Instintivamente detesto a quien da de comer a multitudes de aves en una ciudad. Uno va caminando y de repente se produce un apocalipsis aviar de graznidos y batir de alas frenéticas porque a un paisano se le ha ocurrido comprar pan de molde y repartirlo con toda la bandada en 50 kilómetros a la redonda para sentirse querido.
Cada vez que ocurre, tras la rabia inicial, llego a esa parte y me arrepiento de mi crueldad. Con la gente; a las gaviotas y a las palomas las diezmaría como un Alejandro Magno avícola, si pudiese. Pero ellas tampoco tienen la culpa de su instinto ni de la soledad que asola esta ciudad, todas, la nube negra del desamparo que abate a los héroes cansados.
El eco de los incontables pasos no despierta al silencio. Girando en el túnel blindado, helados entre pantallas voraces deambulan siluetas huecas. Muros sin alma, edificios sin historia tras los que ya no se esconde el cielo. Los susurros confusos forman una Babel invisible donde pasan almas heridas que no pueden ver a las otras y van a romper a la noche, como olas derrotadas. El pulso agónico del tráfico mueve cáscaras de nuez. Las ventanas ofrecen su oscuridad y hay neones que deslumbran para cegar. El rito de la indiferencia es procaz y sardónico: alcanzamos el bienestar más alto nunca visto para descubrir que nuestra ausencia no dejará ninguna sombra en el callejón del tiempo, donde gotean tubos gigantes y hay puertas metálicas que nadie pudo abrir, frente a las que duermen cuerpos deshojados
Y siento piedad, una piedad insomne por aquellas almas exiliadas que esperaron una mano que los alzase junto a muros impasibles. La enfermedad del alma no se curará con ruido, ni drogas, ni alcohol, los paraísos artificiales o la masa, mientras contemplan el reflejo frío de sus rostros en los escaparates y las ventanas de coches mientras cae sobre ellos la pálida nieve. El olvido caerá sobre su agonía, como ahora cae sobre súplicas a un trono vacío.
Y me reconozco y sé que iré a su encuentro, después de que mis alas sean solo inútiles aspas que agitan el aire y en la muchedumbre informe perderé mi propio cuerpo. No desearé recordar, por no avivar el dolor. No querré regresar, puesto que todo es triste al volver. Sí, sin duda: será imprescindible olvidar mi olvido. Quisiera poder abrazar y perderme, pero temo que mi única hermandad es la de los solitarios...
Y todo esto traspasa la mente en imágenes fugaces, mientras los pájaros pelean por su pan para vivir otro día, mientras dejo mi estela de ceniza entre los escombros de mi vida. Habrá más amaneceres grises y más abandono. Y habrá gente lidiando en medio de las epidemias de soledad, consagrando los jirones de alma al recuerdo, a la noche, a sentir que otro ser las necesita, incluso las palomas ingratas que se irán volando; acaso ellas también están desoladas y no encuentran una salida. Y entonces, deseo saber salir de mi espiral y encontrar un cielo, ver las estrellas y poder sorber un silencio amable, aquél en el que el sirviente se ve libre de un amo tornadizo y perverso y encuentra un camino secreto entre las constelaciones para volver a casa.

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