Hace poco pude visitar Hagia Sophia. O más bien, su obra. Había andamios por doquier, dentro y fuera. En fin, así es la vida y está bien. El mundo no es un decorado para nuestras experiencias. Fue una maravilla en cualquier caso. Siempre es grato encontrar un resquicio que sugiere un orden más profundo.
Impresiona pensar la técnica constructora y la pericia para levantar una cúpula de más de 50 metros. Es cierto; la estructura parece un tanto tosca y acumulativa, seguramente cegó cientos de vidas, quien sabe. No obstante, sigue apareciéndome como una hazaña llegar a esa cúpula suspendida del cielo por un hilo de oro en cinco años.
Lo que ignoraba por completo era que para que aún aparezca glorioso en su desafío a la usura del tiempo, hubo otro arquitecto que debió aparecer.
Su nombre era Sinan. No sabía nada de él y ahora sé poco. Originario de una familia cristiana, acaso un jenízaro, se convirtió y sus dotes lo llevaron a ser el arquitecto del gran Sultán Solimán el magnífico. Construyó hermosas mezquitas y acueductos, junto con hospitales o escuelas. Parece ser que creó escuela y su estilo se puede rastrear hasta el puente de Mostar o el Taj Mahal. En la misma época de Miguel Ángel o Palladio, Sinan definía otra forma de su época. Y junto a todo esto, rescató Hagia Sophia de su ruina.
El edificio amenazaba colapso. Terremotos y el paso del tiempo habían debilitado su estructura. Sinan añadió contrafuertes, construyó dos minaretes para que sirvieran de contrapeso, reconstruyó secciones de la cúpula y los soportes y lanzó la catedral -mezquita contra el envite de los futuros siglos.
Me resulta una historia sencilla mas hermosa e inspiradora. Quizá confirma mi prejuicio que espero cierto, la belleza y la grandeza son patrimonio humano de forma instintiva y a cualquier persona le produce admiración el talento y la audacia de los otros. Hoy parecemos vivir un retorno de lo particular y hay buenas razones en ello, pero el tribalismo no me parece una de ellas. Pertenecemos a la tradición de lo que de mejor tiene el mundo, se haya manifestado en cualquier forma que lo haya hecho. Quizá deberíamos volver a un punto en el que las cosas buenas y bellas sean su propia justificación. Sinan, el sultán, pertenecían a un mundo distinto al de Justiniano pero lo supieron.
También me otorga una serena alegría el ejemplo de que, frente al rencor comunitario contra el resto de los pueblos de la tierra, el talento siempre se busca, para colaborar compitiendo, en busca audaz de una marca tras una nueva frontera. Esa curiosidad por aprender, avanzar, dejar una huella temporal que aproveche a otros para que la borren y dejen la suya hasta el siguiente es emocionante. Lo celebro y ansío su permanencia.
Otro aprendizaje que me sugiere es que mantener es tan importante como crear. Temo que a menudo olvidamos una lección tan básica. Estamos envueltos por un mundo voraz que persigue novedades y precisa de intercambios del caudal de los frutos del espíritu por la calderilla de lo opinativo, la ocurrencia, el fulgor fugaz de lo aparente. Esa ausencia de sentido acaba hiriendo y contra ello, las cosas bellas que perduran son un buen refugio.Y aunque hoy la sombra parezca invadirlo todo y sea descorazonador abrir los ojos al mundo, ha habido otros tiempos así: hemos visto y creído. Nunca ha dejado de haber desolación y quebranto, pero siempre ha habido grandeza, impulsos admirables y prestos a admirar la grandeza de los otros. ¿Qué otra cosa podríamos obtener de este mundo? Sin ella, perecemos.
Gracias, Sinan, por acudir al rescate. Que la luz resplandezca junto a tu nombre, como junto a los de Antemio de Tralles, Isidoro de Mileto e Isidoro el joven. Que todas sus faltas y las nuestras queden borradas como rastros en la arena por el viento o el agua, porque hemos tenido una mente limpia para ver y unas manos dispuestas a admirar. Que el rastro del bien quede en la memoria de las generaciones para resistir el miedo al futuro y sostener la esperanza. Y que así sea.



