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martes, 21 de octubre de 2025

Extrañeza y peso. 21 de octubre.

La extrañeza de la vida, de cualquier vida, de la abstracta existencia, me golpea como una pregunta sin respuesta y con eco interrogativo inacabable.

Elegí la vida anchurosa y sin raíces. Se hace tarde y sólo resta que el tiempo me lleve y desde allí, seguir siendo un extraño a un mundo que no es mío, un cielo que no me protege y un mar que no sonríe ni muestra sus secretos sin fin. Supongo que me perdí; el camino era muy oscuro.

Hay un velo de perplejidad posado sobre las cosas cuando las vemos tal cual son, creo, despojadas de otros disfraces de costumbre, anhelo, temor o reverencia. Sobre mi ventana veo como en una pintura deslavazada grúas, gorriones y gaviotas, muros ocres y una capa de nubes grisáceas. Me evoca la espesura de un sueño y la lucidez exhausta de la agonía. Pasarán siglos y habrá otras ventanas, otros muros, otros hierros y la templanza de las nubes. Quizá exista gente, y esa gente continuará mirando en ocasiones los paisajes; acaso nadie quede para contemplar. En otros soles habrá otros mundos, puede que en algunos alboree la chispa de una conciencia y quien sabe si a veces no sé llenará de asombro pensando que todo lo que ve es nada, como ahora me parece. Es interesante como la realidad es tan dúctil y maleable a un estado de ánimo, o quizá también esto sea una ilusión.

No sé si los solitarios somos más proclives a esta sensación súbita de indiferencia agotada. Habitante de un extranjero perpetuo, perdido el aroma del hogar y con nostalgia irrevocable. Vagabundo contra la multitud, deseando un aislamiento sin fin, allá donde el rumor de la naturaleza o las avenidas vacías ofrecen un alivio al alma: la ilusión de la fuga. Creo que es porque hay una imagen de un mundo propio que nos fue arrebatado, cuando niños o no sé cuándo y ahora vagamos frente a un velo de bruma, como si caminasemos en una playa del norte al atardecer, mientras cae una cortina de lluvia que difumina el horizonte y nosotros miramos y somos siluetas también difusas y todo se llena de pesadez y humo como dentro de un sueño.

Eso es todo. La vida pesa y los días pasan, cada vez hay más noche y el río pasa en silencio una travesía de oscuridad, desaparecido hasta el alba, las luces titilan con gravedad y lentitud y uno nunca se acaba de acostumbrar a una ciudad, sus muros, la angustia y la euforia,sus ecos y latidos, las costumbres aprendidas y las afinidades electivas bajo la inmensa extrañeza de un cielo que no es y nunca será el tuyo.




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