Translate

miércoles, 29 de octubre de 2025

Podría (nec spe nec metu). 29 de noviembre, 2025.

Podría agarrarme a un jirón de cielo

Como a una cometa audaz y sinuosa

Y buscar entre sus alas de nube vaporosa

Un lugar allende el mar y no volver de nuevo.


Podría ser feliz bajo la corriente de las aguas

Sin cesar de recorrer la espalda de las olas,

Amanecer con el silencio de la mar a solas

Y aprender sin temor el temblor de su magia.


Podría sonreír en la oscuridad de la tierra

Telúrico y protegido entre rocas vibrantes

Y dormir mil años prodigios de diamante 

Para despertar brillante con mis nuevas fuerzas.


Podría flotar en galaxias errantes

Ingrávido y solo, despojado del peso

Sin ya más culpa, sin ya remordimiento 

Y sonreír sin velo a las estrellas distantes.


Podría escapar del hastío y la usura

De días tenebrosos que matan despacio 

Con una gota de luz o un silencio extraño

Encendiendo mis ojos a una verdad más pura.


Podría también apagarme en mi danza

Solitaria hasta el fin, de luz desvanecido

En nevadas tierras de borrados caminos,

Convertido en reflejo, sin miedo ni esperanza.




viernes, 24 de octubre de 2025

For the love of a lousy buck, I've watched them die. 24/10/25.

Cuando el mundo era joven todavía, ni la envidia ni la codicia despertaban iras o quebranto. Era aquel un mundo en el que el espíritu dejaba un rastro noble y libre en la forma en que la singularidad se adaptaba a la complejidad. En un orbe tan bello, el dinero era un bien estimado, mas nunca adorado.

Y como ese mundo nunca ha existido y el dominio, el rencor y la mezquindad son parte de la naturaleza humana, nunca el ser humano parece haber sido capaz de elevar su dignidad por encima de la hacienda.

Pero es que hoy vivimos en un panóptico sin privacidad y todos los vicios están a la vista de cualquiera. La fortuna lleva siendo borracha y antojadiza desde que estamos vinculados a la necesidad; quiero decir, desde siempre. Pero quiero creer que existían razones más altas, no siempre, no en todo lugar, pero sí en jardines efímeros. Ojalá hoy aún sean posibles. Uno piensa que la semilla de la corrupción, la decadencia y la avidez son todo lo que existe. La falta de dignidad colectiva con el dinero es sobrecogedora.

Ni entro en "la política", que no es digna de tal nombre, sino partidismo turbio. No quiero escrutar lo que dicen que es un mercado libre y es un bazar tenebroso de colegueos abyectos. Es que nada está iluminado. Me gusta el deporte, como una narración espontánea que nos permite olvidarnos un poco de nosotros. No puedo fingir que me lo crea del todo, cada vez menos. Pero cuando uno ve que sus códigos y su moral son los mismos...(aunque, ¿de qué otra forma podrían ser?) hay una sensación más desoladora que anega el alma de amargura: aquella que nace cuando nos volvemos a convencer de que no hay manera de escapar. Hemos tenido lo de la Operación Puerto, lo de Negreira, lo de la NBA y la Mafia ahora mismo, lo del mundial de Qatar. Yira, yira, que canta el tango...

La noche cae repentinamente, el bullicio se extenderá hasta que los tonos azulados del cielo cierren su telón oscuro. Quienes están solos, lo estarán largo tiempo. La mar oscila silente sobre tierra cansada y los pájaros surcan todos los rumbos acaso en busca de una alborada que no llegará pronto.

"I've seen thousands who could have overcome the darkness / For the love of a lousy buck, I've watched them die..."

Y la voz de Dylan, rasgada como un profeta airado trae en cuatro acordes y la verdad si mensaje robusto: No podemos hacer nada. No sabemos. Pero al final, hasta la pena cesa, hasta el dolor cesa y nunca es demasiado tarde para aprender a decir que no ante el enésimo sugestivo hechizo de la plata. Para saber que aunque la guerra está perdida siempre hay espacio para darse el gusto de ganar una pequeña batalla.




martes, 21 de octubre de 2025

Extrañeza y peso. 21 de octubre.

La extrañeza de la vida, de cualquier vida, de la abstracta existencia, me golpea como una pregunta sin respuesta y con eco interrogativo inacabable.

Elegí la vida anchurosa y sin raíces. Se hace tarde y sólo resta que el tiempo me lleve y desde allí, seguir siendo un extraño a un mundo que no es mío, un cielo que no me protege y un mar que no sonríe ni muestra sus secretos sin fin. Supongo que me perdí; el camino era muy oscuro.

Hay un velo de perplejidad posado sobre las cosas cuando las vemos tal cual son, creo, despojadas de otros disfraces de costumbre, anhelo, temor o reverencia. Sobre mi ventana veo como en una pintura deslavazada grúas, gorriones y gaviotas, muros ocres y una capa de nubes grisáceas. Me evoca la espesura de un sueño y la lucidez exhausta de la agonía. Pasarán siglos y habrá otras ventanas, otros muros, otros hierros y la templanza de las nubes. Quizá exista gente, y esa gente continuará mirando en ocasiones los paisajes; acaso nadie quede para contemplar. En otros soles habrá otros mundos, puede que en algunos alboree la chispa de una conciencia y quien sabe si a veces no sé llenará de asombro pensando que todo lo que ve es nada, como ahora me parece. Es interesante como la realidad es tan dúctil y maleable a un estado de ánimo, o quizá también esto sea una ilusión.

No sé si los solitarios somos más proclives a esta sensación súbita de indiferencia agotada. Habitante de un extranjero perpetuo, perdido el aroma del hogar y con nostalgia irrevocable. Vagabundo contra la multitud, deseando un aislamiento sin fin, allá donde el rumor de la naturaleza o las avenidas vacías ofrecen un alivio al alma: la ilusión de la fuga. Creo que es porque hay una imagen de un mundo propio que nos fue arrebatado, cuando niños o no sé cuándo y ahora vagamos frente a un velo de bruma, como si caminasemos en una playa del norte al atardecer, mientras cae una cortina de lluvia que difumina el horizonte y nosotros miramos y somos siluetas también difusas y todo se llena de pesadez y humo como dentro de un sueño.

Eso es todo. La vida pesa y los días pasan, cada vez hay más noche y el río pasa en silencio una travesía de oscuridad, desaparecido hasta el alba, las luces titilan con gravedad y lentitud y uno nunca se acaba de acostumbrar a una ciudad, sus muros, la angustia y la euforia,sus ecos y latidos, las costumbres aprendidas y las afinidades electivas bajo la inmensa extrañeza de un cielo que no es y nunca será el tuyo.




viernes, 17 de octubre de 2025

Epidemias de soledad. 17 de Octubre de 2025.

Instintivamente detesto a quien da de comer a multitudes de aves en una ciudad. Uno va caminando y de repente se produce un apocalipsis aviar de graznidos y batir de alas frenéticas porque a un paisano se le ha ocurrido comprar pan de molde y repartirlo con toda la bandada en 50 kilómetros a la redonda para sentirse querido.

Cada vez que ocurre, tras la rabia inicial, llego a esa parte y me arrepiento de mi crueldad. Con la gente; a las gaviotas y a las palomas las diezmaría como un Alejandro Magno avícola, si pudiese. Pero ellas tampoco tienen la culpa de su instinto ni de la soledad que asola esta ciudad, todas, la nube negra del desamparo que abate a los héroes cansados.

El eco de los incontables pasos no despierta al silencio. Girando en el túnel blindado, helados entre pantallas voraces deambulan siluetas huecas. Muros sin alma, edificios sin historia tras los que ya no se esconde el cielo. Los susurros confusos forman una Babel invisible donde pasan almas heridas que no pueden ver a las otras y van a romper a la noche, como olas derrotadas. El pulso agónico del tráfico mueve cáscaras de nuez. Las ventanas ofrecen su oscuridad y hay neones que deslumbran para cegar. El rito de la indiferencia es procaz y sardónico: alcanzamos el bienestar más alto nunca visto para descubrir que nuestra ausencia no dejará ninguna sombra en el callejón del tiempo, donde gotean tubos gigantes y hay puertas metálicas que nadie pudo abrir, frente a las que duermen cuerpos deshojados

Y siento piedad, una piedad insomne por aquellas almas exiliadas que esperaron una mano que los alzase junto a muros impasibles. La enfermedad del alma no se curará con ruido, ni drogas, ni alcohol, los paraísos artificiales o la masa, mientras contemplan el reflejo frío de sus rostros en los escaparates y las ventanas de coches mientras cae sobre ellos la pálida nieve. El olvido caerá sobre su agonía, como ahora cae sobre súplicas a un trono vacío. 

Y me reconozco y sé que iré a su encuentro, después de que mis alas sean solo inútiles aspas que agitan el aire y en la muchedumbre informe perderé mi propio cuerpo. No desearé recordar, por no avivar el dolor. No querré regresar, puesto que todo es triste al volver. Sí, sin duda: será imprescindible olvidar mi olvido. Quisiera poder abrazar y perderme, pero temo que mi única hermandad es la de los solitarios...

Y todo esto traspasa la mente en imágenes fugaces, mientras los pájaros pelean por su pan para vivir otro día, mientras dejo mi estela de ceniza entre los escombros de mi vida. Habrá más amaneceres grises y más abandono. Y habrá gente lidiando en medio de las epidemias de soledad, consagrando los jirones de alma al recuerdo, a la noche, a sentir que otro ser las necesita, incluso las palomas ingratas que se irán volando; acaso ellas también están desoladas y no encuentran una salida. Y entonces, deseo saber salir de mi espiral y encontrar un cielo, ver las estrellas y poder sorber un silencio amable, aquél en el que el sirviente se ve libre de un amo tornadizo y perverso y encuentra un camino secreto entre las constelaciones para volver a casa.




sábado, 11 de octubre de 2025

La muerte de cualquiera. 11 de Octubre.

Ayer leí una novela corta fantástica, "La muerte de Ivan Ilich". Es impresionante la capacidad de Tolstói para abarcar tanta humanidad en pinceladas sutiles. El nudo de las impresiones y las incomprensiones humanas, del rencor al candor, están en sus páginas, al igual que en la confusión de la vida, de calles sin nombre que son las tuyas, de ojos sin brillo que son los míos, de ambición y temor, de nosotros, de la condición humana. Es al tiempo una prodigiosa reflexión acerca de la inmensa soledad que nos acompaña siempre.

Hay una frase que he resaltado para volver a ella: "Era como si bajase una cuesta a paso regular mientras pensaba que la subía. Y así fue, en realidad. Iba subiendo en la opinión de los demás, mientras la vida se escapaba bajo los pies...". Y pienso al leer y releer que tenemos ante nosotros un campo de hierba fresca bajo nuestros pies y lo perdemos contemplando horizontes brumosos en busca de algo que no sabemos nombrar y nunca llega. No es fácil descubrir dónde está la verdadera vida mientras vamos viviendo. Supongo que antes del fin, podemos entender que cada uno tuvo su propio camino y, con suerte, fue bueno.

Nada se pierde. Vivimos lo que podemos y lo que deseamos cuando el azar no se opone, vemos, narramos, sentimos y olvidamos en un torbellino de pasiones tristes, coléricas, agradables o turbias. Porque nada nos puede ser negado, podemos alcanzar a contemplarlo todo. Pero es difícil contemplar todo, el tiempo perdido, la usura del día, los caminos que quedaron atrás sin ser hollados, la costumbre que es en ocasiones un espejo implacable del que no podemos escapar. También está el dolor de construir arduamente nuestra propia imagen para tratar de soportarlo y al cabo verla deshecha o herida, por lo que nos hacen y por lo que nos hacemos.

Todo ello me parece cierto, sin duda. Y a la vez, no creo que importe demasiado. Bajamos la ladera poco a poco, arrostramos penas, sorteamos peligros (si somos afortunados), deseamos dejar un rastro lo más luminoso que podamos y rogamos por que cada día nos siga ofreciendo dones. Olvidamos ahora, pero acaso llegue el día en que todo tenga de nuevo un sentido. Entonces, de cada remordimiento y amarguras, de cada euforia y coraje, una figura única se alzará ante los ojos y podremos decir que ese y así fue nuestro tiempo en la tierra y fue bueno. La muerte de cualquiera es la muerte de un mundo. Pero es la vida la que debe hablar y dar testimonio, no el recuerdo lejano.

Esta noche, las luces bailan en el agua del río, hay rumores en la calle y un ruido mecánico repta entre edificios. Las nubes cierran la noche y los autobuses fatigan la ciudad cansados. La agonía de la ciudad me perturba, buscando otro lugar, queriendo olvidarme de mí, bajando la cuesta hacia la nada sin apenas nada que dar, pero deseando ser capaz de entregarlo todo.




jueves, 2 de octubre de 2025

Breve teología. Dos de octubre, 2025.

En el alba primordial del No-Tiempo, cuando ni la noche poseía estrellas ni la luz extendía retazos de sombra, existía solo un vacío sin bordes o fronteras, el hueco de un impulso imposible. En su corazón, latiendo en un silencio absoluto, dormía toda Esencia. No existía más que una nada conteniendo lo que no era tiempo, ni espacio, ni vacío ni forma.

La Esencia no era sino la potencialidad de todas las cosas. Un océano de quietud infinita, sin orillas ni fondo. El futuro, el presente y el pasado se fundían en ella en un solo aliento, como aún hacen aunque nosotros, sus lejanos hijos, no somos capaces de comprender su prestidigitación. No pensaba, pues no había intelecto. No sentía, pues no había sensación. Desprovista de forma o nombre, inmanente e inasible. Era un rumor de fuente en una noche eterna, el caos de la oscuridad sin horizonte.

En su inmensidad, contenía un impulso, una resonancia inaudible. No era voluntad: la voluntad necesita un "yo" para manifestarse. Era necesidad intrínseca de ser, de desbordarse, de conocer su propia plenitud rompiendo todo límite. 

De pronto, un acto sin acción, un despertar sin durmiente. La Esencia se reconoció en su propia inmensidad y, en ese instante, nació el Ser, el Ser abstracto, ensimismado. No fue creado; fue la Esencia misma quien se dio forma, nombre y propósito. Haciéndolo, expandió las ondas del mar de la vida en una causa de causas de causas sin fin. Como un silencio sagrado que de alguna manera anhela la sinfonía que puede albergar, la Entidad primera se afirmaba a sí misma.

El Ser, ya consciente, se miró a sí mismo y comprendió que no había origen fuera de su propio acto. Se vio como un vasto océano de luz y sonido, pero la luz y el sonido eran él mismo. Se vio como un pensamiento que se pensaba a sí mismo en una danza eterna.

Y en ese acto de auto-contemplación, la Esencia  se fragmentó, no por división, sino por un desbordamiento de su propia plenitud. Cada partícula, cada galaxia, cada criatura viviente, entonces, mañana , en el fin, ahora, eran, son, ecos y reflejos pálidos, una minúscula expresión de la Esencia que se había afirmado a sí misma con gloria contra el silencio.

Cuando las primeras preguntas fueron pronunciadas: "¿Quién creó al Creador?", la respuesta aleteaba en el susurro del viento y en el brillo de las estrellas:

"No fui creado. Simplemente Soy. La Esencia se manifestó a sí misma, y en ese acto, me convertí en la totalidad que contempla su propio milagro. No existe antes, pues yo soy el Principio. No existe una causa, pues yo soy la Causa incausada. Me creé a mí mismo al despertar y conmigo hice lo que existirá siempre."

Con el primer destello del alba, y el suspiro carmesí de la flor, con el silencio de la escarcha, el Ser prosigue con su Génesis perpetua, en un acto sin fin de autoafirmación radiante y nueva, de existencia que se proclama evidente. En cada partícula de tiempo que se hilvana en todas las visiones y más allá de toda comprensión, de la breve vida y la conciencia sin fin, se manifiesta el arcano despliegue de lo que no puede nombrarse sin error, la realidad sin nombre que no fue creada y que en sus brazos lo contiene todo.

Y en cada instante mínimo e indivisible, ella, él, todo vuelve a nacer, y tú naces con ella.