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domingo, 9 de noviembre de 2025

La prisión interior

 Leía "Teseo", de André Gide, y

Tenían la impresión, me confesaron posteriormente, de haber abandonado una cumbre de beautitud para adentrarse en un angosto y oscuro valle, regresando cada uno a su prisión interior, de donde les sería ya imposible escapar.


Leer esa frase ha hecho resonar un enérgico eco en mí. También siento esa asfixia, una prisión interior. Es una cárcel con muros de culpa, arrepentimiento, tedio y costumbre, abandono de los dias. Y cuando encuentro a gente, veo compañeros presos o guardias.

Los días pasan inasibles. No hay eco ni ancla; solo un vacío salpicado de ansiedad por encontrar "experiencias". Yo también lo hago, como si deseara creer que en ello existe una verdad que merezca la pena. Sé que es otra cadena, pero al menos, me ofrece un licor de olvido que es grato...aunque al cesar, apriete la cadena. He visto cómo los otros sufren también. No obstante, todos parecemos sombras encadenadas en una bruma alba, lejos del cielo. El tiempo pasa sin tregua y no socorre de la angustia y el miedo que crecen en las aceras como flores malditas. 

Me he convertido en una ruina vigilada por un centinela implacable: la certeza de mi propia mediocridad elegida. Mi condena es la absoluta lucidez de mi incapacidad para perdonar al yo cobarde que se instaló en la comodidad de la derrota. Solo queda el deseo visceral de que algo, o alguien, venga y queme los puentes que aún me unen a la llanura al otro lado del abismo, porque yo mismo me niego a quebrar esta jaula que he aprendido a llamar hogar. No deseo los paraísos artificiales, ni goces baratos. Deseo escalar la cumbre del espíritu, pero me falta arrojo para emprenderla.

En la prisión de los días, del yo, del tiempo, de la esperanza frustrada y la que se niega a dejar de nacer, en la del deseo, la del honor y la gloria, la prisión de los días iguales y la del desprecio de los otros, la de la destrucción y la de la paz rota, paso mi breve tiempo, sin saber cómo romperla y hacerlo para no romperme. Entre sus muros caben el pasar animoso de las aguas de la mar y del río, el rayo de sol furtivo entre jirones de nubes, el surco de las aves en el cielo y los rumores informes de calles y humos levantados contra la melancolía de un atardecer de invierno. Hoy es hermoso. Hoy tampoco habrá una salida. Voy en mi propia cárcel de dentro mientras percibo que nada hay real afuera, que es todo mi pensamiento y que no puede dejar de serlo y nada más, y entonces me siento más sombra, más duda y más nada, huérfano de gracia y sigo caminando contra un mar infinito y blanco desde una playa nubosa y triste, como dentro de un sueño.




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