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jueves, 19 de febrero de 2026

Cualquier otro día. Diecinueve de febrero.

Me levanté temprano. El viento rugía afuera y breves gotas de lluvia tintineaban en las ventanas. No había decidido madrugar, pero así fue. Me había llegado una certificación de correo para ir a buscar algo. Igual me emocioné antes de dormir y por eso. Así que allá fui dando un paseo mientras la luz de la mañana se iba balanceando entre el gris y el azul. Resultó ser una puta comunicación electoral. Yo pensando en una admiración secreta y vaya por Dios, resultó sólo una invitación a elegir el color del collar que me quieran poner. 

Volviendo a casa bajando una cuesta un ciego iba palpando la acera y un muro de obra con su bastón. Con el gorro, el bastón y un abrigo grande, iba dando color a la mañana, un genuino representante de la vida, mientras yo no sabía ver que un día único e irrepetible alboreaba. Gracias, amigo desconocido.

Y después, un poco lo de siempre, como cualquier otro día. Enredarse en la monotonía, agitar las costumbres por ver si pudiera nacer algo nuevo, mirar la lluvia, ver un Dios ignoto en cada cara desconocida. Ahora mientras escribo me viene a la cabeza un verso luminoso de Bob Dylan, "el espejo roto de la inocencia en cada cara olvidada". Pues sí, está mejor dicho de esa manera, ahora que he llegado a casa, las nubes se ciernen sobre el río que corre a desembocar, las gaviotas cruzan el aire y todo parece envuelto en quietud y las grúas son como dragones dormidos y un rumor confuso y persistente persigue al silencio y yo acabo de escribir, un poco adormilado, con el don de en nuevo día, sin hambre, sin dolor, sin rabia y con la belleza imposible de contemplar el instante que vivo rodeado de la mortecina luz y de la inmensa fortuna de desear que mañana puede traer una grata sorpresa y saber que, ¿por qué no?, acaso pueda ser cierto.

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