A su alrededor, figuras hieráticas. Cansados, no demasiado alegres por el día que se avecinaba como una ola lenta, implacable. Llenos de miedo, con la forma de sus escudos llenando de sombras de tristeza sus rostros. Acaso era igual en todos, sólo que él ya conocía demasiado bien su cara cada mañana arrancada a un descanso en territorios ignotos, despojado de fortunas. Las líneas de la carretera pasaban sobre las miradas cómo rejas pintadas sobre el horizonte. Alguien bostezó. El rumor de la ciudad iba creciendo y un autobús flotaba en dirección a una parada como otras, con cuerpos derrotados y muecas resignadas, como miles de otras. Él estaba bajo el hechizo que ve en las múltiples caras una masa informe formada por almas insensitivas, sin capacidad de dolor moral o la alegría del espíritu, salvo él. Sabía que no es verdad, pero que podría hacer, si no sé trataba de los otros, sino de una impresión suya.
Hubo un parón repentino. Las siluetas despertaron y se espabilaron para mirar. Una colisión leve de unos vehículos obstruía el paso. Vio piedad genuina en los ojos. Pidieron bajar para comprobar si alguien requeriría ayuda, había dos médicos y los demás dijeron que podrían tratar de asegurar que el resto del tráfico no se encontraría con el accidente. No era una buena idea, así que no la siguieron. Dieron agua a los que tenían sed, hablaron entre ellos, despertaron un rostro humano descubriéndose entre desconocidos. Él también lo hizo: mientras se observaba y a los otros, se lamentó de sus pensamientos bastos, irreflexivos. Todo era consciente y reparador, de momento, y la luz temprana parecía un mediodía. No se trata de cansancio de la vida, sino del hastío de un vivir que no nos reconoce. Pero ahora estaba inundando de paz y era bueno. Había descubierto de nuevo tras creerla perdida, pensó, el brillo radiante de la misericordia.