Volvía a casa y hacía frío. Ya había caído la noche sobre el crepúsculo de rosados dedos hacía unas horas. La luna creciente inclinada de forma leve. El silencio en la calle sobre los raíles brillantes, iluminados por las farolas distantes. El tiempo inmóvil, despertando con el ruido de pasos.
Miraba un punto breve, que no titilaba, bajo la media luna. No podía ver más estrellas, ahogadas por la luz de la ciudad. Su presencia, como una peca de la noche, era gozosa y algo extraña, inesperada. Mientras me apresuraba contra el frío, iba mirando su lejanía indiferente casi con envidia. El fulgor inasible de los objetos celestes provee de consuelo a los soñadores, imagino. Nos ahoga la luz concreta.
Quise ver qué veía en concreto. Saturno. Símbolo de la Estructura, la responsabilidad, la disciplina, temible padre del tiempo que nos lleva como briznas mientras permanece en su trono nocturno, influencia letal en la melancolía humana, oh genio astral que me mirabas ayer impasible cómo has contemplado todas las generaciones humanas y mucho antes. No sé qué serías si nadie te mirase, porque yo atravieso una crisis infantil desde que nací pensando que nadie hay más allá de mí que me mira.
No sé si te veré de nuevo hoy en mi silencio, atravesando nubes y meteoros, contra mi ventana o acompañado por la brisa. Acaso no rijas la noche hoy y el cielo sea otro y no te encuentre. Pero ayer, padre eterno, te miraba, sobre las sombras de los edificios y el rumor de las aguas y los jirones de nubes y entonces llegué a un lugar que no tiene mi afecto pero desde la ventana aún seguías presente y ellos, compartido por millones de seres y que ha ocurrido incontables veces dio peso y vigor a la noche y aún hoy, en las ondas del recuerdo hace que todo cambie. No aspiro a mistificar la impotencia del espíritu con la inocencia del corazón. No obstante, basta a veces una estrella para derribar cualquier muro, oh tiempo vacío y apegado a la tierra.


