Allí tampoco fue el sitio. Las cancelas oxidadas cedieron con un suave crujido, pero la trampilla detrás de la casa ya había sido desarbolada y los estantes solo goteaban una miel viscosa de un frasco roto. Los peldaños de madera estaban trizados, quizá alguien se había precipitado en el refugio y trato de impedir la huida del propietario. Si es que en estos tiempos la propiedad significa algo. Acometemos a otros, aterramos vidas ajenas, nos quedamos con lo que nos place si no hay alguien más fuerte. El silencio está preñado de susurros fieros y la tensión nos mantiene agazapados, esperando cualquier estallido. Esos arbustos pueden esconder el cuerpo de alguien con quien tratamos. Vivo o muerto, que más da. La vida es un estado simplificado y efímero. Por las noches nos escondemos y tratamos de guardar nuestras espaldas.
No hace mucho tiempo, había quien trató de apañárselas solo. Baldío testimonio. La jauría vence. Nos movemos como bandadas de mal agüero, tratando de sobrevivir en el éxtasis de la destrucción. Supongo que es cierto que todos acabamos con lo que amamos, pero lo contrario es aún más cierto; somos fulminados por lo que deseamos. Puedo imaginar mi final, bajo un sol inclemente. Las nubes pasaran despacio, como aquel día. No había ruido. Me acercaba lentamente a la arena y corriendo sentía el ardor en los pies, subiendo hasta que irrumpí en el mar y la sensación de entrar en un mundo nuevo me olvidó de mí y floté durante esos momentos en la inconsciencia y el abismo. Quizá sea así. Ahora el abismo está cubierto de vegetación umbrosa y escombros.
Desearía arrancar el inmenso cartel barbudo que desvencijado aún cubre el edificio de catorce plantas. No sabía que hay quienes no debieran tocar un arma de fuego.
España, 24 de marzo de 2021.
Y mientras me adentro por vericuetos de humor negro y fantasía apresurada, una nube negra se cierne sobre Dundalk y la vida se va agitando mientras el preludio de la primavera invita a saborear el instante.
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miércoles, 20 de marzo de 2019
lunes, 18 de marzo de 2019
Navigare necesse est. 18 de marzo.
Llamadme M. Hace años que el rumor de la sal me acompaña en los paseos vespertinos. Sentir el crujir de las velas, la madera endurecida que crepita mientras las olas mueren y el salitre en los labios me mantienen cuerdo.
Cuando la vida aguarda con sus facturas y sus fechas; cuando el sol se esconde tras las volutas de humo y los carros marchan con prisa hacia calles que olvido; cada vez que las luces de los faroles se quiebran entre la niebla y el alma se encoge pensando que el tiempo futuro traerá lo mismo que fue ayer; cada vez que la melancolía amenaza con turbar el ánimo y hacer un despojo de los propósitos jurados, vuelvo a los muelles y camino, sin dejar de buscar las novedades que el día traiga, una gaviota en lo alto del mástil fingiéndose capitana del bajel mas imponente, la lluvia finísima abrillantando los ventanales de los cafés donde las familias se exponen, las gentes que burbujean al atardecer. El ruido del cambista, la edición de tarde del diario, el relinchar de un caballo agotado del día, la luna rielando sobre la mar oscura. Son pequeñas recetas contra el hastío y el abandono, el sustitutivo del revolver o la abadía.
A veces, desearía hacer un hato de mis asuntos y posesiones y embarcar con ellas, dejando atrás la certidumbre en pos de una aventura, en busca de un verdadero encuentro. Que habría de encontrar allí, donde fuese, no lo sé. Quizá cíclopes o sirenas, quizá la ira de las aguas y el final sin noticia. Puede que la razón más certera de que vivir no es necesario pero navegar si lo es es la necesidad del movimiento para captar el momento, atrapar todo lo que diferencia esta noche de las otras.
Un bergantín baila ligero al son de la marea. Una goleta, a su lado, duerme plácida y devuelve reflejos de la calle. Los charcos embarrados hacen gritar al cochero mientras yo deseo embarcar, solo por hoy, pero para siempre, en una corbeta sin rumbo cierto, cambiar el alma en una derrota auspiciosa y alejarme, como me alejo del cuadro de John Atkinson Grimshaw queriendo vivir en él y los muelles de Glasgow se convierten en la ría sinuosa y delgada de Dundalk, mientras las chimeneas esparcen su fruto a la noche silente.
domingo, 10 de marzo de 2019
Diez de marzo. Frío.
La tarde acaba; acarrea el peso propio
y las ramas delgadas tiemblan como estelas.
Tan callando...un color de ayer pinta
la ribera del río, donde las aves piensan.
Temo ser parte de ese embrujo alado
que a la tarde convoca sus enojos dispuestos
y que haya al fin otra de pan de oro y pisadas sin nombre
sepultando mi ayer en un mar de silencio.
Al fin, mancho mi cuaderno porque no quiero el frío
ni el vacío posándose ni el latido de estrellas
crueles ni el resplandor inútil de la belleza esquiva
cuando débil y arcana, la realida se agrieta.
Y el libro a mi lado, me devuelve las dudas
por si no hubiera manos que quieran aferrarme
o no haya ya resplandor que me grite o reclame
a fundirme con el sol mientras muere la tarde.
y las ramas delgadas tiemblan como estelas.
Tan callando...un color de ayer pinta
la ribera del río, donde las aves piensan.
Temo ser parte de ese embrujo alado
que a la tarde convoca sus enojos dispuestos
y que haya al fin otra de pan de oro y pisadas sin nombre
sepultando mi ayer en un mar de silencio.
Al fin, mancho mi cuaderno porque no quiero el frío
ni el vacío posándose ni el latido de estrellas
crueles ni el resplandor inútil de la belleza esquiva
cuando débil y arcana, la realida se agrieta.
Y el libro a mi lado, me devuelve las dudas
por si no hubiera manos que quieran aferrarme
o no haya ya resplandor que me grite o reclame
a fundirme con el sol mientras muere la tarde.
martes, 5 de marzo de 2019
Nada se para. 5 de marzo, 2019
Me gustan mucho los diarios de Andrés Trapiello, que forman la serie "Salón de pasos perdidos". Es, como dice su autor, una novela en marcha. Esta columna de José Antonio Montano, clasificaciones aparte, lo explica bien. Me gustaría poder leerlos en libro electrónico (prefiero los tradicionales, pero la falta de espacio manda). Y paso el síndrome de abstinencia leyendo su blog Hemeroflexia o picoteando fragmentos. He leído en el artículo que cito, uno hermosísimo,
“No dijo nada, pero antes de que el enfermero la metiera en la ambulancia esparció su mirada alrededor. Lentamente y a la vez sin detenerse en nada; abarcó casas, tiendas, cielo, transeúntes, yo entre ellos. Sin dejar de sonreír, sin soltar la mano de su hija. Cuánto amor a la vida en un instante. Un largo adiós fue su mirada. La historia, una historia de amor, saliendo de aquel portal, empezaba a escribirse en una mañana soleada; el oscuro pasado y sus secretos, allí, delante de todos, presente para quien quisiera descubrirlo y dar testimonio de la vida. De la vida, que nunca se interrumpe”.
Nunca se interrumpe; nada se para. La falla es la que se abre entre la mirada que contempla las cosas amorosamente para decir adiós y el torbellino insensible que nos arrastra mientras nos enfurece la mirada. Nada se para y somos llevados de un lado a otro, confusos, creyendo estar al tanto mientras el viento nos ahueca mientras nos aspira en el espíritu. Confusos, perdidos. Quizá sea solo yo, y sea injusto. Pero creo que mi mal es el de muchos otros.
P.D, hoy un partido político ha presentado a una candidata condenada por asesinar a un hombre, al que ahora acusa de algo que nunca se admitió. Hay quienes serán insultados más allá de su muerte violenta, mientras los demás seguimos girando en la noria. El papel y la sociedad lo resisten todo.
Y mañana ocurrirá otra cosa a la que mirar, obnubilados por el movimiento perpetuo y el vacío. Dundalk alarga la luz en una tarde vana.
jueves, 7 de febrero de 2019
7 de febrero de 2019...
Que hubiera podido ser cualquier día de invierno de 1916. Cuanto horror para nada.
Contempla, viajero, a estos que yacen
Tras enfrentar sus lanzas al destino.
Cortados por el tallo, vaciados
Del tiempo que les fue prometido.
Oye, caminante, el fragor del acero
Que absorbe espuma y almas vivas
Ahora lejanos, desde su abismo oscuro
Que sean sus plegarias atendidas.
Siente, extranjero, el dolor de ser vivo
Y envidia nuestros sueños velados por la muerte
Ningún rey, ni tirano, ni amo
Solo la caricia de la dulce nieve.
Sabe, soldado, la verdad del honor
Que cuentan con clarines y fanfarrias
El pedestal celeste de la gloria
Bebe la sangre de raíces amargas
Parte, amigo, a contar la verdad
A todos aquellos que nunca la supieron
Nunca debimos acabar aquí,
Aquí yacemos porque nos mintieron.
Contempla, viajero, a estos que yacen
Tras enfrentar sus lanzas al destino.
Cortados por el tallo, vaciados
Del tiempo que les fue prometido.
Oye, caminante, el fragor del acero
Que absorbe espuma y almas vivas
Ahora lejanos, desde su abismo oscuro
Que sean sus plegarias atendidas.
Siente, extranjero, el dolor de ser vivo
Y envidia nuestros sueños velados por la muerte
Ningún rey, ni tirano, ni amo
Solo la caricia de la dulce nieve.
Sabe, soldado, la verdad del honor
Que cuentan con clarines y fanfarrias
El pedestal celeste de la gloria
Bebe la sangre de raíces amargas
Parte, amigo, a contar la verdad
A todos aquellos que nunca la supieron
Nunca debimos acabar aquí,
Aquí yacemos porque nos mintieron.
lunes, 4 de febrero de 2019
La ciudad del viento. 4 de febrero del 19.
Por si queréis hilo musical.
Echo de menos la marca humana. Los transeúntes, el calor de los cafés, la cerveza en las barras. Me abruma la noche que se envuelve en ropajes de nada y silba taimada hacia los muelles bajos. Me atrae el sonido cálido del pub, pero rechazo su molicie. Cuando encuentro demasiada comodidad quiero emular a nuestro señor Don Quijote y huir de toda vida regalada. Y eso también me lleva al calor del hogar, que nutre y sana.
Es esta otra ciudad del viento, de papeles tirados, de coches desgastados en su fútil esfuerzo,de sombras que se tambalean, azotadas por los días. Yo también temo el castigo y la claridad pálida me hace desear encontrar mi propio verano invencible, del que decía Camus que empujaba más fuerte que todas las crueldades del mundo. Deseo volver a casa, deseo crear una casa, deseo no moverme y encontrar mi reino sin pagar un peaje. Sé que nunca fue así, sin embargo. Y los días pasan y el instante no perdona lo que la eternidad fía al olvido que seremos.
Y de repente, uno pasa por un sitio de comida rápida y ve a una familia riendo y unida. Ese instante de comprensión humilde sirve de arrastre del aluvión de los cansancios del día. Y los que se preocupan por sus mascotas y las pasean, y los que ponen su bufanda a sus hijos pequeños o acompañan a otros al médico. Puede que esta sea una ciudad del viento, pero la mayoría compartimos dolor y heridas, y buscamos el mismo calor. Y en ese momento, la plaza desolada que parecía siniestra se viste de una luz suave para ofrecer consuelo.
Dundalk camina lento hacia el futuro de donde nadie volvió.
jueves, 24 de enero de 2019
Singladura. 2019, 24/01.
Aún las luces titilan en el azul eléctrico del anochecer. Las velas gimen y se balancean, tristes. La tripulación entorna los ojos para escrutar la niebla y la espuma asciende un rumor voluptuoso hacia la luna menguante. Las estrellas forman conjuntos caprichosos, y me entretengo tejiendo formas. Cruje el armazón y los pasos se pierden entre la bruma.
No sé cuánto tiempo estuve ocioso. No sé cómo he de hacer para alzar los brazos. Hay un todas las soledades un momento de cúspide en el que la vida abrasa. Si es dolor o felicidad, yo no lo sé. Pero ahora que la brisa trae un aroma familiar y hay ruidos sutiles más allá de la cortina espesa, ahora que parece que los colosos y sus llamas se acercan lentamente para mostrarnos una senda, me parece que no pediría ni daría tregua hasta alcanzarme y forjarme en ese fuego.
Una luz se enciende en el vaho de la noche, como un rayo de algún Dios benigno que nos enlaza para regresar y seguir caminando. Vuelvo a casa.
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