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viernes, 13 de febrero de 2026

Trece de febrero. Ayuno de significados.

En cada vez más ocasiones deseo despertar del lenguaje.

Una de mis preocupaciones constantes es el hechizo turbio del lenguaje. Nos permite vislumbrar una realidad compartida y a la vez la cercena. Siento que esa desconexión es, posiblemente, una raíz del malestar humano. Si acepto que el mundo lingüístico depreda la realidad últimamente y la conciencia entonces la ansiedad no nace de fallos de sistemas, sino una consecuencia lógica de vivir en un entorno de abstracciones. Sé que el mapa no es el territorio, por fortuna, pero a veces siento que el territorio se ha velado tras mapas inanes.

Nuestro lenguaje opera a una velocidad que la biología no puede seguir. Puedo ingerir y procesar mil tragedias, conceptos de crisis, humillaciones y glorias globales, infinidad de pequeñas miserias y expectativas ansiosas de éxito en un minuto. Mas el cuerpo no entiende de metáforas. Procesa cualquier "amenaza lingüística" y reacciona físicamente como si fuera perseguido por un depredador real. Que extraño cavilar que no sé distinguir instintivamente entre el peligro semántico y el peligro físico. La conciencia, tan mediada por el lenguaje, clasifica en lugar de experimentar. Cansa.

Cada vez que contemplo un atardecer y pienso que "es bonito" o trato de describirlo, he extinguido la experiencia pura para convertirla en un trofeo lingüístico. Cierta inquietud surge de esa incapacidad de estar sin decir. Conjeturo que siento una barrera de cristal entre mí y mi realidad. Porque no tocamos el mundo, tocamos las palabras con las que lo cubrimos.

En un mundo físico (real, primario...buscad la palabra que más os convenza), eres lo que haces y lo que ocupas. Como si dijera, la realidad se impone por sí misma. En un mundo lingüístico, eres la historia que cuentas. Debe haber una verdad más allá de los relatos inacabables y enervantes. Es agotador ver la constante edición de narrativas personales. Y aliviador, aunque trágico que la realidad física (el cansancio, el envejecimiento, el error) no encaje con la estructura lingüística que hemos construido de nosotros mismos (ser productivos, perfectos, ser exitosos). Pero no parece posible: Estamos tan colonizados por el lenguaje que incluso para salir de él, necesito escribirlo en un blog, leer libros, oír a otros, buscar guías que me expliquen cómo dejar de pensar en palabras. Aunque no sea más que señuelo, busco actividades que acaso silencien el lenguaje y me devuelvan al cuerpo: hacer deporte intenso, allá donde solo importa el ritmo del corazón y el peso del hierro; meditación como intento deliberado de observar el pensamiento como ruido y no como realidad;
búsqueda de la naturaleza y sus frutos humildes sin nombre que simplemente son.

Muchas veces me ocurre que percibo la conciencia como si fuera un animal inquieto enjaulado en un zoológico de conceptos; tiene comida y seguridad, pero extraña la libertad del silencio. Me gustaría lograr apagar ese ruido. Tristemente parece que incluso en sueños el lenguaje sigue depredando toda percepción.

El cansancio metafísico es el agotamiento de quien parece haber tenido que sostener el mundo entero a través del pensamiento. Todos nosotros. Es la fatiga de ser el narrador, el protagonista y el editor de un relato basado libremente en la realidad, una narrativa que no se detiene nunca. Es un peso que siento en el músculo de la existencia, cansado de sostener las mentiras de las que vivo. La existencia se me ha convertido en un ejercicio de traducción. Nada queda en su estado natural: todo es procesado, etiquetado y archivado, de forma antinatural. El esfuerzo constante de pasar la realidad por el filtro del lenguaje consume demasiada energía. Nunca calla ni cesa su rumor. Y además surge más incomprensión cuando entiendo que ya no toco las cosas, sino lo que esas cosas significan. Vivir en un mundo de referencias es como intentar alimentarse leyendo un menú: sé los nombres de los platos mientras sigues teniendo hambre y me empacho de significados. Deseo ayuno de todo significado y comida frugal de plenitud que se basta a sí misma.

Uno ya se ha hartado de su propio estilo de pensar. Conozco cada argucia, mis quejas recurrentes, todos argumentos circulares, las minucias de mis tretas. Las palabras han creado una identidad tan sólida que tratar de salir de allí es como tratar de huir de una prisión de máxima seguridad de coherencia lógica. Brota de allí un deseo de ser nadie, como Odiseo, de estar en el vacío donde no hay palabras que sostener. 

Quisiera aprender a pensar sin palabras. Me doy cuenta de que soy nada sin ellas. 

Quisiera encontrar lo inefable que no es derrotado por ellas. Saber contemplar: mirar lo que sea hasta que la palabra que lo nombra pierda su sentido y solo quede la extrañeza de que eso esté ahí. Me gustaría vivir en la extrañeza del mundo y no sólo en su desencanto.

Ver a los demás "actuar" es como observar una obra de teatro en un idioma que sé perfectamente, pero cuyo guion te parece repentinamente absurdo. No contribuye vernos en una sociedad de espectáculo y narrativa constante, donde todo se anuncia y vende con mentiras adornadas. Veo los fervores diarios, las obsesiones por el estatus y la discusión degradante en torno a etiquetas. Acabo sintiendo un ruido mecánico, el del esfuerzo de sus conciencias tratando de mantener a flote castillos de naipes verbales. Esa desconexión me genera una soledad muy particular, que no es falta de compañía, sino falta de complicidad en la ilusión.Vivir así tiene un precio que no sé si hubiese pagado de haberlo sabido pero también una pequeña ventaja.

 El precio es la difuminación progresiva en espectador de la vida en lugar de un participante. La amargura del exilado. La ventaja es la distorsión de cualquier concepto en decorado. El cinismo que ve apenas nada más que fonemas extravagantes vibrando en el aire.

Supongo que a esa turbina de sensaciones contradictorias es a lo que convenimos en llamar desencanto. Una lucidez y una estupidez que el cuerpo no sabe cómo gestionar. Y entonces cualquier mirada es capaz de salvar.

El alivio proviene de haber soltado el lastre; las punzadas de dolor son un recordatorio de que, aunque la mente trate de desertar, el corazón sigue siendo un animal que necesita pertenecer. Es un alivio frío. Me duele haber perdido la facultad de ser engañado por la vida. Me consuela pensar que es precisamente ese dolor lo que me mantiene humano. Sin él, el cinismo sería absoluto insoportable. Debajo de todas esas capas apresadas por el lenguaje todavía hay algo real que puede ser herido. La verdad no tiene la obligación de ser placentera. Solo se trata de lidiar con la paz de la vigilia y la soledad de la sombra.

Y que en esos resquicios vacíos de significado y plenos de lo terrible, el cuerpo reclame su presente infinito.



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