Cansado de un Edén sin extrañezas ni diferencias, Adán separó el árbol de la ciencia del de la vida para conjeturar que la esencia no puede ser conocida. Siempre habrá un reflejo oscuro inaprensible. Mientras los frutos maduraban, una quiebra en la conciencia se agrandó hasta enemistar a sus adeptos, recién nacidos de la misma savia. Dios y Lucifer, emanados del mismo río nocturno, peleaban por alcanzar la espalda contraria donde el reflejo del otro anidaba en un principio. Lo real se hizo dúo, y Adán terminó expulsado por Dios al haber probado el fruto del árbol de la ciencia, y si el destino hubiese provisto las circunstancias con otro azar, hubiera acabado expulsado por Lucifer por haber osado saborear los frutos del árbol de la vida.
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viernes, 4 de marzo de 2016
jueves, 3 de marzo de 2016
La virtud cívica y la muerte del Mandarín. 3 de marzo.
"Únicamente sabe bien el pan que día a día ganan nuestras manos. Nunca mates al mandarín”
Hemos vivido en B. Trampeando facturas. Aplaudiendo a los delanteros que engañan al árbitro. Diciendo que todos son iguales.Explicando todo recurriendo a una picaresca que pocos han leído.Ignorando las trampas mientras no nos afectasen directamente y sintiendo el deseo de matar al mandarín.
"Matar al mandarín" es una expresión portuguesa que significa llevar a cabo alguna deshonestidad que nadie sabrá y sacar un beneficio. O eso leí en el prólogo del estupendo relato corto de Eça de Queiroz, llamado precisamente "El mandarín". Y ese es el tema: la comunidad política se asienta y fortalece en la virtud cívica de la ciudadanía, no en la probidad de los gobernantes. Estamos demasiado apegados a la figura de los líderes carismáticos para recordarlo. Bastaría no pasar ni una al venal, el corrupto, el demagogo. Mientras la masa votante se aferre irracionalmente a sus siglas y crea lo que ha decidido creer, no habrá sitio para los honrados. Y el saqueo por el botín del erario público dependerá de las oportunidades para hacerlo y no de la intención espuria.
«En la lejana China existe un mandarín inmensamente rico. Nada sabes de él, ni de su nombre, ni de su rostro, ni de la seda con que se viste. Para heredar sus inagotables riquezas basta con que toques esa campanilla que está a tu lado sobre un libro. El mandarín tan sólo exhalará un suspiro en los confines de Mongolia. Al momento será un cadáver. Y tú verás a tus pies más oro del que puedes soñar. Tú, que estás leyendo esto y eres hombre mortal, ¿tocarás la campanilla?»
Hemos vivido en B. Trampeando facturas. Aplaudiendo a los delanteros que engañan al árbitro. Diciendo que todos son iguales.Explicando todo recurriendo a una picaresca que pocos han leído.Ignorando las trampas mientras no nos afectasen directamente y sintiendo el deseo de matar al mandarín.
"Matar al mandarín" es una expresión portuguesa que significa llevar a cabo alguna deshonestidad que nadie sabrá y sacar un beneficio. O eso leí en el prólogo del estupendo relato corto de Eça de Queiroz, llamado precisamente "El mandarín". Y ese es el tema: la comunidad política se asienta y fortalece en la virtud cívica de la ciudadanía, no en la probidad de los gobernantes. Estamos demasiado apegados a la figura de los líderes carismáticos para recordarlo. Bastaría no pasar ni una al venal, el corrupto, el demagogo. Mientras la masa votante se aferre irracionalmente a sus siglas y crea lo que ha decidido creer, no habrá sitio para los honrados. Y el saqueo por el botín del erario público dependerá de las oportunidades para hacerlo y no de la intención espuria.
lunes, 29 de febrero de 2016
Los espejos de la vanidad y la materia oscura
En la vida parece ser más arduo merecer un éxito que lograrlo. A distintas escalas, se diría que todos requerimos un reconocimiento para poder seguir adelante. Se ha investigado el cotilleo como base social de la comunidad, estrechamiento de lazos y conocimiento de la posición de cada uno en la comunidad. Todo esto es muy comprensible. También lo es el afán de sentirse valorado.
No obstante, la línea que separa la satisfacción del vacío tiene el grosor de la distancia entre la esencia y la apariencia. Cuando John Wooden definió el éxito como “la paz interior alcanzada solo a través de la autosatisfacción de saber que hiciste el esfuerzo de hacer lo mejor de lo que eres capaz” creo que apelaba a esa verdad que uno mismo no puede negarse sin hacerse violencia a sí mismo. El resto es solo una sobredosis de opinión, endémica del mundo hoy, como si para formularla no hiciera falta más que una ocurrencia repentina.La asfixiante superioridad del sujeto opinante sobre el hecho opinado.
Pensaba en esto leyendo sobre los Oscars. Que cuando uno hace una película quiere que guste a la gente es una obviedad. Tener un mejorómetro para elaborar rankings y evaluaciones de cualquier tipo es una manera tonta de perder el tiempo. Y si hablamos de arte, es mejor bajarse en la próxima estación. Tu trabajo no será mejor porque alguien cree un premio para estimular competición, drama y ambiciones. Y por supuesto, ventas. Ese objetivo es entendible. Que el marketing devore la emoción, no. Supongo que la deportivización de cualquier manifestación social tiene estos subproductos; no parece haber nada ajeno a las tablas clasificatorias. Y los puestos bajos son fuente de oprobio y rechazo, aunque eso ignore motivos, intenciones y audacias.
En fin, es el mundo. Quiero creer que hay otro. Con menos trajes, espejos, pajaritas y maquillaje y la labor oscura y silenciosa que algún día recibirá el crédito merecido. Una tarde de agosto templado y sereno que trabaja el hoy. Un lugar donde el tedio no fagotice esa labor humilde que con esperanza se labra un cielo,
domingo, 28 de febrero de 2016
La casa fría.
When you go, to turn down the light
No one's here to hold you in the night
I'll keep running
To the place where I belong
James Bay, "Running"
Leve luz susurra desde la lámpara muda y la mesa es pródiga en sobras y papeles, envoltorios y migajas. Yacen como retazos malgastados y mal usados, que he colocado sin orden, como he malgastado la vida. La chimenea duerme con bolsas de carbón cual almohadas. La tele parlotea y cansa. Las revistas ocupan demasiado espacio. Me autocompadezco de estar sentado y de la desgracia de tener que ser yo.
La casa está fría. Pueblo su soledad con remordimientos, mi incapacidad de perdón, la cosecha amarga de la soledad impuesta. Alpinista de días, observo desde sus cumbres heladas un páramo que no detiene el curso de las cosas, la usura de los días, el desgaste, mi cuerpo yendo a menos. Pienso en mí como si tuviera algo que ofrecer y digno de ser escuchado. Veo el tenedor sucio en el fregadero para olvidarlo y aprender la sumisión a la insignificancia. Todos nos creemos tan especiales que negamos lo especial que vemos en los otros. Al menos me consagro un desprecio sin demasiadas estridencias y me hundo sin tratar de salpicar a nadie.
La casa está fría. Nadie dijo que fuera fácil, sin embargo. Los fantasmas del armario me lo recuerdan, nunca volverás a regiones má transparentes o salones más cálidos. Fui creado para crearlos y verlos en cada cosa. Intento que los ojos no me delaten, salgo a la vida y, con frivolidad fingida, sigo buscando las miguitas que marquen un camino a casa, un lugar en el mundo. Allá donde hay una lumbre que seca los huesos y las sábanas recogen la brisa de las montañas y la caricia de las horas.
Only stars are guiding me back
I'll keep running
To the place where I belong
When you think you're on your own
I'm still coming home...
jueves, 25 de febrero de 2016
Supermercados y deriva.25 de febrero de 2016.
El mundo ha devenido en un supermercado y el ciudadano del ágora en el consumidor del centro comercial. No es novedoso. Y sin embargo, no se acostumbra uno a caminar las calles desiertas para encontrar populosidad en pasillos que conectan tiendas que ofrecen gangas que prometen placeres que alejan incertidumbres que permiten no pensar demasiado. Supongo que es inútil observar las resonancias siniestras de los caminos prefijados de Ikea, o el consumo vacuo de experiencias que parecemos necesitar para llenar nuestra vida de un sentido que no llega.
En La corrosión del carácter, Richard Sennett reflexiona sobre esta nueva dinámica de forma aguda. El propio título define esa corrosión de la inmediatez, la inestabilidad, el riesgo y la amenaza y conciencia de nuestra falta de individualidad; sentir que no somos nadie, nadie diferente a los otros. Es el mismo enemigo de ayer, la Historia, que mira indiferente el devenir de sus hijos. Una deriva formada de restos del naufragio que se acoplan de forma procaz sobre un remolino que sumerge lo que desea y regurgita al azar sus despojos de nuevo. Resonancias sardónicas. Las primeras fábricas organizaban su labor de tal manera que sus trabajadores vivían en sus instalaciones, perdiendo su autonomía en su jornal. Las basílicas eran mercados antes de que los cristianos las convirtieran en sus templos. Quizá hubo un momento en el que fue posible huir. Hoy, los conceptos y las abstracciones estrangulan. Y para olvidarlo, consumimos, sobreconsumimos, hiperconsumimos, y pasamos miedo. No habrá descanso para los inadaptados. Y adaptarse requiere una disposición inhumana. Pero los náufragos vagamos por los escaparates, primates en paraísos artificiales. Afuera de la tienda y de las oficinas, reina un sol de febrero sobre las tapias descarnadas y gatos tiesos de hombros se agitan en una brisa molesta que a nadie despeina. Creo que van pensando lo mismo que las familias de ojos cansados que me cruzo con las bolsas pesadas de la compra, ¿por qué no nos rebelamos?
Estas visiones de la narrativa, a veces llamadas “posmodernas”, reflejan, en efecto, la experiencia del tiempo en la moderna economía política. Un yo maleable, un collage de fragmentos que no cesa de devenir, siempre abierto a nuevas experiencias; éstas son precisamente las condiciones psicológicas apropiadas para la experiencia de trabajo a corto plazo, las instituciones flexibles y el riesgo constante.
Richard Sennett, "La corrosión del carácter"
En La corrosión del carácter, Richard Sennett reflexiona sobre esta nueva dinámica de forma aguda. El propio título define esa corrosión de la inmediatez, la inestabilidad, el riesgo y la amenaza y conciencia de nuestra falta de individualidad; sentir que no somos nadie, nadie diferente a los otros. Es el mismo enemigo de ayer, la Historia, que mira indiferente el devenir de sus hijos. Una deriva formada de restos del naufragio que se acoplan de forma procaz sobre un remolino que sumerge lo que desea y regurgita al azar sus despojos de nuevo. Resonancias sardónicas. Las primeras fábricas organizaban su labor de tal manera que sus trabajadores vivían en sus instalaciones, perdiendo su autonomía en su jornal. Las basílicas eran mercados antes de que los cristianos las convirtieran en sus templos. Quizá hubo un momento en el que fue posible huir. Hoy, los conceptos y las abstracciones estrangulan. Y para olvidarlo, consumimos, sobreconsumimos, hiperconsumimos, y pasamos miedo. No habrá descanso para los inadaptados. Y adaptarse requiere una disposición inhumana. Pero los náufragos vagamos por los escaparates, primates en paraísos artificiales. Afuera de la tienda y de las oficinas, reina un sol de febrero sobre las tapias descarnadas y gatos tiesos de hombros se agitan en una brisa molesta que a nadie despeina. Creo que van pensando lo mismo que las familias de ojos cansados que me cruzo con las bolsas pesadas de la compra, ¿por qué no nos rebelamos?
Estas visiones de la narrativa, a veces llamadas “posmodernas”, reflejan, en efecto, la experiencia del tiempo en la moderna economía política. Un yo maleable, un collage de fragmentos que no cesa de devenir, siempre abierto a nuevas experiencias; éstas son precisamente las condiciones psicológicas apropiadas para la experiencia de trabajo a corto plazo, las instituciones flexibles y el riesgo constante.
Richard Sennett, "La corrosión del carácter"
miércoles, 24 de febrero de 2016
24 de febrero de 2016.
Y la sensación que había experimentado otras veces se apoderó de él; aquella peculiar sensación, como soñada y también como de pesadilla de que todo se mueve y no se mueve nada, de cambiante permanencia que no es sino un constante volver a empezar y una vertiginosa monotonía; una sensación que ya le era conocida de otras veces y cuya repetición había esperado y deseado; en parte se debía a este deseo el que hubiera pedido que le mostrasen aquella pieza que pasaba de generación en generación sin que el tiempo pasase por ella.
Thomas Mann
Esta mañana hacía 4 grados bajo cero a la hora de ir al trabajo. La hora de presentarse en la fábrica tiene su propio rito; aceptamos despojarnos del ocio y entregar las manos a otros ecos ajenos y que nos suenan a mercancía gastada. El frío es la sensación de que tu cuerpo no se mueve, un bloque de tiempo inenarrable contra el que chocamos como olas agitadas y vanas. El frío que cala los huesos y colorea el vaho despierta y mueve. Bajo la ducha caigo desde alturas imperiales en las que una vez creí que estaría. Su torrente cálido me llama a su lado, a olvidarme de lo que venga. Pero las horas mandan, y el día se presenta como un folio en blanco que es en realidad un panel de mármol en el que nada puedo escribir sino deshojar mis uñas,
A las 8 de la mañana un sol de invierno hace promesas que incumple. Y la cháchara de la escarcha y la sal anticipan la falta de movimiento de otro día ajado, del que de nuevo hemos sido vedados a compartir su zumo.
La noche cierra sus páginas con azul de metal. Y el leal radiador arrulla como si fuera un ángel protector. Las campanas de la catedral erosionan la hora, y todo vuelve a empezar, como corrientes de los ríos invisibles que nos llevan.
Thomas Mann
Esta mañana hacía 4 grados bajo cero a la hora de ir al trabajo. La hora de presentarse en la fábrica tiene su propio rito; aceptamos despojarnos del ocio y entregar las manos a otros ecos ajenos y que nos suenan a mercancía gastada. El frío es la sensación de que tu cuerpo no se mueve, un bloque de tiempo inenarrable contra el que chocamos como olas agitadas y vanas. El frío que cala los huesos y colorea el vaho despierta y mueve. Bajo la ducha caigo desde alturas imperiales en las que una vez creí que estaría. Su torrente cálido me llama a su lado, a olvidarme de lo que venga. Pero las horas mandan, y el día se presenta como un folio en blanco que es en realidad un panel de mármol en el que nada puedo escribir sino deshojar mis uñas,
A las 8 de la mañana un sol de invierno hace promesas que incumple. Y la cháchara de la escarcha y la sal anticipan la falta de movimiento de otro día ajado, del que de nuevo hemos sido vedados a compartir su zumo.
La noche cierra sus páginas con azul de metal. Y el leal radiador arrulla como si fuera un ángel protector. Las campanas de la catedral erosionan la hora, y todo vuelve a empezar, como corrientes de los ríos invisibles que nos llevan.
martes, 23 de febrero de 2016
Veintitres efe. Mil novecientos ochenta y uno. Principio de realidad y licencias narrativas.
"La verdad es lo que todo ser humano necesita para vivir y, sin embargo, no puede recibir o conseguir de nadie.Todo ser humano tiene que producirla una y otra vez desde su interior, si no perece.La vida sin verdad es imposible.La verdad es tal vez la vida misma"
Franz Kafka
Imaginad
Praga (siempre es un buen principio). La lluvia lame los cristales y
un agente de seguros escribe "hay que vivir en la verdad". Años
más tarde, hombres extasiados por un estúpido gozo, tratan de
voltear un camino impreciso en un país triste y temeroso. Y como la
comedia es tragedia más tiempo, con el paso de los años, alguien
quiere deconstruir la historia y reflexionar sobre el medios y el mensaje, incredulidades e ingenuidades. Por añadir algo
más a este contexto desdibujado, se podría rescatar del azaroso
siglo que algunas ficciones (los Protocolos de los sabios de Sión) llevan a espantosas realidades, como el
mayor genocidio de la historia, y algunas realidades oficiales son
cuestionadas por teorías de la conspiración. Sirva como preámbulo
algo engolado de esta entrada, añadiendo que vivimos en un mundo en
el que internet nos permite conocer con profusión lo que opina
cualquier idiota (como servidor).
Vi hace meses el falso documental acerca del 23F. Movido por el revuelo
suscitado (a pesar de que no me guste Jordi Évole ni sus blandas homilías laicas), me acerqué a él con suspicacia: la manipulación suele
consistir en omisiones, forzados ángulos de visión. Si dos personas
pactan darme una información falsa con propósitos pecuniarios,
legales o de entretenimiento, están conspirando, simulando o
fingiendo, pero no manipulan la información: inventan una realidad.
Es posible que ciertas veces las ficciones contengan una verdad más
profunda que el devenir rutinario (ya el viejo Aristóteles hablaba
de ello, y Cervantes quiso jugar, creando un género). Pero las palabras importan, y ya que el objetivo declarado es reflexionar
sobre la manipulación y la parcialidad de la información que
recibimos a diario, conviene separar. Es diferente desdibujar una
realidad conflictiva, añadiendo matices y limando aristas para
presentarla bajo la luz de nuestro interés que crear una ficción y
presentarla como una realidad ocultada. Entre otras cosas, porque esta
vez presupone el pacto de periodistas y políticos que, al menos
fuera de España deben vérselas con la realidad para contarla y
cambiarla. Es eliminar el conflicto de subjetividades del que surge
el acuerdo acerca de los límites que se excluyen de la visión
racional de un asunto y cambiar la polis por el teatro. Puede ser
divertido (yo me he reído bastantes veces, sobre todo con Ansón y
sus recurrentes fantasías, aunque no se tratara de eso), pero es
dudoso que una democracia se fortalezca en la desconfianza gratuita
en lugar de la crítica temperada.
Creo que es malicioso. Cualquier versión oficial deja resquicios que pueden crear
dudas. Para resolverlos hace falta veracidad y honradez, no
imaginación. Si había finalidad tras su emisión, no lo sé. Puedo imaginar
como lo vivió una ciudadanía que imagino agotada y con esperanza frágil,
temiendo una vuelta atrás a un pasado que muchos preferían al caos
de la libertad. Imagino ese país y resulta imposible simpatizar con
la idea de que es bueno usar su miedo para dar impresión de
veracidad y consolar a las personas que sintieron temor con una
farsa. Es un recurso barato y deshonesto para ganar audiencia y
relevancia. Y que frustra, no por la imagen de los medios, la
política y la historia oficial, sino por la imagen que devuelve el
espejo. Hombres y mujeres hastiados, extranjeros de si mismos,
viviendo una vida alienada, sintiendo el peso de los días y el
tedio, y que no queremos vivir en la verdad, sino sentir el mediocre
confort de la diversión. Que es, en una de sus acepciones, la "acción de desviar la atención"
Y no me
parece que como la pide el vulgo, haya que hablarle en gracioso para
darle gusto...siempre. Ni culpar a los demás de las fallas de hoy. Puedo imaginar muchos fallos de la generación que llevó a cabo la transición. La deslealtad no está entre ellas. Presentarla como un juego de trileros que buscaba perjudicar a un ente impreciso que tiene el derecho histórico de resarcirse es plantear un cuento para dormir asustados niños. No es el único: la generación plena de talento forzada a la emigración, la culpa y la queja por lo que otros han hecho, a veces en el remoto pasado, la consagración de la utopía como una piedra miliar que marca un supuesto sentido de la Historia...
En fin. Principios de realidad abatidos por fantasías pueriles que una ciudadanía idiotizada necesita para conjurar su vacío. Ejes valorativos transmutados de morales en joviales; el eje que divide un acto no es el bien/mal, sino el divertido/aburrido. Una creencia vital abierta a cualquier opinión sobrecargada de datos a través de una red de caudal infinito y fuentes precarias. Y tras una cortina espesa de lluvia, el presente continuo del pasado: un pequeño oficinista judío sintiendo que el mundo de verdad que buscaba estaba traspasado por ficciones sin fin. Recoge su sombrero y su maletín, y volviendo a casa, trata de recordar detalles de la pesadilla de la pasada noche, aquella en la que se había convertido en un repugnante insecto. Y ni siquiera así, decide. No debo permitirlo. No voy a volver la cara a la espantosa verdad que ese sueño me ha mostrado. Gloria a Kafka, gloria inmensa a él y a todos los que aún no se han rendido.
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