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martes, 2 de junio de 2026

Cincuenta y dos. 2/6/26

Estoy teniendo bastantes cambios y quiero cambiar yo un poco también. He decidido, inspirado por algunas citas que leí de Kurt Vonnegut y Ray Bradbury, escribir un relato corto cada semana. Muchos seran basura, pero quiero intentarlo. Supongo que colgaré algunos y otros no, pero me enfocaré mas en ello. Intentaré cuidar esto, pero con otra prosa.

De momento he escrito historias fantásticas sobre el tiempo, una reinterpretación de un pasaje de la Odisea y un western. Dicho así suena bien así que no los compartiré para no decepcionar.  

Que reconfortante es sentir crear algo, aunque valga poco, algo que no existía. No hay misterio más grande. En fin, de ese misterio nacemos todos. En ello y en tratar de ocupar los días explorando los mundos que están en éste paso ahora mis días.

sábado, 16 de mayo de 2026

La ironía y su regalo. Dieciséis de mayo

Uno de los maravillosos dones del arte es que revela que la verdad y la precisión no siempre coinciden. A la lucidez de entenderlo y la compasión de saber que en definitiva es una ilusión hemos dado en llamarlo ironía.

Su reino es de este mundo, y del otro, del que habita nuestro deseo. Saber la distancia que separa el anhelo de la realidad y aún así tratar de unirlos en un esfuerzo vano pero que se justifica en si mismo. Vencer al ideal amándolo pero sabiendo que es imposible más allá de la imaginación sanadora.

Leo "La princesa prometida" estos días. La peli me encanta y la novela es estupenda también. Lo que me ha sorprendido es un estilo de juego literario bastante similar al que inaugura Cervantes, la parodia de un género que deviene admiración gradualmente, la confusión de lo real y lo ideal, la búsqueda de un territorio ajeno a ambos donde habitan lo soñado y lo vivido.

Yo también quisiera ser otro. Vivir en los bosques de Walden, embarcarme en el Pequod, sobrevivir en el corazón de las tinieblas o en la prisión de If, ser caballero andante, viajar al centro de la tierra o acarrear perpetuamente y feliz la roca de Sísifo. He dado con mis huesos en una tierra de niebla, fértil en partos de la imaginación también. En noches oscuras, sin miedo ni esperanza, siento que mi destino también está marcado inmensamente por un sino irónico. Entonces, recojo el cuerpo contra la cama, miro la ventana y deseo que un poco de magia verdadera exista en el mundo afuera, aunque sepa que nunca podrá ser.

Y duermo sonriendo.




domingo, 3 de mayo de 2026

Gratitud. Tres de mayo.

Vine de vacaciones hace unos días. Me ha sentado muy bien estar en casa, sentir un sol que alumbra y acaricia de veras, la vuelta a los pasos de ayer y un cierto sentimiento de gravedad consciente para reconocerme. Luego, cerca del mar jugué, me perdí en la distancia como un pájaro cansado y fue feliz sintiendo ser nadie contra las incansables olas.

Comenzaré nuevas aventuras pronto y estoy deseando poder añadir una capa de experiencia más a lo que haya de venir. He visto un rato un partido de la Liga y sus imágenes me trajeron al frío del pueblo de mis abuelos, los partidos del sábado en la tele pequeña, el encanto de la despensa de casa y todas sus noches pródigas de estrellas. Escribo antes de dormir, conversando conmigo, sabiendo que debo gratitud a la vida, habiendo llegado a algún sitio, gozando de afectos, con salud, energía y humor, contemplando la noche oscura allá lejos bajo mi techo con luz, con el calor de la costumbre al final de otra jornada y la sensación de haberlo conseguido todo salvo aquello que yo más quería.




domingo, 26 de abril de 2026

Baños de luna. 26 de abril, 2026.

Me he bañado en el mar esta noche. Me ha venido bien, durante unos minutos creí poder parar el tiempo para que no me llevase a un sitio a donde no quiero ir, ceñido como dice la escritura.

Eso llegará, pero no será hoy. Hoy me decidí a remojarme en la playa vacía, mientras la algarabía de los bares dejaba en sordina la pausada torna y el siseo de las olas. 

El principio fue confuso; he divisado siete veces siete quimeras marinas, existentes e inexistentes que querían sumergirme en el olvido para siempre. Aunque fuera improbable estando a setenta y cinco centímetros de la arena, eran vívidos y se movían maliciosos en la oscuridad del agua. Luego reuní valor y no hubo nada; así se disipan los miedos habitualmente, y tras su puerta hay fastuosos paisajes. Me dejé flotar haciendo el muerto. La luna reinaba sobre jirones de luna y vi también estrellas salpicando el cielo, para mí en un lugar desierto rodeado de ejércitos ignorantes en la tiniebla del ruido. Para mí era la agonía de las olas y un rumor sagrado que alisaba las arenas y borraba pisadas antiguas, como dicen que hace Dios con nuestras ofensas. Y eran el frescor del agua y su vaivén, y el cielo más cercano y la sensación íntima de plenitud y el significado de la noche su propia respuesta. Así debiera ser la vida. No logré detener el tiempo pero ahí se quedará detenido en mis recuerdos, para cuando sea preciso, espero.

Todo cabe en un minuto prodigioso en el que se reúnen la oportunidad y el deseo. En mis ojos aún queda la imagen del cielo sin fin y el mar envolviendo todo, con el universo sobre mí y el cuerpo bañado en luna, con la intensidad y el gozo de cualquier esperanza.




domingo, 5 de abril de 2026

Oración. Cinco de abril de Dos mil veintiséis, A.D.

Abre las puertas, muerte.
Convierte el silencio en grito 
Y que tu entraña chispee.

Encarnate en júbilo, oh misterio 
Envuelve de bruma el horizonte,
No le des más tregua al miedo.

Sopla en los rincones, vístete de alegría,
Desecha el fruto amargo de la melancolía.
Envuelve al mundo con el aroma de un sueño,
Consagra la fuerza noble de los hombres despiertos.
Apaga el rencor, dobla las campanas, grita
Sé el testimonio vivo de la inquieta alegría.
Álzate audaz en la prisión en que yaces preso 
Y con el oro de la luz descubre el juramento 
Que el alba canta en esplendor y gloria,
"Oh, muerte atormentada, ¿Dónde está tu victoria?".



miércoles, 1 de abril de 2026

Misericordia. Uno de abril.

Todos los días lo mismo, pensó. La ruta entre bandadas de coches ruidosos, cambiando de carril, pitando, elevando en el aire un zumbido de ansiedad uniforme. La ciudad está llena de energía oscura, mientras miraba por el ventanal del autobús la calle soleada. 

A su alrededor, figuras hieráticas. Cansados, no demasiado alegres por el día que se avecinaba como una ola lenta, implacable. Llenos de miedo, con la forma de sus escudos llenando de sombras de tristeza sus rostros. Acaso era igual en todos, sólo que él ya conocía demasiado bien su cara cada mañana arrancada a un descanso en territorios ignotos, despojado de fortunas. Las líneas de la carretera pasaban sobre las miradas cómo rejas pintadas sobre el horizonte. Alguien bostezó. El rumor de la ciudad iba creciendo y un autobús flotaba en dirección a una parada como otras, con cuerpos derrotados y muecas resignadas, como miles de otras. Él estaba bajo el hechizo que ve en las múltiples caras una masa informe formada por almas insensitivas, sin capacidad de dolor moral o la alegría del espíritu, salvo él. Sabía que no es verdad, pero que podría hacer, si no sé trataba de los otros, sino de una impresión suya. 

Hubo un parón repentino. Las siluetas despertaron y se espabilaron para mirar. Una colisión leve de unos vehículos obstruía el paso. Vio piedad genuina en los ojos. Pidieron bajar para comprobar si alguien requeriría ayuda, había dos médicos y los demás dijeron que podrían tratar de asegurar que el resto del tráfico no se encontraría con el accidente. No era una buena idea, así que no la siguieron. Dieron agua a los que tenían sed, hablaron entre ellos, despertaron un rostro humano descubriéndose entre desconocidos. Él también lo hizo: mientras se observaba y a los otros, se lamentó de sus pensamientos bastos, irreflexivos. Todo era consciente y reparador, de momento, y la luz temprana parecía un mediodía. No se trata de cansancio de la vida, sino del hastío de un vivir que no nos reconoce. Pero ahora estaba inundando de paz y era bueno. Había descubierto de nuevo tras creerla perdido, pensó, el brillo radiante de la misericordia.

jueves, 26 de marzo de 2026

Todo lo que ha vivido. 26 de marzo.

Todo lo que ha vivido no ha dejado rastro. Lo que vemos de la historia es un precario pecio mecido por las olas. Lo demás se dió al olvido, que acoge generoso. Y nada más, basta de retórica. Todo vive un momentito y luego se despide.

Lo que me abruma es mi capacidad de aceptación de la brutal indiferencia del pasado para enterrarse y mi inquietud hacia un futuro mínimo. Leía el otro día que un día de carreras podría haber cien mil personas en el hipódromo de Constantinopla. Cada una de ellas era como cualquiera. Todos los que veo por la calle y a quienes quiero, todos los que me ignoran mientras pienso y piensan cualquier cosa estaremos en unas pocas décadas desaparecidos en la hoguera interminable del desamparo de otras memorias. Ya nos habremos ido. ¿Por qué me juego el tipo entonces cada mañana, por qué no cambiar? La verdad, supongo que aún no hemos aprendido a desenmascarar los ensueños ilusorios del yo y del tiempo; por eso aún una hora contiene una vida. No me parece mal que la búsqueda de un instante precioso nos haga arriesgar la eternidad.

No es que tenga nada hoy; ni temo ni espero nada. Cada día trato de encontrar la mejor vida que pueda llevar de acuerdo a mi naturaleza. Pero a veces hay un puñetazo de extrañeza: todas las glorias desconocidas, los talentos malgastados, las redenciones, la furia y la lucidez y todo lo que no ha llegado y fue simiente en una roca. Pasan por mis ojos imágenes empobrecidas del caudal de la aventura de la vida en la tierra. Firmemente pienso que, de todos los mundos que podamos imaginar, este es el más extraño.

He pasado por la angustia de no dejar nada de mí. Era una enfermedad pueril. Nada puede quedar. Cada momento es un testimonio. Me parece vivir en una cultura que ha sido hechizada por la muerte hasta negar la rebelión en favor de los campos de sol. Deseo gritar que cualquier vida es un milagro y que nada depende de lo que produzca, o lo que inspire, o lo que sufra. No desearía alargar mi vida hasta el sufrimiento que la envenena, pero sí llegar a saber respetar su misterio inefable antes de perderlo. No es un aprendizaje fácil. La vida no se justifica. La vida es su propia respuesta.

Todo lo que ha vivido es una hebra de un gran lienzo, acaso. Puede que nunca lo comprendamos, o que al cabo sea el azar frío y nada más. Lo único que imagino ahora, contra el azul moteado de gris del atardecer nuboso, son muchedumbres pasando, portando un alma apenas conocida y en la noble tarea de haber sido alguna vez un recuerdo que hoy no sabe ser conjurado e imagino que sonrien porque recibieron el regalo inmerecido y suntuoso de la vida sin que esperasen nada y eso bastó para que mereciese la pena.