Todo lo que ha vivido no ha dejado rastro. Lo que vemos de la historia es un precario pecio mecido por las olas. Lo demás se dió al olvido, que acoge generoso. Y nada más, basta de retórica. Todo vive un momentito y luego se despide.
Lo que me abruma es mi capacidad de aceptación de la brutal indiferencia del pasado para enterrarse y mi inquietud hacia un futuro mínimo. Leía el otro día que un día de carreras podría haber cien mil personas en el hipódromo de Constantinopla. Cada una de ellas era como cualquiera. Todos los que veo por la calle y a quienes quiero, todos los que me ignoran mientras pienso y piensan cualquier cosa estaremos en unas pocas décadas desaparecidos en la hoguera interminable del desamparo de otras memorias. Ya nos habremos ido. ¿Por qué me juego el tipo entonces cada mañana, por qué no cambiar? La verdad, supongo que aún no hemos aprendido a desenmascarar los ensueños ilusorios del yo y del tiempo; por eso aún una hora contiene una vida. No me parece mal que la búsqueda de un instante precioso nos haga arriesgar la eternidad.
No es que tenga nada hoy; ni temo ni espero nada. Cada día trato de encontrar la mejor vida que pueda llevar de acuerdo a mi naturaleza. Pero a veces hay un puñetazo de extrañeza: todas las glorias desconocidas, los talentos malgastados, las redenciones, la furia y la lucidez y todo lo que no ha llegado y fue simiente en una roca. Pasan por mis ojos imágenes empobrecidas del caudal de la aventura de la vida en la tierra. Firmemente pienso que, de todos los mundos que podamos imaginar, este es el más extraño.
He pasado por la angustia de no dejar nada de mí. Era una enfermedad pueril. Nada puede quedar. Cada momento es un testimonio. Me parece vivir en una cultura que ha sido hechizada por la muerte hasta negar la rebelión en favor de los campos de sol. Deseo gritar que cualquier vida es un milagro y que nada depende de lo que produzca, o lo que inspire, o lo que sufra. No desearía alargar mi vida hasta el sufrimiento que la envenena, pero sí llegar a saber respetar su misterio inefable antes de perderlo. No es un aprendizaje fácil. La vida no se justifica. La vida es su propia respuesta.
Todo lo que ha vivido es una hebra de un gran lienzo, acaso. Puede que nunca lo comprendamos, o que al cabo sea el azar frío y nada más. Lo único que imagino ahora, contra el azul moteado de gris del atardecer nuboso, son muchedumbres pasando, portando un alma apenas conocida y en la noble tarea de haber sido alguna vez un recuerdo que hoy no sabe ser conjurado e imagino que sonrien porque recibieron el regalo inmerecido y suntuoso de la vida sin que esperasen nada y eso bastó para que mereciese la pena.
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