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domingo, 21 de junio de 2015

Por ser lo que somos.

http://www.elmundo.es/cronica/2015/06/21/55844c0e268e3e192e8b4584.html

- E: No supimos que seríamos los primeros hasta aquella misma mañana y nos asustamos mucho...
- Z: Por la presión mediática...
- C. No sólo por eso. No sabíamos cómo iba a responder la gente. Date cuenta que somos una generación que nos han dado de palos por ser lo que somos...
De vez en cuando, me gusta revisar los periódicos españoles. No suele ser grato. Un bucle de noticias recicladas, comentarios sobre comentarios a raíz de apreciaciones sobre los comentarios a alguna declaración banal. Polémicas ruidosas. Gracias soeces. El paisaje y el paisanaje moral de un lugar encerrado en sí mismo, con mucha envoltura externa y con el convencimiento de una serie de verdades impuestas que distan de ser ciertas: nuestra excepcionalidad para lo bueno y lo malo. La culpa de los otros. La atención que despertamos en el mundo.

Por eso, es bueno reseñar las veces en las que uno puede sentir cierto orgullo por vivir en un país decente. El reportaje sobre el matrimonio gay y su implantación en una sociedad abierta y más tolerante de lo que los medios nos muestran con fruición. La reivindicación de quien lo llevó a cabo, incluso si uno es crítico con su labor general. Yo lo soy. ZP demostró ser, la mayor parte de las veces, banal y vacuo, instalado en una retórica maniquea, y sobre todo un político que creía que el mundo real responde a las buenas intenciones siempre. La falta de realismo político es un gran defecto, en mi opinión.

Sin embargo uno vale (o debería valer) por lo que es capaz de hacer en sus mejores momentos, y Zapatero contribuyó a hacer una sociedad más decente o, en otras palabras, una en la que la experiencia de la dominación injusta y por consiguiente, frustración y humillación radicales de las instituciones a los ciudadanos fuera un poco menos común.

Gracias por ello. Y enhorabuena a todos los que desde entonces han podido ser lo que son.

miércoles, 17 de junio de 2015

17 de junio de 2015

El día se va agotando lentamente, aunque las nubes hacen de la luz un hogar uniforme. Algunos rayos de sol iluminan las paredes de ladrillo, y las calles se desprenden de los últimos charcos de ayer. Hay una especie de armonía que no aspira a ser admirada, sino a la compañía apacible. Algo así como un perro grande que sabe que pasaros sus mejores días intensos y ahora nos protege con su mirada sabia y su porte calmado. 

La mañana no es así. Cada vez que el despertador del teléfono suena, el aspirante a condenado por cualquier falta que duerme conmigo se levanta para ir al juicio del hoy. Se viste pesadamente, suena alegaciones fútiles bajo la ducha. Desayuna sin ganas y pedalea mecánicamente bajo una luz que no alumbra un camino bajo el asfaltado irregular. Y vuelve a pensar, mi enemigo voraz, que, otra vez, como siempre, ha perdido el alma entre las sábanas arrugadas.





martes, 16 de junio de 2015

El fantasma de las navidades pasadas


Lo que diferencia la revisión de los errores pasados en la literatura (la buena al menos) y la cloaca política española de cada día es  el oculto propósito que un narrador dispone. Scrooge es mejor persona tras la visita del fantasma de las navidades pasadas, Gabriel Conroy sabe que no ha amado y sufre una revelación amarga, pronto será sombra. La catarsis de Aristóteles, repetida en un mismo molde. Una inspección, introspección, contrición, duda, dolor, sentimiento de impotencia y al fin y al cabo, todo lo que significa llegar a ser un ser humano.

Aquí no. Todos se encastillan, entre el sujeto incapaz de pedir disculpas sin reservas por repulsivos comentarios públicos acerca de niñas violadas, víctimas del genocidio y el terrorismo y otros que no sabrían escucharlas y que exigen a los demás unos estándares de pureza que ignoran con los suyos. Todo acaba en un ruido de fondo que envilece lo que toca. No estamos preparados para ser personas. Sólo nos dejan las opciones de ser ángeles o bestias. Y mientras los problemas reales del país son ignorados dada su buena marcha, todo dios se pone a buscar tweets ajenos de hace cuatro años. para la recolección sistemática de rencor que el país necesita para sentirse lleno de energía. 


Hasta la próxima.



martes, 2 de junio de 2015

Las viejas historias





Nuestros mayores nos han dejado su voz con nosotros, para que modulemos la nuestra. No solo madres, abuelos. Los maestros del pasado que lograron llegar hacia nosotros viajando por los meandros del azar. Se abren a nosotros en sus páginas para que los desnudemos y rechacemos, adoptemos o ridiculicemos. Son las reglas del juego. Lo han sido siempre.

Sin embargo, en los momentos de crisis, cuando lo nuevo no sabe nacer y lo viejo no se resiste a morir, las ideas escondidas, los subtextos, las visiones del mundo se modifican. Y el marketing impulsa a comparar, o denegar, a los maestros del pasado por las divinidades de la moda. Por ejemplo, Tolkien.

El viejo Tolkien...que tipo. Creador de una mitología ubérrima, de mitos ancestrales y parábolas perspicaces, sus ficciones son cuestionadas por best sellers que necesitan su nombre y su refutación. El bien y el mal no existen, los antihéroes abundan, el cuerpo rige sobre el espíritu. Y no hay inocencia ni esperanza. Nada muy grave en sí. Pero que se relacionan con el nuevo paradigma sobre la naturaleza humana.

Tolkien, como otros autores de su tiempo, y algunos bastante posteriores, hablaban del héroe de su tiempo, no Aquiles, no los caballeros medievales. Pacíficos hobbits en su campiña idílica, sin querer mezclarse con ningún problema exterior y sin embargo, requeridos por las necesidades de su tiempo, se enfrentan a ellas y tratan de superar sus limitaciones a través de la virtud fundamental, el sacrificio y cumplir una misión en beneficio del mundo. Sabiendo que encontraría pérdida y dolor en el camino.

Que nos dice la cultura popular actual acerca del particular? Que somos mindundis incapaces de esos logros. El ideal del habitante (llamarlo ciudadano sería un exceso) es el del freak que se regodea en sus imperfecciones y las muestra sin pudor, a cambio de exigir que el mundo le devuelva ejemplos de mayores defectos, taras y bajezas que le hagan sentir comprendido. Un mundo de soledad a través del agoísmo y no del heroísmo. Una trama de corrupción moral generalizada donde la presencia del mal es a menudo indistinguible. Todo es cuestión del punto de vista. Una visión del ser humano mucho menos molesta para el poder, cómodo con la expansión del ego y la falta de coraje moral del occidental medio, viviendo rodeado de comodidades magníficas y huérfano de ideales.

No es un mundo para viejos. Sufren la soledad, se arrepienten de sus errores, lidian con los cadáveres dejados atrás. No piden nada. A pesar de todo, nos quieren.

No son tiempos de escuchar al viejo Tolkien, la esperanza de que el bien se impondrá, que será difícil, que tenemos algo valioso dentro. Que hay viajes interiores y por el mundo que nos descubrirán lo que somos. Que la alegría también tiene peligros. Que merece la pena ser valiente. Que a pesar de todo, el Mal existe.

Y a pesar de sus revisionistas, siempre es agradable huir del ojo de Saurón, hacer amigos y combatir en esas tierras, con el rumor de su poesía acompañándonos. Y oír verdades hermosas y desoladas,

Dime, Legolas -continuó-, ¿cómo me he incorporado a esta misión? ¡Yo ni siquiera sabía dónde estaba el peligro mayor! Elrond decía la verdad cuando anunciaba que no podíamos prever lo que encontraríamos en el camino. El peligro que yo temía era el tormento en la oscuridad y eso no me retuvo. Pero si hubiese conocido el peligro de la luz y de la alegría, no hubiese venido. Mi peor herida la he recibido en esta separación, aunque cayera hoy mismo en manos del Señor Oscuro. ¡Ay de Gimli hijo de Glóin!

-¡No! -dijo Legolas- ¡Ay de todos nosotros! Y de todos aquellos que recorran el mundo en los días próximos. Pues tal es el orden de las cosas: encontrar y perder, como le parece a aquel que navega siguiendo el curso de las aguas. Pero te considero una criatura feliz, Gimli hijo de Glóin, pues tú mismo has decidido sufrir esa pérdida, ya que hubieras podido elegir de otro modo. Pero no has olvidado a tus compañeros, y como última recompensa el recuerdo de Lothlórien no se te borrará del corazón y será siempre claro y sin mancha y nunca empalidecerá ni se echará a perder.
-Quizá -dijo Gimli- y gracias por tus palabras. Palabras verdaderas sin duda, pero esos consuelos no me reconfortan. Lo que el corazón desea no son recuerdos.

martes, 26 de mayo de 2015

Aguirre


Laplace excluyó a Dios de su modelo cosmológico porque no era una hipótesis necesaria. En estos días, los partidos políticos españoles parecen aprender de repente que los votos que no les escogen no son votos que hayan de desechar en el vertedero de sus ideales. Confrontados entre el pacto y el aferramiento a unos principios nebulosos a medida que la realidad y los ciudadanos los refrendan o rechazan, nadie parece perder la ocasión de identificarse con un bien supremo metapolítico que, de triunfar, suprimiría el engorroso trámite electoral. Es el discreto encanto del autoritarismo.

Nadie lleva más lejos esta estrategia que la inefable Esperanza Aguirre. Jugando a ser liberal y con el ansia del poder supremo, sabe que necesita ganar para asaltar la cumbre de su partido. Y si no lo hace, arroja el capital del mismo a la cabeza de sus rivales en maniobras insensatas. Porque es alguien desesperado y derrotado, y sabe que sin poder se debilitará como el tiburón que cesa de acechar. Ha buscado cualquier forma de populismo posible, liberal, conservador, tecnológico, clasista. Ha confundido su apocalipsis personal con la defensa de la tradición democrática occidental. Morirá tratando de matar. Y lo hará porque ignora que, en política, como en el fútbol, solo cuenta ganar, pero hay formas y formas de perder. Se desconoce cual es la democracia occidental en la que el candidato derrotado insulta al ganador y a los que le votan. Y ninguno de sus corifeos parece haberle dicho nunca que en la política española está lejos de ser una hipótesis necesaria.


jueves, 30 de abril de 2015

Paul Morphy, o el miedo a la grandeza

Sostiene Enric González que Bobby Fischer de precipitó en la demencia porque padeció el mal irresistible de mirar a los ojos a la perfección. Es posible. Casi un siglo y medio antes, Paul Morphy sufrió un mal quizá aún peor; ser contemplado por el resto de los hombres como la propia perfección. Ajedrez, por supuesto. Donde los aficionados y los malos jugadores vemos un espacio reducido donde las piezas se mantienen cercanas, para los grandes jugadores las diagonales de los alfiles son potencialmente infinitas, los peones construyen y asaltan murallas de matices infinitesimales, y las piezas buscan la armonía que solo una melodía inspirada puede alcanzar. Despojado de sentimentalismos, pero no de belleza, para aquellos que han entrenado su mente en ella, una posición de ajedrez puede ser una experiencia tan abstracta que desemboque en lo místico. Si creen que exagero, intenten asmilar que hay más partidas de ajedrez posible que átomos en el Universo. Y que el azar está desterrado de todas ellas.

Paul Morphy nació en Nueva Orleans, de familia criolla (ascendencia hispana, irlandesa y francesa). 1837. Creció con un don que desdeñaba. Estudió Leyes y mientras tanto derrotaba con inusual facilidad a cada jugador con el que se cruzaba. Aún sin 21 años , edad mínima de entrada en la Universidad, decide medirse a los mejores jugadores europeos. Viaja al café de la Regence en París, a Londres, a Birmingham. Es reconocido como el mejor jugador del mundo..a falta de enfrentarse a Howard Staunton.Temeroso, Staunton incumple pactos, se demora en las respuestas, alega compromisos previos. Morphy desea jugar con un verdadero rival que no encuentra, ofrece peón jugando con negras, ofrece un caballo de ventaja, juega simultáneas...es inútil. Donde el ve combinaciones  majestuosas, sacrificios memorables y movimientos invisibles para el resto, los demás jugadores y sobre todos ellos Staunton, el campeón oficioso del mundo en ese momento, temen que su pasión secreta les niegue su gracia, entregada a un sureño que ve en la obsesión de otros un pasatiempo retador. Cansado, vuelve a su país, trabaja como abogado. Estalla la guerra de Secesión. Al terminar, intenta volver a su trabajo, sin éxito. Su ajedrez lo ha devorado. Y la ingratitud y el miedo de los hombres a admirar el don a quien quiera que se le haya otorgado lo impulsan a abominar del ajedrez, su mayor grandeza, la que nunca quiso. Si Bobby Fischer enloqueció a causa de la búsqueda de la perfección, Morphy enloquece de huida, la de la llamada del talento irremediable y la de aquellos que tienen miedo de ese talento indeseado.Fue infeliz porque fue demasiado lejos, sin ser consciente de ello. Su don lo condujo a esa llanura solitaria que solo ilumina la tormenta.

A sus 30 años comenzó a sufrir su paranoia y delirios persecutorios. Murió bañándose en casa, con 47 años.



Pero siempre hay algo que se deja.


martes, 7 de abril de 2015

Crecer

La economía mundial está condenada. No por una plaga de la cosecha, una guerra letal o una catástrofe cósmica. Por los pecados de sus siervos, queda condenada a no crecer en los próximos tiempos.

Uno apenas ha estudiado un curso de economía política, pero, como el resto ha escuchado entreveradas las claves de los relatos de la felicidad en esta tierra para el homo economicus: la productividad, la inversión, el ahorro, el crecimiento. Con ellas se construyeron las ficciones del cuento de hadas con moraleja severa que nos contaron los dueños de la ficción crediticia (por la que fueron salvados del monstruo de la deuda con el dinero de los irresponsables a los que abroncaban públicamente cada día). Y con ellas se entrelaza el tapiz de los nuevos tiempos, los de la pobreza de experiencia. El ahorro de nuestros padres no sirve para nuestra inversión. La productividad de nuestros abuelos ha sido arrasada en campos bursátiles. Y la moral, el esfuerzo, el consejo se ve desmentido cada día en las portadas, el listo vive del tonto y el tonto de su trabajo, el nuevo cambalache, del nuevo siglo, tan viejo como cualquiera. Los salvadores agitan banderas calculando cuando y donde mostrarlas, ofreciendo un cambio que no existe, porque no es posible salir del cuento, y en cada cuento hay un dolor de pérdida, un cansancio, una duda. El héroe debe solventarlos con sacrificio, y a cambio de una herida por cada victoria. Ignorar la lógica del relato nos presentó triunfadores esbeltos que simplemente habían logrado esquivar el camino recto y estafar al pueblecito humilde que todo cuento que se precie aspira a levantar.

Crecer. No hemos crecido en comprensión de la regla del juego, ni en sabiduría ni compasión. El crecimiento del FMI es una hipertrofia de la voluntad de mercado, que como la voluntad de poder, solo se detiene hasta que una fuerza más poderosa la detiene. Y ese día volverá a llegar, antes o después. Y lo volveremos a lamentar, cegados como estábamos por el resplandor de las cosas que atesorábamos...

Aviados vamos si los ciegos nos guían.