Supongo que estas eran las navidades futuras, se dijo, girando lentamente la cucharilla en la taza. La pared ocre apuntalaba la agonía de un calendario y la lámina decaída de una calle de París, allá en los tiempos felices. Los cajones de la cocina, la mesa, lámparas mortecinas que suplían la mañana tediosa que no deseaba nacer.
Miro enfrente, hacia la nada. Una ventana gris daba al patio y a la cuerda de la ropa. Vio sus recuerdos mientras lloraba por dentro. Los ojos tienen su propia tristeza y no derramaron lágrimas. Es extraño, pensaba, di por hecho el rito del encuentro cuando no supe merecerlo y hoy que lo trabajo, no obtengo frutos. Así es la vida... cuando se atesora algo sin saber que es fugaz, ha de darse luego sin obtener nada a cambio. Y mientras discurría en la soledad de su cocina, la mañana fue llenando de blancura el aire en torno. Era hora de comenzar otro día. Otra vuelta a una rueda indiferente con indolencia y tratar de remitir los estragos de la soledad y la carga de su tristeza.
Así que fue a la ducha, cantó, dió un paseo y fue a las tiendas para darse un festín y tener su regalo. Las luces y las caras, si no alegría, le dieron coraje. Volvió y terminó de decorar el árbol. Buscó trabajo en un portal online y se dijo que hoy trataría de no odiarse. Seleccionó algunas canciones suaves que le acompañasen mientras descansaba tratando de encontrar la paz y la serenidad esquivas que muestran el lado oculto y fructífero del mundo oscuro.
Pasó la tarde mirando fotos de un álbum maldito. El dolor dió paso a un estado de serenidad que aquietó la luz de un atardecer tenue, sin miedo ni esperanza. Breves lágrimas asomaron a sus ojos, pero no eran de amargura; de alguna manera los recuerdos dispersos formaban una historia que hablaba de gratitud y de sorpresa grata por haber logrado llevar una vida llena de momentos ajenos a la ruina y al deterioro de todas las cosas, tan inexorable como el ciclo perpetuo de las noches y los días. Se descubrió sonriendo mientras pasaba las páginas del álbum. Nada había sido entregado a la nada. Todo estaba en él y estaría siempre. Y ese sentimiento súbito la anegó como una oleada de alegría irresistible. Cubría sus secretos ocultos, la vergüenza insensata y recurrente, el arrepentimiento punzante y la iluminación de las mentiras que había construido para proteger su vida; ahora eran muros coronados de cristales rotos que hacían más jirones que cualquier error pasado. Las contempló y dejo de odiarlas, pero no podía respetarlas ya. El autodesprecio no era un recurso ya: todo estaba perdonado.
Miró a su alrededor: mientras los pensamientos y los sentimientos formaban su torrente tumultuoso, había puesto la mesa y preparado todo. Vio el mantel de gala, las servilletas finas, los vasos pulidos y los platos de gala. Puso vino en su copa y apuró en sus labios el cáliz de la tristeza, pero también de la aceptación sabía. Sonrió y suspiró. Feliz navidad, susurró más tarde, y mientras una luz cálida agotaba la estancia y voces de sus ángeles pasados alimentaban su alegría, se quedó dormida...
Feliz navidad, pareció susurrar una brisa leve y después la sala se llenó amorosamente de un silencio completo de si mismo en plenitud y armonía, mientras las estrellas poblaban la ventana y rumores de alegría que no podría oír iluminaban una noche más con los ecos silentes de fuentes invisibles e inagotables, hasta cambiarlo todo.

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