He pensado en Venecia. Se ha abierto el cielo después de una mañana gris de llovizna y el azul que nació, aunque hermoso, no era el metafísico e irresistible del arte veneciano.
Sus pintores recibían de ultramar su azul, que explotaba en los cuadros tras triturar el lapislázuli, que llegaba de las remotas tierras de Afganistán y era más valioso que el oro. Desarrollaron técnicas que sostenían gamas imposibles, en las que la luz parece nacer del cuadro y estalla en el ojo de quien mira. Y vivían en un laberinto de espejos, una ciudad inefable, tan bella que parece imposible, tan única que ni siquiera todas las visitas fugaces logran acallar su enigma perpetuo. No hay más tonos imaginables que los de aquel lugar serenísimo; los que nacen entre la danza del agua y los resplandores, sol, luna, nubes, faroles, estrellas, ocasos y alboradas. Todo se nos ha dado y vivimos en un mundo de innúmeras maravillas, pero sólo a veces son tan prístinas. La labor del artista es rebajar el umbral de la belleza terrible, insoportable, al de la fascinación sin palabras que llena de plenitud a un alma humana.
El azul del cielo que ansío es uno que no existe pero me sirve haberlo visto en cuadros y que mi mente lo convoque y se pierda en su intensa placidez. La extrañeza de un cielo que no es tuyo hiere, pero puede convertirse en un dulce naufragio contra lo que nos hiere, sin temor ni duda. Así, camino entre palacios decadentes y canales, sin miedo ni esperanza ni anhelo ni angustia, mirando como mi nombre y mi historia se escriben en el agua y se borran y una silueta recorre la plaza y se difumina entre grises y azulados, fascinada y extraña y yo me pierdo en estos pensamientos y no deseo nada más que ese color y ese lugar para imaginarlo y quedarme en él como quien se acurruca contra la realidad y ve una estrella solitaria que apaga sus pensamientos y en silencio mira su memoria imaginada y la acoge sonriendo en silencio a través de un velo sedoso, en su atmósfera envolvente, como dentro de un sueño.

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