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domingo, 22 de marzo de 2026

Sinan el arquitecto. 22 de marzo de 2026.

Hace poco pude visitar Hagia Sophia. O más bien, su obra. Había andamios por doquier, dentro y fuera. En fin, así es la vida y está bien. El mundo no es un decorado para nuestras experiencias. Fue una maravilla en cualquier caso. Siempre es grato encontrar un resquicio que sugiere un orden más profundo.

Impresiona pensar la técnica constructora y la pericia para levantar una cúpula de más de 50 metros. Es cierto; la estructura parece un tanto tosca y acumulativa, seguramente cegó cientos de vidas, quien sabe. No obstante, sigue apareciéndome como una hazaña llegar a esa cúpula suspendida del cielo por un hilo de oro en cinco años. 

Lo que ignoraba por completo era que para que aún aparezca glorioso en su desafío a la usura del tiempo, hubo otro arquitecto que debió aparecer.

Su nombre era Sinan. No sabía nada de él y ahora sé poco. Originario de una familia cristiana, acaso un jenízaro, se convirtió y sus dotes lo llevaron a ser el arquitecto del gran Sultán Solimán el magnífico. Construyó hermosas mezquitas y acueductos, junto con hospitales o escuelas. Parece ser que creó escuela y su estilo se puede rastrear hasta el puente de Mostar o el Taj Mahal. En la misma época de Miguel Ángel o Palladio, Sinan definía otra forma de su época. Y junto a todo esto, rescató Hagia Sophia de su ruina.

El edificio amenazaba colapso. Terremotos y el paso del tiempo habían debilitado su estructura. Sinan añadió contrafuertes, construyó dos minaretes para que sirvieran de contrapeso, reconstruyó secciones de la cúpula y los soportes y lanzó la catedral -mezquita contra el envite de los futuros siglos.

Me resulta una historia sencilla mas hermosa e inspiradora. Quizá confirma mi prejuicio que espero cierto, la belleza y la grandeza son patrimonio humano de forma instintiva y a cualquier persona le produce admiración el talento y la audacia de los otros. Hoy parecemos vivir un retorno de lo particular y hay buenas razones en ello, pero el tribalismo no me parece una de ellas. Pertenecemos a la tradición de lo que de mejor tiene el mundo, se haya manifestado en cualquier forma que lo haya hecho. Quizá deberíamos volver a un punto en el que las cosas buenas y bellas sean su propia justificación. Sinan, el sultán, pertenecían a un mundo distinto al de Justiniano pero lo supieron.

También me otorga una serena alegría el ejemplo de que, frente al rencor comunitario contra el resto de los pueblos de la tierra, el talento siempre se busca, para colaborar compitiendo, en busca audaz de una marca tras una nueva frontera. Esa curiosidad por aprender, avanzar, dejar una huella temporal que aproveche a otros para que la borren y dejen la suya hasta el siguiente es emocionante. Lo celebro y ansío su permanencia.

Otro aprendizaje que me sugiere es que mantener es tan importante como crear. Temo que a menudo olvidamos una lección tan básica. Estamos envueltos por un mundo voraz que persigue novedades y precisa de intercambios del caudal de los frutos del espíritu por la calderilla de lo opinativo, la ocurrencia, el fulgor fugaz de lo aparente. Esa ausencia de sentido acaba hiriendo y contra ello, las cosas bellas que perduran son un buen refugio.Y aunque hoy la sombra parezca invadirlo todo y sea descorazonador abrir los ojos al mundo, ha habido otros tiempos así: hemos visto y creído. Nunca ha dejado de haber desolación y quebranto, pero siempre ha habido grandeza, impulsos admirables y prestos a admirar la grandeza de los otros. ¿Qué otra cosa podríamos obtener de este mundo? Sin ella, perecemos.

Gracias, Sinan, por acudir al rescate. Que la luz resplandezca junto a tu nombre, como junto a los de Antemio de Tralles, Isidoro de Mileto e Isidoro el joven. Que todas sus faltas y las nuestras queden borradas como rastros en la arena por el viento o el agua, porque hemos tenido una mente limpia para ver y unas manos dispuestas a admirar. Que el rastro del bien quede en la memoria de las generaciones para resistir el miedo al futuro y sostener la esperanza. Y que así sea.




miércoles, 18 de marzo de 2026

Misterio. 18 de marzo.

El cielo es frío y tiemblan, lejanos, los luceros;

Suntuosos aromas conspiran esta noche.

Una rebelión susurra y despierta el silencio,

Cántico que anuda el tiempo y el grato desorden


Que llamamos vivir. Agudiza la pena saber que no estaré

Un día y la rueca indiferente proseguirá su hilado,

Los orbes girarán, la luz prosperará, nacerá otra fe

En el brillo de otro agua y el canto de otros pájaros.


Acaso caminar el día es al fin derrumbarse

Tras la torpe mañana de ambicionar la presa,

En la carrera tras su rastro anquilosarse

Y regresar al ocaso dorado envuelto en su tristeza.


Es el sino que vivieron todos desde tiempos remotos...

De nada sirve pensar en aquello que desborda esta hora

Allá la fe y el miedo preñan el futuro misterioso

Aquí el afán presente alza y llena las copas.


¡Cuánto frío revela el brillo de su hacha!

Cuanta espuma de nostalgia atesoran los ojos.

Hay auroras que despuntan en la flor de su magia

Y la luna da al alma el temblor del asombro.


Hoy es tiempo de paso, alegría y coraje:

Deseo sentir paz en ese rincón del paraíso

Donde la paz reluce en un cielo de aves

Y los ángeles no nos vedan su contemplar furtivo.


Una luz que nace, un consuelo al olvido

Que desea roer las formas que entregamos

Al mundo que desea encontrar otro brillo

Y allí, desvanecido, yacer entre sus brazos.


Hoy la esperanza nace de tormenta y escombro.

Quizá fue siempre así; llama luchando contra el frío

Y algún día el alma sabrá ver su fruto misterioso

Envuelto en niebla leve, con los ojos de un niño.



jueves, 12 de marzo de 2026

La resistencia del mundo. Doce de marzo de dos mil veinticinco.

Me parece vivir en un lugar y tiempo que desean desterrar cualquier fricción con la realidad. Quizá eso sea lo que se ha dado a llamar modernidad líquida. Un arroyo melifluo de conformidad exigida que roza y no daña pero tampoco eleva. Se aspira a una reclamación de fragilidad total que rompe por exceso de protección. 

Creo ver, quizá me exalto, esa imitación a la vida en muchos lugares y es una brisa ardiente que molesta. En la percepción de los animales como compañeros porque nunca molestan ni desafían; en el refugio en vacuidades sin ancla; en el uso de la opinión como conocimiento; en la lúbrica oferta de nuevas tecnologías que ofrecen cada realidad deseada como la auténtica; en el hundimiento del valor de la vida humana porque todo es un espectáculo. Y entonces la noche parece un punto más oscura porque no encuentro manera de pensar en lo que quedará de nosotros. No sé qué hago aquí si no puedo defender una verdad. Quisiera vivir en ella, pero soy muy débil. El desencanto del mundo a veces es una herida que arde, pero he ido aprendiendo a vivir sin esperar nada. Y quizá aún no sea tarde para llegar a una ribera de lo cierto.

Verdad en sentido fuerte, digo. No aquella que nace de la concordancia lógica de un enunciado, sino de la abrasión de lo real. Llevo toda mi vida buscando esa revelación tranquila y no deseo cerrar mis ojos antes de llegar a esa fuente. Sí, a una verdad, íntima o pública, fascinante o mundana. Aquel lugar como un puesto de vigilancia en un bosque umbrío, donde ser herido o vislumbrar la maravilla. Aquel lugar.

Hoy la abstracción gana;no puede ser refutada por la vida. No dejan que la vida consuele y agote, que sea su propia respuesta. Vivo en una narrativa contada por un idiota y que no significa nada y me cuesta salir a flote. Acaso debiera saltar a un vacío para ello, pero he olvidado donde están y no quiero caer en la bajeza de tantos que confunden la impotencia de su espíritu con la inocencia de su corazón. Dejo que la verdad me hiera, si así debe ser. Hoy escribo porque me agoto y el mundo no choca conmigo sino que parece apartarse y yo sólo deseo una bravura y un soplo de conciencia real, mientras las aves pintan el cielo del crepúsculo de motas blancas y un rumor que llega hacia la mar en calma me susurra que lo siga intentando.




viernes, 6 de marzo de 2026

Todo queda. Seis de marzo.

Lloran los hierros la helada que fue ayer

Sobre el cemento descolorido y roto.

El ritmo del silencio envuelve el aire,

La bruma vuela en harapos silenciosos.


Caen los minutos deshojados sobre un mar

De vacío que arrastra despojos y certezas:

El naufragio mece en la corriente inmóvil

El vaivén del instante que perdió su senda.


La ciudad esconde pájaros entre sus hierros muertos

Para que trinen tímidos contra un sol desolado

Y hagan del cielo exhausto una cortina gris

Que llene de extrañeza la luz entre los párpados.


Todo ello es verdad…mas alzamos el ánimo

Contra el baile siniestro que envenena el crepúsculo

Tenemos alma y voz frente a la luna llena

Y damos corazón a los que pasan turbios.


Continúa, tiempo; haz de tu eco el olvido.

Mañana hemos de entrar en tu mansión ingrata.

Nada hay que puedas mientras ocurre el momento

Y envidia la eternidad sus fulgores de plata.


Lloran las ramas lluvia mientras la hierba besa

Un aroma presente y las aves juegan.

Así es para ti también. La luz esconde

El mayor terror y la mayor promesa.


Las ventanas que fueron que hoy son huecos

Donde ojos cansados del recuerdo acechan

Llevan en ti todo, la rabia y el anhelo

En ti ya estaba todo antes de que tú fueras.




sábado, 28 de febrero de 2026

Sabotaje. 28 de febrero.

 No sé por qué me castigo. Creo que es algo común pero no deseo aplicar a todo el universo mis neuras. El caso es que cualquier visión de mi futuro viene acompañada de su versión más tétrica las más de las veces y en ocasiones de una euforia irreal que tampoco es buena. Y el ansia de evasión, esa ebriedad de la metamorfosis sabotea mi ahora mientras las visiones lejanas y extremas de lo por venir me alejan de mí.

Nunca he dejado de sentir ese sabotaje constante en casi todo lo que he hecho. Supongo que hay un sentido de culpa muy hondo y oscuro que me grita que no merezco nada y una conciencia inefable que parece disociarse de mi día, como sintiendo que alguien nos mira. Deseo lograr ser capaz de darlo todo cada aquí y cada ahora. Ser capaz de sentir con intensidad la frescura del agua. La brisa inocente. Deseo salir de la prisión del yo y consagrar lo que me quede a algo más valioso que mí mismo, la calidez y la visión de las calles con esperanza. Deseo contemplar las ondas que mi vida, como todas, extiende en el lago amable de las posibilidades. Mas es arduo conseguirlo mientras los segundos se acumulan en la parálisis de la ensoñación y el boicoteo de todas las perspectivas. Hay veces que creo que es miedo, a conseguir más de lo que merezco o a que otros vean que no logro nada. Pero no creo que sea eso, o no sólo. Es un rumor sutil de ansiedad contra la pared blanca de un futuro que se me aparece como a punto de ceder, aunque sepa que no es probable.

Una de las impresiones adicionales que incrementan la sensación general de confusión y duda es que tengo motivos sobrados de gratitud. No han pasado cerca de mí las sombras de la enfermedad, la muerte, las melancolías por amplias desilusiones o tormentas de injusticia. He sido afortunado y pese a todo contemplo con frecuencia llanuras nocturnas que iluminan los relámpagos por nostalgias de lo que no ocurrió o futuros desesperanzados o imposibles. Todo ello conjura la dificultad de la simple presencia.

En fin, en ello trabajo. Hoy ha salido el sol e iré a pasear, veré amigos, creo, disfrutare sin achaques ni grandes preocupaciones. Creo que voy a tratar de olvidarme de mí mientras veo los árboles y la luz de la vida se filtra entre sus ramas. Creo que voy a sentir la agonía dulce del día entre mis dedos y cerraré los ojos, con la sensación de que nada importa tanto y que mañana será lo que Dios quiera.





miércoles, 25 de febrero de 2026

250226

Ansío la niebla que convierte siluetas

Y difumina el peso

De ser uno, de no dejar de ser, me excuso.


Deseo arrancar mi sombra en la pared

Y vivir en su herida. Sin sentir, sin pasar

Cada minuto de mi día 

Enredado en la promesa de otra piel

Y de otra mente, desterrada la culpa

Y el dolor del recuerdo. Indiferente 

Al verme caer en un abrazo con la nada

Y no querer volver, lo siento,

A envenenarme de promesa un nuevo alba.




jueves, 19 de febrero de 2026

Cualquier otro día. Diecinueve de febrero.

Me levanté temprano. El viento rugía afuera y breves gotas de lluvia tintineaban en las ventanas. No había decidido madrugar, pero así fue. Me había llegado una certificación de correo para ir a buscar algo. Igual me emocioné antes de dormir y por eso. Así que allá fui dando un paseo mientras la luz de la mañana se iba balanceando entre el gris y el azul. Resultó ser una puta comunicación electoral. Yo pensando en una admiración secreta y vaya por Dios, resultó sólo una invitación a elegir el color del collar que me quieran poner. 

Volviendo a casa bajando una cuesta un ciego iba palpando la acera y un muro de obra con su bastón. Con el gorro, el bastón y un abrigo grande, iba dando color a la mañana, un genuino representante de la vida, mientras yo no sabía ver que un día único e irrepetible alboreaba. Gracias, amigo desconocido.

Y después, un poco lo de siempre, como cualquier otro día. Enredarse en la monotonía, agitar las costumbres por ver si pudiera nacer algo nuevo, mirar la lluvia, ver un Dios ignoto en cada cara desconocida. Ahora mientras escribo me viene a la cabeza un verso luminoso de Bob Dylan, "el espejo roto de la inocencia en cada cara olvidada". Pues sí, está mejor dicho de esa manera, ahora que he llegado a casa, las nubes se ciernen sobre el río que corre a desembocar, las gaviotas cruzan el aire y todo parece envuelto en quietud y las grúas son como dragones dormidos y un rumor confuso y persistente persigue al silencio y yo acabo de escribir, un poco adormilado, con el don de en nuevo día, sin hambre, sin dolor, sin rabia y con la belleza imposible de contemplar el instante que vivo rodeado de la mortecina luz y de la inmensa fortuna de desear que mañana puede traer una grata sorpresa y saber que, ¿por qué no?, acaso pueda ser cierto.

viernes, 13 de febrero de 2026

Trece de febrero. Ayuno de significados.

En cada vez más ocasiones deseo despertar del lenguaje.

Una de mis preocupaciones constantes es el hechizo turbio del lenguaje. Nos permite vislumbrar una realidad compartida y a la vez la cercena. Siento que esa desconexión es, posiblemente, una de las raíces del malestar humano. Si acepto que el mundo lingüístico depreda la realidad últimamente y la conciencia entonces la ansiedad no nace de fallos de sistemas, sino una consecuencia lógica de vivir en un entorno de abstracciones. Sé que el mapa no es el territorio, por fortuna, pero a veces siento que el territorio se ha velado tras mapas inanes.

Nuestro lenguaje opera a una velocidad que la biología no puede seguir. Puedo ingerir y procesar mil tragedias, conceptos de crisis, humillaciones y glorias globales, infinidad de pequeñas miserias y expectativas ansiosas de éxito en un minuto. Mas el cuerpo no entiende de metáforas. Procesa cualquier amenaza lingüística y reacciona físicamente como si fuera perseguido por un depredador real. Que extraño cavilar que no sé distinguir instintivamente entre el peligro semántico y el peligro físico. La conciencia, tan mediada por el lenguaje, clasifica en lugar de experimentar. Cansa. 

Cada vez que contemplo un atardecer y pienso que "es bonito" o trato de describirlo, he extinguido la experiencia pura para convertirla en un trofeo lingüístico. Cierta inquietud surge de esa incapacidad de estar sin decir. Conjeturo que siento una barrera de cristal entre mí y mi realidad. Porque no tocamos el mundo, tocamos las palabras con las que lo cubrimos. Sé que no hay afuera, sé que el lenguaje constituye una realidad ineluctable... pero anhelo poder llegar al nudo de mis contradicciones. Con palabras no puedo.

En un mundo físico (real, primario...buscad la palabra que más os convenza), eres lo que haces y lo que ocupas. Como si dijera, la realidad se impone por sí misma. En un mundo lingüístico, eres la historia que cuentas. Debe haber una verdad más allá de los relatos inacabables y enervantes. Es agotador ver la constante edición de narrativas personales. Y aliviador, aunque trágico que la realidad física (el cansancio, el envejecimiento, el error) no encaje con la estructura lingüística que hemos construido de nosotros mismos (ser productivos, perfectos, ser exitosos). Pero no parece posible: Estamos tan colonizados por el lenguaje que incluso para salir de él, necesito escribirlo en un blog, leer libros, oír a otros, buscar guías que me expliquen cómo dejar de pensar en palabras. Aunque no sea más que señuelo, busco actividades que acaso silencien el lenguaje y me devuelvan al cuerpo: hacer deporte intenso, allá donde solo importa el ritmo del corazón y el peso del hierro; meditación como intento deliberado de observar el pensamiento como ruido y no como realidad;
búsqueda de la naturaleza y sus frutos humildes sin nombre que simplemente son.

Muchas veces me ocurre que percibo la conciencia como si fuera un animal inquieto enjaulado en un zoológico de conceptos; tiene comida y seguridad, pero extraña la libertad del silencio. Me gustaría lograr apagar ese ruido. Tristemente parece que incluso en sueños el lenguaje sigue depredando toda percepción.

El cansancio metafísico es el agotamiento de quien parece haber tenido que sostener el mundo entero a través del pensamiento. Todos nosotros. Es la fatiga de ser el narrador, el protagonista y el editor de un relato basado libremente en la realidad, una narrativa que no se detiene nunca. Es un peso que siento en el músculo de la existencia, cansado de sostener las mentiras de las que vivo. La existencia se me ha convertido en un ejercicio de traducción. Nada queda en su estado natural: todo es procesado, etiquetado y archivado, de forma antinatural. El esfuerzo constante de pasar la realidad por el filtro del lenguaje consume demasiada energía. Nunca calla ni cesa su rumor. Y además surge más incomprensión cuando entiendo que ya no toco las cosas, sino lo que esas cosas significan. Vivir en un mundo de referencias es como intentar alimentarse leyendo un menú: sé los nombres de los platos mientras sigo teniendo hambre y me empacho de significados. Deseo ayuno de todo significado y comida frugal de plenitud que se basta a sí misma.

Uno ya se ha hartado de su propio estilo de pensar. Conozco cada argucia, mis quejas recurrentes, todos argumentos circulares, las minucias de mis tretas. Las palabras han creado una identidad tan sólida que tratar de salir de allí es como tratar de huir de una prisión de máxima seguridad de coherencia lógica. Brota de allí un deseo de ser nadie, como Odiseo, de estar en el vacío donde no hay palabras que sostener. 

Quisiera aprender a pensar sin palabras. Me doy cuenta de que soy nada sin ellas. 

Quisiera encontrar lo inefable que no es derrotado por ellas. Saber contemplar: mirar lo que sea hasta que la palabra que lo nombra pierda su sentido y solo quede la extrañeza de que eso esté ahí. Me gustaría vivir en la extrañeza del mundo y no sólo en su desencanto.

Ver a los demás actuar es como observar una obra de teatro en un idioma que sé perfectamente, pero cuyo guion te parece repentinamente absurdo. No contribuye vernos en una sociedad de espectáculo y narrativa constante, donde todo se anuncia y vende con mentiras adornadas. Veo los fervores diarios, las obsesiones por el estatus y la discusión degradante en torno a etiquetas. Acabo sintiendo un ruido mecánico, el del esfuerzo de sus conciencias tratando de mantener a flote castillos de naipes verbales. Esa desconexión me genera una soledad muy particular, que no es falta de compañía, sino falta de complicidad en la ilusión.Vivir así tiene un precio que no sé si hubiese pagado de haberlo sabido pero también una pequeña ventaja.

 El precio es la difuminación progresiva en espectador de la vida en lugar de un participante. La amargura del exilado. La ventaja es la distorsión de cualquier concepto en decorado. El cinismo que ve apenas nada más que fonemas extravagantes vibrando en el aire.

Supongo que a esa turbina de sensaciones contradictorias es a lo que convenimos en llamar desencanto. Una lucidez y una estupidez que el cuerpo no sabe cómo gestionar. Y entonces cualquier mirada es capaz de salvar.

El alivio proviene de haber soltado el lastre; las punzadas de dolor son un recordatorio de que, aunque la mente trate de desertar, el corazón sigue siendo un animal que necesita pertenecer. Es un alivio frío. Me duele haber perdido la facultad de ser engañado por la vida. Me consuela pensar que es precisamente ese dolor lo que me mantiene humano. Sin él, el cinismo sería absoluto, insoportable. Debajo de todas esas capas apresadas por el lenguaje todavía hay algo real que puede ser herido. La verdad no tiene la obligación de ser placentera. Solo se trata de lidiar con la paz de la vigilia y la soledad de la sombra.

Y que en esos resquicios vacíos de significado y plenos de lo terrible, el cuerpo reclame su presente infinito.



miércoles, 4 de febrero de 2026

El moribundo. Cuatro de febrero.

...y si la mano señalada del destino bajase sobre mí indiferente y terrible, me dejaría caer tan leve como los copos de nieve sobre el pasado inmutable, sellado como el silencio del cielo y si luego apareciera el ángel o fuera sólo una penumbra sin fin, tampoco me importaría, pero con la sola condición de olvidarme de mí mismo:la broma pesada que fue mi vida, mi esperar perpetuo por la apertura de una tenue línea de luz frente a un muro, el sentir punzante y acucioso del miedo y el dolor, sí, me dejaría caer y acaso con un estado de ánimo febril y ciertamente parecido a la alegría, o lo que hace de la calma alegría, de la alegría felicidad y de la felicidad euforia y confianza desmedida, hubris ciega...

Porque también he sido feliz y supe serlo. Hay tantas capas de mí que ya no sé quién soy. Mi ayer reniega de mi hoy y mi hoy está ciego frente a una llanura bajo la tormenta. Pero si el futuro no aparece muy auspicioso, lo que logré ser feliz quedará conmigo. Tuve suerte y poco más pero no olvidaré cada momento pleno, la captura de un momento o la celebración de los mitos que cree para levantar la mentira de que vivo. Torpe esfuerzo, dirán, y estarán en lo cierto. Pero yo recordaré que donde hay desamparo, hubo cobijo; allá donde hay confusión, reinó un día la claridad; en donde mella la soledad su grieta, hubo encuentro, y en fin, no podré olvidar quienes hicieron parte de su camino junto al mío. Sí, por todo eso, si hoy la voz me llamase acudiría con el ánimo templado a su encuentro, puesto que no tengo nada por lo que tratar de evitar caer ni la sombra podrá vencer la luz, aunque yo sólo lo sepa y llegue solitario , como todos los días de mi vida,a aquellas desoladas regiones frías donde habita el olvido.

Y estaré un poquito triste, pero olvidaré la soledad, el desencanto, la lucha baldía y todas las vergüenzas de mí mismo que me han herido y ascenderé a contraluz por colinas de bruma hasta difuminar el alma en ella, de la que viene y a la que va, y unirla en el rito del olvido, sereno y fugaz, puesto que una vez logré conocer la alegría y bebí del néctar del olvido de mí y mis mezquinos problemas y gocé los frutos de la vida y eso ya nunca, no, sin duda nunca ya, no me será arrebatado.




viernes, 30 de enero de 2026

Juego de reflejos. 300126.

El laberinto preñado de reflejos

Distinto cada día, es el espejo

De tu pasar colmado de momentos.

Un paraíso sin temor ni consuelo.


Fluye el presente su respirar calmado

Y el brillo de su lomo es su regalo

Ardiendo como un fuego acostumbrado

Alumbrando lo bello, que está siempre de paso.


Tu rostro es otro laberinto y una rosa

Que indaga en el asombro de las cosas

Iguales y variadas, irregulares sombras

Esparciendo en la luz semilla misteriosa.


Y al cabo miras el río y tú eres la corriente

Turbia y clara, oscura y transparente

En la que avanza el arduo salto de los meses

La que ahoga, la que fuerza, la que vences.


Otra luna más sobre el intrincado espejismo

Otra luz en otro cuerpo que ayer era distinto.

Otra voz que susurra antes del inevitable olvido

Porque solo posees aquello que has perdido.






martes, 20 de enero de 2026

Descansen en paz. 20.01.2026

No envejecerán como los que quedamos

No les pesará la edad ni les devorarán los años.

Veremos sus ojos en las cosas que amaron,

Llenarán de colores nuestro desencanto.


El corazón escondido los conoce y desvela

Como la noche triste conoce a sus estrellas.

El crepúsculo calladamente trae el olvido,

Mas ellos seguirán recordando quienes fuimos.


Ya no ocupan la mesa donde pasar la tarde

En alegres bullicios que capturan el aire;

Duermen en costas lejanas donde reina el silencio

En paz y aroma suave, sin frustración ni miedo.


La inocencia que perdimos se quedará con ellos,

Con el fulgor de un ángel bañaran los recuerdos

Del poso que legaron a las horas más dulces

Liberando del tiempo su promesa y sus luces.


Día a día seguiremos retomando sus pasos

En la flor del momento y la brega del año,

Hasta que la hora llegue de partir a su casa

Que desde la ardiente oscuridad nos llama.


Donde muere el ocaso, caminaré en secreto

Al jardín inefable donde nacen los sueños:

Yacen allí los cansados en el amoroso seno 

Donde reposan libres frente a horizontes plenos 


Al final del tiempo retomarán la senda,

Con nosotros al lado, marcando la ribera,

Hasta que el sol decline en la cuna del mar

Y allá permanecerán, permanecerán hasta el final.




sábado, 17 de enero de 2026

La extrañeza de un cielo. Diecisiete de enero de un nuevo año.

He pensado en Venecia. Se ha abierto el cielo después de una mañana gris de llovizna y el azul que nació, aunque hermoso, no era el metafísico e irresistible del arte veneciano. 

Sus pintores recibían de ultramar su azul, que explotaba en los cuadros tras triturar el lapislázuli, que llegaba de las remotas tierras de Afganistán y era más valioso que el oro. Desarrollaron técnicas que sostenían gamas imposibles, en las que la luz parece nacer del cuadro y estalla en el ojo de quien mira. Y vivían en un laberinto de espejos, una ciudad inefable, tan bella que parece imposible, tan única que ni siquiera todas las visitas fugaces logran acallar su enigma perpetuo. No hay más tonos imaginables que los de aquel lugar serenísimo; los que nacen entre la danza del agua y los resplandores, sol, luna, nubes, faroles, estrellas, ocasos y alboradas. Todo se nos ha dado y vivimos en un mundo de innúmeras maravillas, pero sólo a veces son tan prístinas. La labor del artista es rebajar el umbral de la belleza terrible, insoportable, al de la fascinación sin palabras que llena de plenitud a un alma humana.

El azul del cielo que ansío es uno que no existe pero me sirve haberlo visto en cuadros y que mi mente lo convoque y se pierda en su intensa placidez. La extrañeza de un cielo que no es tuyo hiere, pero puede convertirse en un dulce naufragio contra lo que nos hiere, sin temor ni duda. Así, camino entre palacios decadentes y canales, sin miedo ni esperanza ni anhelo ni angustia, mirando como mi nombre y mi historia se escriben en el agua y se borran y una silueta recorre la plaza y se difumina entre grises y azulados, fascinada y extraña y yo me pierdo en estos pensamientos y no deseo nada más que ese color y ese lugar para imaginarlo y quedarme en él como quien se acurruca contra la realidad y ve una estrella solitaria que apaga sus pensamientos y en silencio mira su memoria imaginada y la acoge sonriendo en silencio a través de un velo sedoso, en su atmósfera envolvente, como dentro de un sueño.




martes, 13 de enero de 2026

Dilema de un prisionero. 13.01.26.

Debo ser yo, por vieho: no encuentro relevancia cultural en ninguna novela, o serie, álbum, documental, peli, canción, drama o columna. Hasta la arquitectura me parece plegada al rito del olvido. La tradición ha desaparecido, en muchas ocasiones para bien, pero ha dejado paso a una rueda perpetua de consumo y desapego instantáneo. Me temo que no es una manifestación sólo cultural, sino la adaptación del esfuerzo humano de plasmar la época, que es turbia y deshonesta.

Me resulta lamentable no saber elevarme: mi hoy contradice mi ayer. En todas partes escucho que el espíritu del tiempo conversa con el espíritu humano con desprecio y ansias de destruirlo y el mío se hace diminuto y trata de esconderse. No sabe sobrevivir aquí, después de haberse prometido quimeras, mentiras. Ellas podrían haber resistido su falta de realismo si al menos se admitiese su nobleza. 

No hay tal. Haz dinero fácil, usa a los otros, ten a mano a un victimario, sigue las modas para demostrar que eres un rebelde, zahiere lo bueno y justo para que los inicuos sigan sobre su pedestal de mentiras. En todos los lugares oigo los mismos mensajes roncos y perversos. Solía refugiarme en el arte y las creaciones que creía altas, pero cada vez son más caducas y las nuevas se han rendido a las formas y sólo saben dar cuenta de un hoy fugaz, precoz y maldito, seductor de abandonos. Todo lo inspirador es sospechoso y se siembra cualquier duda salvo la de quienes las irradian. Prisionero de mí, no hay pozo de agua fresca en canciones de esperanza, novelas con sentimientos, películas con pasión. El morbo, el sentimentalismo viscoso y la fascinación por la brutalidad lo han devorado todo. La falta de imaginación de la producción de esta ingrata época deriva de su falta de moral noble, aquella que cree que hay algo más allá de la vida que la ilumina como una estrella. Pero ahora todo debe ser repulsivo y bajo.

No sé qué hacer ya si no puedo dedicarme al otro y olvidarme de mí, que es el único sentido de la vida que me han enseñado, cuando ese otro no existe. Quiero escribir, pero no sé cómo puedo hacerlo sin quemar mi mente de melancolía destructiva. Porque no quiero destruirme. En un día oscuro de la ciudad que aprendo a detestar, sólo sé que no necesito nada sino escapar, para llegar a un sitio aún bendito y allí romper mi boca mordiendo con devoción su silencio.