Debo ser yo, por vieho: no encuentro relevancia cultural en ninguna novela, o serie, álbum, documental, peli, canción, drama o columna. Hasta la arquitectura me parece plegada al rito del olvido. La tradición ha desaparecido, en muchas ocasiones para bien, pero ha dejado paso a una rueda perpetua de consumo y desapego instantáneo. Me temo que no es una manifestación sólo cultural, sino la adaptación del esfuerzo humano de plasmar la época, que es turbia y deshonesta.
Me resulta lamentable no saber elevarme: mi hoy contradice mi ayer. En todas partes escucho que el espíritu del tiempo conversa con el espíritu humano con desprecio y ansias de destruirlo y el mío se hace diminuto y trata de esconderse. No sabe sobrevivir aquí, después de haberse prometido quimeras, mentiras. Ellas podrían haber resistido su falta de realismo si al menos se admitiese su nobleza.
No hay tal. Haz dinero fácil, usa a los otros, ten a mano a un victimario, sigue las modas para demostrar que eres un rebelde, zahiere lo bueno y justo para que los inicuos sigan sobre su pedestal de mentiras. En todos los lugares oigo los mismos mensajes roncos y perversos. Solía refugiarme en el arte y las creaciones que creía altas, pero cada vez son más caducas y las nuevas se han rendido a las formas y sólo saben dar cuenta de un hoy fugaz, precoz y maldito, seductor de abandonos. Todo lo inspirador es sospechoso y se siembra cualquier duda salvo la de quienes las irradian. Prisionero de mí, no hay pozo de agua fresca en canciones de esperanza, novelas con sentimientos, películas con pasión. El morbo, el sentimentalismo viscoso y la fascinación por la brutalidad lo han devorado todo. La falta de imaginación de la producción de esta ingrata época deriva de su falta de moral noble, aquella que cree que hay algo más allá de la vida que la ilumina como una estrella. Pero ahora todo debe ser repulsivo y bajo.
No sé qué hacer ya si no puedo dedicarme al otro y olvidarme de mí, que es el único sentido de la vida que me han enseñado, cuando ese otro no existe. Quiero escribir, pero no sé cómo puedo hacerlo sin quemar mi mente de melancolía destructiva. Porque no quiero destruirme. En un día oscuro de la ciudad que aprendo a detestar, sólo sé que no necesito nada sino escapar, para llegar a un sitio aún bendito y allí romper mi boca mordiendo con devoción su silencio.

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