro y ansío su permanencia.

Otro aprendizaje que me sugiere es que mantener es tan importante como crear. Temo que a menudo olvidamos una lección tan básica. Estamos envueltos por un mundo voraz que persigue novedades y precisa de intercambios del caudal de los frutos del espíritu por la calderilla de lo opinativo, la ocurrencia, el fulgor fugaz de lo aparente. Esa ausencia de sentido acaba hiriendo y contra ello, las cosas bellas que perduran son un buen refugio.Y aunque hoy la sombra parezca invadirlo todo y sea descorazonador abrir los ojos al mundo, ha habido otros tiempos así: hemos visto y creído. Nunca ha dejado de haber desolación y quebranto, pero siempre ha habido grandeza, impulsos admirables y prestos a admirar la grandeza de los otros. ¿Qué otra cosa podríamos obtener de este mundo? Sin ella, perecemos.

Gracias, Sinan, por acudir al rescate. Que la luz resplandezca junto a tu nombre, como junto a los de Antemio de Tralles, Isidoro de Mileto e Isidoro el joven. Que todas sus faltas y las nuestras queden borradas como rastros en la arena por el viento o el agua, porque hemos tenido una mente limpia para ver y unas manos dispuestas a admirar. Que el rastro del bien quede en la memoria de las generaciones para resistir el miedo al futuro y sostener la esperanza. Y que así sea.




miércoles, 18 de marzo de 2026

Misterio. 18 de marzo.

El cielo es frío y tiemblan, lejanos, los luceros;

Suntuosos aromas conspiran esta noche.

Una rebelión susurra y despierta el silencio,

Cántico que anuda el tiempo y el grato desorden


Que llamamos vivir. Agudiza la pena saber que no estaré

Un día y la rueca indiferente proseguirá su hilado,

Los orbes girarán, la luz prosperará, nacerá otra fe

En el brillo de otro agua y el canto de otros pájaros.


Acaso caminar el día es al fin derrumbarse

Tras la torpe mañana de ambicionar la presa,

En la carrera tras su rastro anquilosarse

Y regresar al ocaso dorado envuelto en su tristeza.


Es el sino que vivieron todos desde tiempos remotos...

De nada sirve pensar en aquello que desborda esta hora

Allá la fe y el miedo preñan el futuro misterioso

Aquí el afán presente alza y llena las copas.


¡Cuánto frío revela el brillo de su hacha!

Cuanta espuma de nostalgia atesoran los ojos.

Hay auroras que despuntan en la flor de su magia

Y la luna da al alma el temblor del asombro.


Hoy es tiempo de paso, alegría y coraje:

Deseo sentir paz en ese rincón del paraíso

Donde la paz reluce en un cielo de aves

Y los ángeles no nos vedan su contemplar furtivo.


Una luz que nace, un consuelo al olvido

Que desea roer las formas que entregamos

Al mundo que desea encontrar otro brillo

Y allí, desvanecido, yacer entre sus brazos.


Hoy la esperanza nace de tormenta y escombro.

Quizá fue siempre así; llama luchando contra el frío

Y algún día el alma sabrá ver su fruto misterioso

Envuelto en niebla leve, con los ojos de un niño.



jueves, 12 de marzo de 2026

La resistencia del mundo. Doce de marzo de dos mil veinticinco.

Me parece vivir en un lugar y tiempo que desean desterrar cualquier fricción con la realidad. Quizá eso sea lo que se ha dado a llamar modernidad líquida. Un arroyo melifluo de conformidad exigida que roza y no daña pero tampoco eleva. Se aspira a una reclamación de fragilidad total que rompe por exceso de protección. 

Creo ver, quizá me exalto, esa imitación a la vida en muchos lugares y es una brisa ardiente que molesta. En la percepción de los animales como compañeros porque nunca molestan ni desafían; en el refugio en vacuidades sin ancla; en el uso de la opinión como conocimiento; en la lúbrica oferta de nuevas tecnologías que ofrecen cada realidad deseada como la auténtica; en el hundimiento del valor de la vida humana porque todo es un espectáculo. Y entonces la noche parece un punto más oscura porque no encuentro manera de pensar en lo que quedará de nosotros. No sé qué hago aquí si no puedo defender una verdad. Quisiera vivir en ella, pero soy muy débil. El desencanto del mundo a veces es una herida que arde, pero he ido aprendiendo a vivir sin esperar nada. Y quizá aún no sea tarde para llegar a una ribera de lo cierto.

Verdad en sentido fuerte, digo. No aquella que nace de la concordancia lógica de un enunciado, sino de la abrasión de lo real. Llevo toda mi vida buscando esa revelación tranquila y no deseo cerrar mis ojos antes de llegar a esa fuente. Sí, a una verdad, íntima o pública, fascinante o mundana. Aquel lugar como un puesto de vigilancia en un bosque umbrío, donde ser herido o vislumbrar la maravilla. Aquel lugar.

Hoy la abstracción gana;no puede ser refutada por la vida. No dejan que la vida consuele y agote, que sea su propia respuesta. Vivo en una narrativa contada por un idiota y que no significa nada y me cuesta salir a flote. Acaso debiera saltar a un vacío para ello, pero he olvidado donde están y no quiero caer en la bajeza de tantos que confunden la impotencia de su espíritu con la inocencia de su corazón. Dejo que la verdad me hiera, si así debe ser. Hoy escribo porque me agoto y el mundo no choca conmigo sino que parece apartarse y yo sólo deseo una bravura y un soplo de conciencia real, mientras las aves pintan el cielo del crepúsculo de motas blancas y un rumor que llega hacia la mar en calma me susurra que lo siga intentando.




viernes, 6 de marzo de 2026

Todo queda. Seis de marzo.

Lloran los hierros la helada que fue ayer

Sobre el cemento descolorido y roto.

El ritmo del silencio envuelve el aire,

La bruma vuela en harapos silenciosos.


Caen los minutos deshojados sobre un mar

De vacío que arrastra despojos y certezas:

El naufragio mece en la corriente inmóvil

El vaivén del instante que perdió su senda.


La ciudad esconde pájaros entre sus hierros muertos

Para que trinen tímidos contra un sol desolado

Y hagan del cielo exhausto una cortina gris

Que llene de extrañeza la luz entre los párpados.


Todo ello es verdad…mas alzamos el ánimo

Contra el baile siniestro que envenena el crepúsculo

Tenemos alma y voz frente a la luna llena

Y damos corazón a los que pasan turbios.


Continúa, tiempo; haz de tu eco el olvido.

Mañana hemos de entrar en tu mansión ingrata.

Nada hay que puedas mientras ocurre el momento

Y envidia la eternidad sus fulgores de plata.


Lloran las ramas lluvia mientras la hierba besa

Un aroma presente y las aves juegan.

Así es para ti también. La luz esconde

El mayor terror y la mayor promesa.


Las ventanas que fueron que hoy son huecos

Donde ojos cansados del recuerdo acechan

Llevan en ti todo, la rabia y el anhelo

En ti ya estaba todo antes de que tú fueras.




sábado, 28 de febrero de 2026

Sabotaje. 28 de febrero.

 No sé por qué me castigo. Creo que es algo común pero no deseo aplicar a todo el universo mis neuras. El caso es que cualquier visión de mi futuro viene acompañada de su versión más tétrica las más de las veces y en ocasiones de una euforia irreal que tampoco es buena. Y el ansia de evasión, esa ebriedad de la metamorfosis sabotea mi ahora mientras las visiones lejanas y extremas de lo por venir me alejan de mí.

Nunca he dejado de sentir ese sabotaje constante en casi todo lo que he hecho. Supongo que hay un sentido de culpa muy hondo y oscuro que me grita que no merezco nada y una conciencia inefable que parece disociarse de mi día, como sintiendo que alguien nos mira. Deseo lograr ser capaz de darlo todo cada aquí y cada ahora. Ser capaz de sentir con intensidad la frescura del agua. La brisa inocente. Deseo salir de la prisión del yo y consagrar lo que me quede a algo más valioso que mí mismo, la calidez y la visión de las calles con esperanza. Deseo contemplar las ondas que mi vida, como todas, extiende en el lago amable de las posibilidades. Mas es arduo conseguirlo mientras los segundos se acumulan en la parálisis de la ensoñación y el boicoteo de todas las perspectivas. Hay veces que creo que es miedo, a conseguir más de lo que merezco o a que otros vean que no logro nada. Pero no creo que sea eso, o no sólo. Es un rumor sutil de ansiedad contra la pared blanca de un futuro que se me aparece como a punto de ceder, aunque sepa que no es probable.

Una de las impresiones adicionales que incrementan la sensación general de confusión y duda es que tengo motivos sobrados de gratitud. No han pasado cerca de mí las sombras de la enfermedad, la muerte, las melancolías por amplias desilusiones o tormentas de injusticia. He sido afortunado y pese a todo contemplo con frecuencia llanuras nocturnas que iluminan los relámpagos por nostalgias de lo que no ocurrió o futuros desesperanzados o imposibles. Todo ello conjura la dificultad de la simple presencia.

En fin, en ello trabajo. Hoy ha salido el sol e iré a pasear, veré amigos, creo, disfrutare sin achaques ni grandes preocupaciones. Creo que voy a tratar de olvidarme de mí mientras veo los árboles y la luz de la vida se filtra entre sus ramas. Creo que voy a sentir la agonía dulce del día entre mis dedos y cerraré los ojos, con la sensación de que nada importa tanto y que mañana será lo que Dios quiera.





miércoles, 25 de febrero de 2026

250226

Ansío la niebla que convierte siluetas

Y difumina el peso

De ser uno, de no dejar de ser, me excuso.


Deseo arrancar mi sombra en la pared

Y vivir en su herida. Sin sentir, sin pasar

Cada minuto de mi día 

Enredado en la promesa de otra piel

Y de otra mente, desterrada la culpa

Y el dolor del recuerdo. Indiferente 

Al verme caer en un abrazo con la nada

Y no querer volver, lo siento,

A envenenarme de promesa un nuevo alba.