Ahí está, semejando una populosa ciudad o una fábrica, llena de detalles ínfimos e infinitos, devorando el corazón que piensa y siente con el enigma de cualquier vida. Nada puede prosperar sin el respeto absoluto a ese misterio. Por alguna razón, existe la vida en una roca perdida en el silencio de un universo inconcebible. En los horizontes de esa roca, un sol aparece desde hace miles de millones (¡millones¡) de años sin ninguna conciencia que lo contemplase y presumiblemente pasará mucho tiempo después de que nuestra especie tope con su destino, quizá. Pero hoy al menos, creemos saber cómo ocurrirá, aunque su escala nos supere y derrote. Y hoy sabemos que no es siquiera algo especial: nosotros lo hacemos, pensándolo. Tampoco nosotros somos especiales, conjunto de miríadas de células que no nos piensan. La complejidad que existe en nosotros es de una magnitud tal que sólo el término milagro parece acercarse a su grandeza. Acaso comprender más es solo adentrarse en un bosque mágico y ser humilde ante la maravilla.
He escrito que no existía conciencia en la Tierra...al menos no la que soy capaz de imaginar. ¿Pudiera haber otras? Un cerebro humano, creado para sobrevivir a todos los ahoras, no puede adentrarse demasiado en ello, me temo. Pero ver el cielo estrellado sobre nosotros, los trabajos coordinados de millones de pequeñas celdas laboriosas sobre nosotros y una sed de infinito se rebelan en mí contra mi fin.
No hay una razón muy clara para ello, en cualquier caso. Supongo que aún nivel celular, ningún ser constituye una experiencia irreemplazable. Somos también una miríada de procesos mecánicos inconscientes que, por un tiempo, nos hacen gozar de esa sensación generalmente agradable llamada vivir. Pero...¿quién disfruta, quién siente, quién vive? Sólo sé que estoy hecho mucho más de lo que no percibo que de lo que me es dado intentar comprender. Y en ese umbral dorado que separa lo alcanzable de lo secreto, y acaso lo prodigioso, me dejo acunar, cierro los ojos y veo y siento con los ojos cerrados cada maravilla, enigma, sorpresa y redención que aún guarda el mundo, las formas de las nubes, los manglares y las cumbres heladas, las fieras y los seres del mar, las constelaciones y las playas de piedra, todo el decorado de un planeta que vaga errante y está repleto de dones para nosotros, los afortunados, mientras respiremos.
Respiro, veo la llovizna sobre el río, la montaña tras edificios de cristal y acero, el cielo y la mar uniéndose en la neblina. Ahora al menos, todo está bien. Y que mañana sea lo que la vida (y su ausencia, esa nada que nuestro miedo ha conjurado haciendo algo tangible de su radical nada) quiera.

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