Uno de los maravillosos dones del arte es que revela que la verdad y la precisión no siempre coinciden. A la lucidez de entenderlo y la compasión de saber que en definitiva es una ilusión hemos dado en llamarlo ironía.
Su reino es de este mundo, y del otro, del que habita nuestro deseo. Saber la distancia que separa el anhelo de la realidad y aún así tratar de unirlos en un esfuerzo vano pero que se justifica en si mismo. Vencer al ideal amándolo pero sabiendo que es imposible más allá de la imaginación sanadora.
Leo "La princesa prometida" estos días. La peli me encanta y la novela es estupenda también. Lo que me ha sorprendido es un estilo de juego literario bastante similar al que inaugura Cervantes, la parodia de un género que deviene admiración gradualmente, la confusión de lo real y lo ideal, la búsqueda de un territorio ajeno a ambos donde habitan lo soñado y lo vivido.
Yo también quisiera ser otro. Vivir en los bosques de Walden, embarcarme en el Pequod, sobrevivir en el corazón de las tinieblas o en la prisión de If, ser caballero andante, viajar al centro de la tierra o acarrear perpetuamente y feliz la roca de Sísifo. He dado con mis huesos en una tierra de niebla, fértil en partos de la imaginación también. En noches oscuras, sin miedo ni esperanza, siento que mi destino también está marcado inmensamente por un sino irónico. Entonces, recojo el cuerpo contra la cama, miro la ventana y deseo que un poco de magia verdadera exista en el mundo afuera, aunque sepa que nunca podrá ser.
Y duermo sonriendo.

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