Vivimos olvidando para poder adaptarnos y eso es un elogio a la capacidad humana de apostar por la vida frente a cada abstracción. Pero hay también una marca visceral y humillante de encogerse contra el futuro y fingir que no lo hacemos, aunque sepamos que siempre acaba mal, la de pensar que el porvenir acaba ahora y llega el momento y te falta tanto por hacer y es demasiado pronto y es injusto. Entonces, la rebeldía irracional, la respetable, encuentra la consciencia y la mente desciende al abismo, más allá del cual no hay estaciones de tren, ni gradas de estadios ni abrazos ni palabras, sólo silencio oscuro y pegajoso.
Quizá olvidarse de uno y hacerse devoto de causas más allá del ego sea una buena forma de conjurar la amenaza, con dosis de autoengaño. Quizá no haya fórmulas. Uno sólo puede pensar en las fantasías de invulnerabilidad y violencia que hoy se presentan en todos los lugares y la precariedad de cualquier vida, la neblina de la distracción de las espantosas realidades de la vida y la brutal, sincera indiferencia de la muerte. La imposibilidad de construir una casa en la contingencia y la voluntad de seguir haciéndolo. La conmoción horrenda entre lo fugaz y aquello que no tiene remedio y ya es siempre para siempre.
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