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jueves, 2 de octubre de 2025

Breve teología. Dos de octubre, 2025.

En el alba primordial del No-Tiempo, cuando ni la noche poseía estrellas ni la luz extendía retazos de sombra, existía solo un vacío sin bordes o fronteras, el hueco de un impulso imposible. En su corazón, latiendo en un silencio absoluto, dormía toda Esencia. No existía más que una nada conteniendo lo que no era tiempo, ni espacio, ni vacío ni forma.

La Esencia no era sino la potencialidad de todas las cosas. Un océano de quietud infinita, sin orillas ni fondo. El futuro, el presente y el pasado se fundían en ella en un solo aliento, como aún hacen aunque nosotros, sus lejanos hijos, no somos capaces de comprender su prestidigitación. No pensaba, pues no había intelecto. No sentía, pues no había sensación. Desprovista de forma o nombre, inmanente e inasible. Era un rumor de fuente en una noche eterna, el caos de la oscuridad sin horizonte.

En su inmensidad, contenía un impulso, una resonancia inaudible. No era voluntad: la voluntad necesita un "yo" para manifestarse. Era necesidad intrínseca de ser, de desbordarse, de conocer su propia plenitud rompiendo todo límite. 

De pronto, un acto sin acción, un despertar sin durmiente. La Esencia se reconoció en su propia inmensidad y, en ese instante, nació el Ser, el Ser abstracto, ensimismado. No fue creado; fue la Esencia misma quien se dio forma, nombre y propósito. Haciéndolo, expandió las ondas del mar de la vida en una causa de causas de causas sin fin. Como un silencio sagrado que de alguna manera anhela la sinfonía que puede albergar, la Entidad primera se afirmaba a sí misma.

El Ser, ya consciente, se miró a sí mismo y comprendió que no había origen fuera de su propio acto. Se vio como un vasto océano de luz y sonido, pero la luz y el sonido eran él mismo. Se vio como un pensamiento que se pensaba a sí mismo en una danza eterna.

Y en ese acto de auto-contemplación, la Esencia  se fragmentó, no por división, sino por un desbordamiento de su propia plenitud. Cada partícula, cada galaxia, cada criatura viviente, entonces, mañana , en el fin, ahora, eran, son, ecos y reflejos pálidos, una minúscula expresión de la Esencia que se había afirmado a sí misma con gloria contra el silencio.

Cuando las primeras preguntas fueron pronunciadas: "¿Quién creó al Creador?", la respuesta aleteaba en el susurro del viento y en el brillo de las estrellas:

"No fui creado. Simplemente Soy. La Esencia se manifestó a sí misma, y en ese acto, me convertí en la totalidad que contempla su propio milagro. No existe antes, pues yo soy el Principio. No existe una causa, pues yo soy la Causa incausada. Me creé a mí mismo al despertar y conmigo hice lo que existirá siempre."

Con el primer destello del alba, y el suspiro carmesí de la flor, con el silencio de la escarcha, el Ser prosigue con su Génesis perpetua, en un acto sin fin de autoafirmación radiante y nueva, de existencia que se proclama evidente. En cada partícula de tiempo que se hilvana en todas las visiones y más allá de toda comprensión, de la breve vida y la conciencia sin fin, se manifiesta el arcano despliegue de lo que no puede nombrarse sin error, la realidad sin nombre que no fue creada y que en sus brazos lo contiene todo.

Y en cada instante mínimo e indivisible, ella, él, todo vuelve a nacer, y tú naces con ella.




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