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domingo, 26 de abril de 2026

Baños de luna. 26 de abril, 2026.

Me he bañado esta noche. Me ha venido bien, durante unos minutos creí poder parar el tiempo para que no me llevase a un sitio a donde no quiero ir, ceñido como dice la escritura.

Eso llegará, pero no será hoy. Hoy me decidí a remojarme en la playa vacía, mientras la algarabía de los bares dejaba en sordina la pausada torna y el siseo de las olas. 

El principio fue confuso; he divisado siete veces siete quimeras marinas, existentes e inexistentes que querían sumergirme en el olvido para siempre. Aunque fuera improbable estando a setenta y cinco centímetros de la arena, eran vívidos y se movían maliciosos en la oscuridad del agua. Luego reuní valor y no hubo nada; así se disipan los miedos habitualmente, y tras su puerta hay fastuosos paisajes. Me dejé flotar haciendo el muerto. La luna reinaba sobre jirones de luna y vi también estrellas salpicando el cielo, para mí en un lugar desierto rodeado de ejércitos ignorantes en la tiniebla del ruido. Para mí era la agonía de las olas y un rumor sagrado que alisaba las arenas y borraba pisadas antiguas, como dicen que hace Dios con nuestras ofensas. Y eran el frescor del agua y su vaivén, y el cielo más cercano y la sensación íntima de plenitud y el significado de la noche su propia respuesta. Así debiera ser la vida. No logré detener el tiempo pero ahí se quedará detenido en mis recuerdos, para cuando sea preciso, espero.

Todo cabe en un minuto prodigioso en el que se reúnen la oportunidad y el deseo. En mis ojos aún queda la imagen del cielo sobre el mí y el mar envolviendo todo, con el universo sobre mí y el cuerpo bañado en luna, con la intensidad y el gozo de cualquier esperanza.




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