Hay lugares donde la ceniza no aposentará,
Los reinos del recuerdo y la esperanza.
La soledad poblé de soles y de juego
Como si la dulzura de su gesto cándido
Fuera a volverse de carne y cielo un día.
Desde mi infancia, comiendo con los ojos
Las hazañas y anhelos de héroes incansables,
Despierto bajo las mantas que cobijaban sueños,
Quise evocar su bravura y sufrir su destino,
El desdén de aquellos que en silencio los temen.
Cabalgué contra el maligno entre valles y montes
Hacia muros oscuros que estremecen la vista
Para pugnar orgulloso y airado por justicia,
Contra la voluntad irrompible de su fulgor perverso.
Entre aguas negras avancé afanoso, aunque sabía
Que los signos habían sido conjurados.
Adversos y temibles sacudían mis ojos:
Las ondas que su alazán acariciaban
Eran frente a mí centellas y puñales.
Derrotado sin duda, pero nunca vencido
Fui arrastrado por las aguas de la mar profunda.
Curado por la fe, alzado por afectos
Y dado por el sol la luz de un nuevo día.
Las heridas no curan, son una deuda abierta
Contra el tiempo otorgado y cobran piel y fuerzas.
Mi juventud, como un jardín de otoño, débil y silencioso
Esperaba jornadas de más brillo y bravura
Que en el futuro dieran belleza a mis recuerdos.
Caminé contra el sol, buscando aquella fuente
Que nos da más luz, más tiempo, más enigma
Y acaso una epopeya que valga el resto de los días.
Era pedregoso el camino que más allá llegaba
Y han dado mis huesos contra sardónicas piedras.
Hay una incomprensión en toda luz,
Que presta forma sin tenerla ella misma
Al mundo que revela, acaso con engaños.
Caminé colinas, oquedades, sombras
Encontré el enojo, la soledad, la culpa
Y abundante gente, que era igual a la otra.
Hoy cada día levanta la fatiga y apenas hay belleza
Aunque la del recuerdo a veces sirve para apurar el rato
Con la inherente inconsciencia que provoca estar vivo,
Un estado fugaz que tomamos eterno hasta que nos rompemos,
Y el asombro cansado de la verdad en ruinas
Frente al ocaso prematuro que agita los fantasmas.
Deseo no perder el reino antiguo, aquel mismo por el hada tocado
Cuyo brillo no se ensombrece ni sacia
Y aún buscar, en el tiempo que queda
El filo de la mañana filtrándose en el alba.
Vivo en un mundo que lo perdona todo
Salvo la belleza, la virtud y el coraje;
Hubiera querido ser deudor del rencor de los otros,
De aquellos que pretenden que la vida les debe
Y han de pagarse sometiendo a los otros en sus jaulas innobles.
Pero tampoco puedo hacerlo, perdido en el fracaso
En la mediocridad reinante, en el errante paso del cometa Olvido.
Fracaso de no aprender de mí, de haber roto el empeño
De no saber quién soy y haberme dejado ser cualquiera.
Quizá ya es tarde, pero aún siento a veces
Que el maligno, la fuente, siguen esperando
En otras formas puras que dispone la magia:
Un ángel, en el bosque un claro, una mirada,
La espada del porvenir, una voz que despierta
O la seda profunda que envuelve los encuentros.
Fracaso de no saberme ni entender…
Mas si supiera llegar a ser quien soy
Todo habría cambiado, los muros del maligno hoy serían escombros
Y la fuente manaría fresca y pura por entre caminos del bosque
Que sólo yo conocería.
Vuelvo con la adarga al brazo y preparo las vidas
Aquellas en que fui y la que me tienta ahora.
Vuelvo al campo y repito sin importarme nada,
De tu alma depende que amanezca
Y que una sombra amable cubra tus angustias
Y haga un vergel ameno, que anega de esperanza las dunas.
Si supiera llegar a ser quien soy
Y alimentar de brío lo que dejé caer
Traería al hoy la ilusión del ayer
Y con el filo blanco del lucero al alba
Sabría rescatarla furioso de las garras del frío.

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