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jueves, 6 de septiembre de 2018

Mitiqueces del astrodeporte rey internacional

Preguntaban en tuiter acerca de los mejores jugadores de una serie de países, y conteste lo míos. Pero me he quedado con ganas de contar acerca de los malos o los que nos han hecho disfrutar por otras cosas, que pueden estar relacionadas (o no) con la pelota y el juego.

Allá vamos...

Alemania, Ballack. Cada cierto tiempo, me gusta verlo perseguir de nuevo, como en un eterno retorno, al árbitro ese que los robo contra el Barcelona. Como disfruté ese robo. Y ahora nos traen el VAR para quitarnos la gracia. Un deporte que sirve al crimen financiero, fomenta valores penosos e incentiva la violencia tiene ahora que ser "justo". No me jodas.





Ni Sófocles. Drama humano, tragicomedia del devenir...


Argentina es un país repleto de mitiqueces. No diré nada de Higuaín. Me centro en cuando Bilardo amenazó con expulsar al equipo si le daban un premio al juego limpio y el embrujo colectivo que mantuvo España con el argentino de nacimiento Mariano Pernía porque metió dos goles bonitos. Más tarde demostró ser uno de los jugadores más gozosos de ver en un campo de juego, a condición de que fueras con el otro.

España, tierra de cuartos hasta hace no mucho. Recuerdo bien cuando Cañizares se perdió un mundial porque se le cayó en el pie un bote de colonia (bien podría ser cierto, pero suena mitiquísimo), cuando Molina jugó de interior o las fazañas de Villarroya, que jugaba cuando yo era pequeño; entonces pensaba que era imposible jugar peor al fútbol. Criaturita...


Es más grave de lo que pensaba... 


Brasil, el Eden del fumbo. Romario. Coinciden mi favorito y el más mítico. Me encantaban sus ruedas de prensa defendiendo su vida nocturna como si todos los demás en la sala estuvieran locos por no entenderlo. Dinio vestido de corto. En honor a la verdad, era capaz de hacer magia, y la historia perdona a quienes juegan bien.

Lean y aprendan, amables lectores,

"Hace 18 años que juego al fútbol, comentó el brasileño, "y la noche siempre ha sido amiga mía. El día que el presidente vino a ficharme le comenté que la noche me encanta y que cuando no salgo, no marco. El día del Palmeiras salí por la noche, llegué a las siete de mañana al hotel luego, marqué tres goles. Desde entonces no he vuelto a salir más y los goles no llegan, así que habrá que empezar a salir por las noches. Salí el jueves, salí ayer [por el viernes], saldré hoy [por ayer], y la próxima semana creo que haré igual. Y a quien no le guste...".

"Sí, pero salir por la noche el mismo día que uno no se entrena por sufrir faringitis...", sugirió uno de los periodistas que, atónitos, escuchaban las palabras del brasileño en la ciudad deportiva de Paterna. Romario, no dudó en su respuesta: "¡Pero hombre!, cuando salgo, bailo con las piernas, no con la garganta. ¿Comprendes? Eso es así, ¡coño! Yo no bebo, no fumo. La garganta no resulta afectada".

Nueva pregunta "¿Y si algún compañero le pide explicaciones por sus salidas?" Y nueva contundente respuesta: "¿Compañeros? ¡Joder! Los compañeros, que se jodan. Si vienen a hablar conmigo de este tema los mando ya sabéis dónde".



Vogel, que es suizo, lo cambio por Bélgica, que ha dado más grande jugadores, pero no a la altura de esta historiaza. La composición de tiempo y de lugar es mía. Sevilla, 10 de la mañana y sol de justicia. El entrenador, Irureta, quiere imprimir intensidad al equipo y pide a los jugadores que se muestren más activos. Solo un hombre se rebela contra la tiranía. Vogel se niega a correr porque "yo no soy tu perro". Anticipándose a Ibrahimovic y Maluma, Vogel se corona con estas palabras. Hoy sobrevive impartiendo cursos de inteligencia emocional. Si usted tiene un problema, quizá pueda contratarlo.

Portugal, nuestros vecinos serios (teniendo en cuenta el panorama, a poco). No quiero que Zerre lea estoy diga que le envidio por guapo rico y jugar bien, ni sufrir un ataque psicótico de Pepe, así que voy por Vitor Baia, un portero que parecía que marcaría una época en el Barcelona y acabó siendo peor que Busquets y Secretario, que sin duda, como secretario hubiera sido uno de los mejores del mundo. Eligió mal su vocación.

Francia, Griezmann. Un absoluto crack y para mí el merecedor del balón de oro (aunque el premio me da igual). Un tipo que se considera medio uruguayo porque le encanta el país y espera conocerlo pronto tiene un documental.

Inglaterra. Ashley Cole nos enseña cómo comportarse educadamente al lado de personas que nos dan asco.




Italia. Ballotelli. Prendió fuegos artificiales en su casa (dentro) e invitó a una ronda en una gasolinera. No hay más preguntas, señoría.

Colombia. Cuidadín aquí. Freddy Rincón fue una estafa, vale. Asprilla estaba reparando la rueda de su coche y otro quería participar en lo que creía que era un robo, muy buena. Pero cuando a uno lo amenazan con echarle de comer a un cocodrilo como al Tren Valencia, no hay nada ni nadie que pueda competir con eso. Luego se fue al Bayern. Beckenbauer lo bautizó como The Defoliator (en alemán como fuese, algo así como el deshojador). Lo vio entrenar en un campo rodeado de bosques y pudo sentir el sufrimiento de los árboles.

Uruguay. Hay un estudio que demuestra que es más posible que tú, incauto lector, sufras un ataque de mordiscos de Luis Suárez que de un tiburón. Quiero que me devuelvan el dinero de mis impuestos.

Croacia, flamante subcampeona del mundo. Prosinecki era una estrella europea y vino a que lo acabaran llamando "Marlboro", el paquete rubio más caro. Pero queda lejos de Suker; en una entrevista radiofónica, repitió que el tenía "su calidad" 30  veces (su latiguillo favorito, "yo sé que tengo mi calidad") y revisando una jugada el periodista le dice que se tiró al área. respuesta, algo así como, "no solo área, también Anita". Fue cuando Suker y Ana Obregón hacían esas cosas.

Holanda, la naranja mecánica y el melocotón loco, Royston Drenthe. Difícil definirlo a quien no lo viera jugar, era capaz de seguir moviendo piernas y brazos a toda velocidad aunque se estuviera cayendo, hecho que sucedía el 85-90% de las veces. En su tiempo libre estrellaba coches y ponía la radio en el jardín, hubiera gente alrededor o no.

Grande, el fútbol. Aún nos quedan muchas cosas que ver, antes de que esos momentos se pierdan como lágrimas en la lluvia o como volutas del cigarro que comparten en una habitación Coentrao y Mathieu...




martes, 4 de septiembre de 2018

Horas de luz. Cuatro de septiembre

Va acortándose la luz, como si la hebra del tiempo se deshilachara entre rutinas, sonidos ya oídos y vibraciones que no acaban de rememorar la emoción que una vez hubo. En la ría que refleja los caminos de la luz mientras viaja hacia otro lugar al que quizá nunca lleguemos, las aves azacanean buscando cobijo y sustento con la ligereza de quien se ha liberado de la ilusión del tiempo. Anhelo una vida simple, pero me falta valentía para despojarme de lo que me costó tiempo y esfuerzo ganar. Y a dónde podría ir, además. Dundalk no es un mal lugar, dados los tiempos que corren. Uno se va haciendo a los lugares en los que deja como jirones recuerdos e ilusiones, aún cuando vengan a la mente de forma maquinal y sin relación con ellas. Aquí pensé que habría un lugar en el futuro para mí, aquí pensé que el mundo se caería inmediatamente sobre mí. Aquí construí mi fuerte de costumbre y distancia que oponer al devenir. Y en los días de verano disfruto la sensación de que con el los días de sol despierta la vida. Aunque los huesos se quejen igual de los caminos de la vida, hay algo en mí más fuerte que logra acallarlos jovialmente. Pero sé que llegará el invierno, y espero que esa misma alegría me permita entrever la luz que cuando en mí se pone el sol aún queda.

El agua sigue corriendo hacia la mar mientras la noche se abalanza sobre los restos de luz rosada y Dundalk recoge sus aperos. A veces es suficiente conocer el final del día y conocerlo en paz. Será que voy envejeciendo. Cuando las nubes se abren y dejan ver las estrellas, imagino ascender un día, espero que dentro de muchos años, hacia un cielo nocturno plagado de blancura maternal, de leche cálida, que apague la voracidad sardónica de la negrura. Y, por tonto que parezca, creo también poder oír tintinear su rumor incitante tras el que un día correremos, y junto con ese rumor, el zumbido ansioso de un eco levemente distorsionado, el de la oscuridad y el misterio.Que habrá ahí, no lo sé. Pero creo que en ese día, sentiré un impulso irresistible hacia ese cielo engastado en tesoros, recubierto de diamantes, ricos para siempre en la oscuridad triunfante que los recubre y que disimula sinuosa tras ellos para conquistar mis banderas ya hechas jirones, rico para siempre, mas para siempre condenado.

viernes, 31 de agosto de 2018

Escapar del tiempo. 31 de agosto.

Es viernes por la noche. Ha sido una semana ardua. Los armarios y los cajones chillan pero el vacío es intenso como la noche y las horas pesan. No sé que trae este dejarse ir en la marea de trabajos y astucias, como salir de estas horas que amenazan otras en un círculo irrompible. Me sorprende pensar así y no quiero. Tengo un viaje, tengo afecto y tengo salud, toco madera. Supongo que los lazos del presente me atrapan en su vértigo insensato y no soy capaz de romper la maldición por mí mismo. Los días se evaporan y las tardes no dejan poso cuando el sol se cierra sobre los pliegues del mundo. Afortunadamente, están los libros, como conversaciones con otros que ya no están pero nos han dejado una historia. Hay ocasiones en que para salir de la cárcel del ahora basta con poco. Hoy, como llega el invierno y no sé qué me pasa, recurro a releer pócimas que antes me sirvieron. Y comparto mi trago con vosotros. Que os guste. Merece mucho la pena.



Ella dormía profundamente.

Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin re­sentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se po­saron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.


Quizás ella no le hizo a él todo el cuento. Sus ojos se mo­vieron a la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón del corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella, también, sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las ro­dillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llo­rando y soplándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí: ocurrirá muy pronto.

El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cui­dado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar au­daz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.

Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecie­ron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba cons­ciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presen­cias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vi­vieron se disolvía consumiéndose.

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ven­tana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había lle­gado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz cor­va y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.




domingo, 26 de agosto de 2018

Rebeldía, marca registrada. 26/08/2018

Paseando por las redes, me encuentro este mensaje,


Aparte del plagio descarado de la cita de Hunter S Thompson y la hipocresía recalcada, "sé rebelde, salvo en lo que me concierne personalmente y no te bajes música" hay otro signo más de una opinión que creo nociva. Afortunadamente para esto, somos cada vez más pobres porque hemos sustituido toda la riqueza de la experiencia y la pausa en una calderilla de opiniones volátiles. Esa idea es la de la rebeldía y la revolución como signos culturales deseables bajo cualquier circunstancia. La barricada como signo de adhesión a una virtud intemporal.

No hay nada de malo en rebelarse o hacer la revolución contra lo inicuo. El problema es otorgar a las palabras poderes taumatúrgicos y acaparar los réditos de sus intenciones a beneficio de inventario. Digámoslo claramente, tras esta rebeldía contra las normas comunes a todos se esconde el mensaje cultural con el que nos bombardean a diario los popes de la publicidad (y ahora de la política también), sabedores de que el del ego es el masaje más eficaz para convertir a un individuo en el hombre-masa, esto es, estupidizarlo. Eres mejor que los demás, tú lograrás lo que nadie antes pudo, sé un rebelde y compra mi ropa, mi perfume, mi libro. La idea de la revolución vende y a la vez inciensa de buena conciencia. Solo hay que renunciar a aceptar la complejidad de la vida y a ignorar los motivos de los otros. No parece caro, desde luego.

Qué queréis que os diga, a mí esa figura del rebelde entre los algodones más mullidos que la historia humana haya conocido no me recuerda a la figura del héroe, sino a la del listillo. Admito que un motero tatuado es más deseable que un mezquino de mirada estrecha, pero estas supuestas revoluciones personales que deben dar paso a una vida más plena raramente empiezan con una crítica personal sino con un elogio. Hay algo extraño ahí. Y es entonces cuando vemos a esforzados subversivos que incumplen las normas: insultan a quienes tienen una opinión contraria, se cuelan en los atascos o  se dan a la mentira para conseguir sus objetivos, que son más importantes que los demás.  En verdad, para ese viaje no hacían falta tantas alforjas; "desboca tu ego y no cedas antes nada para satisfacer tu impulso. Impón tu criterio. Y si te bajas mis canciones, te meto así".

En fin. Tiempos extraños. Cae la lluvia fina como retazos de algo que no supimos mirar cuando pasó por delante de nuestros ojos.

viernes, 24 de agosto de 2018

Oración. 24 de agosto.




Polvo de estrellas

Ve y atrapa una estrella fugaz.
Estira ante tus ojos el segundo.
Vibra con furia la espina dorsal
Del cosmos. Sé un vagabundo

Estelar, entre jardines de luz de luna.
Desgasta las formas en acrobacias de ironía.
Recoge el fruto incierto de la espuma
Sumérgete al fondo de la melancolía.

Abre las capillas del remordimiento
Y deja que el aire fresco remueva sus papeles
Besa a tus días y suplica al viento
Que su inexacto rumbo florezca tus pinceles.

No apures el vaso injusto de la culpa
ni cedas a la vergüenza, ni afrentes, ni te yergas;
El cruel no sabe que la sangrienta fruta
del odio consume a quien la prueba.

Guarda silencio ante la espina altiva
Que esconde su savia de amargura y ocaso
No mires atrás. Crece en cualquier esquina
Un santuario de roca frente al desamparo.

Cabalga la galerna de algún recuerdo amargo
Y domeña en las alturas al dragón de la belleza.
Franquea cordilleras bajo un cielo cobalto
Y honra el mausoleo en quietud de la tristeza.

No pierdas el rostro a lo mezquino y bajo
Y ofrece tu espada para luchar sin miedo
Surca con brío y audacia el río oscuro y bravo.
Nunca confundas lo cierto con lo verdadero.

Entre las ondas del lago, oye el susurro de la magia
Invierte las horas en descubrir lo oculto
Viaja a mercados de especias y fragancias
Sabe recordar cuando solo quede humo.

Y al fin, escala un día al escarpado risco
Que será tu fin; Contempla tu obra
Suspira por todo lo que se fue o no vino;
No dejes que las lágrimas recorran

Surcos de rabia. Como el mercader avezado
Sabe esperar entre reveses a tu suerte
Y no pierdas de vista que este escueto paso
Es una intermitencia grata entre dos muertes.

Aprende a alabar con decisión. Despeja la ira.
Mira las nubes. Siéntate bajo un olmo. Olvida.
Abraza a quien se busca. Madura con la espiga.
Asciende, acepta, huye, llora, ama. Respira.

Respira...

lunes, 20 de agosto de 2018

20 de Agosto, 2018. En otro tiempo.




Quizá el tiempo sea cíclico, como pensaron algunos misticismos abstrusos. En ese caso, con pequeñas variaciones, supongamos, yo escribo algo, que puede ser un tratado absurdo de buenas costumbres o un manifiesto. Quizá tú, que lees, llegas a mí y no hay ordenador ni ruido, solo la paz raquítica de un monasterio en el que no se adora a un crucificado, sino a algún otro Mesías al que nuestra historia arrinconó. Y eres mi amante y mi asesino, mi nieta y mi ancestro, has llegado a tu reino o has caído tiempo atrás. Quizá compartamos un latido primordial que nació antes de que el tiempo existiera.

Mas allá de divagaciones esotéricas, casi asusta y estimula mucho pensar todas las causas que ponemos en marcha continuamente; si tuviésemos una intuición más precisa de las cadenas causales, poco de lo que pasa nos sorprendería. Hay otro asunto, sin embargo, que me resulta más impredecible: la ductilidad del ser humano para amoldarse a las circunstancias y reaccionar a impulsos mínimos que pueden marcarlo para una vida. Es en ese sentido que merecemos compasión. No solo somos vulnerables al mínimo suspiro del entorno, al aburrimiento de los átomos que se cansan de ser tú o a la erosión incansable del día. También somos capaces de acuñar las monedas más variadas, de la nobleza mas alta a la abyección extrema, y quizás hace falta muy poco para caer en una pendiente u otra. Por eso la mayoría de los mártires hubieran podido ser verdugos.

Ahora me lees, quizá algo aburrido, mientras la noche se apodera del cielo. Quizá en otro lugar, o en un futuro lejano o en un pasado no tan remoto, yo te leí llamadas a una cruzada, una compra de ganado en Sumeria o una frase obscena en un muro de una pequeña ciudad de provincias romana. Puede que en un futuro lea tus órdenes en la cabina de mando de una nave que surca el vacío espantoso entre las estrellas frías. Quizá, sin más, el tiempo sea el inserto de nuestra mente para que podamos soportar la abrumadora idea de la eternidad. Y nos volveremos a ver y entonces encontraremos todas las respuestas.

Dundalk sabe que no sabía de que escribir así que me he puesto con lo que se me ocurrió de primeras. Bajo una fina capa de lluvia, languidece y también desea otro tiempo mejor.

jueves, 16 de agosto de 2018

16 de agosto. Caminar errabundo por el mundo.

Siempre me gustó caminar. Desde que lo hacía por Salamanca hasta hoy, he recorrido mi camino y me ha gustado siempre hacerlo a pie, si había alternativa. Hace un rato lo hice, de nuevo. Es un hábito que me relaja y en el que siento que veo las cosas con mas claridad, más despierto. Creo que es una costumbre que se enraiza en una de las pasiones recurrentes de los solitarios; tratar de conversar con gentes ya idas, épocas pasadas, espectros en los que creemos hallar más comprensión que en los vivos. O quizá es solo que nos apetece nomadear un poco, joder.

El caso es que hay algo profundamente errado en las poblaciones en las que la calle es un elemento extraño. Puede funcionar para las abejas, pero vivir cada uno en su celda no parece una solución de vida. O quizá soy yo, que debo sentar la cabeza y construir mi hogar. 

Mientras paseaba, pensaba en cosas ligadas por el hilo extraño y fino de la casualidad. De la vida en casa pasé a la insatisfacción vital y las promesas cumplidas, que son una carga harto mayor que las truncadas, también en el futuro y los barcos que deben aparecer en el horizonte y de que el Madrid va a denunciar al Inter por tocar a Modric, aunque no sabemos donde le han tocado. Que cosas. Mientras iba caminando, el cielo se iba poblando de tiniebla y era hermoso ver el resplandor de las farolas contra la negrura y los muros guiñaban con sombras moviéndose juguetonas. Quizá hayamos perdido mucha capacidad de mirar; cuando alcé la vista, vi contra el horizonte el perfil de una gran montaña que resultaba aún más imponente y recuerdo que pensé que si fuera capaz de alcanzar su falda, llegaría a una puerta titánica grabada con horrores nacidos con el inicio del propio tiempo y esculpida habría formas del infinito descifrado para los que han sido introducidos en ese arte; entre ellas se revelaría una línea de resplandor como si de la fortaleza de un señor oscuro del pasado se tratase y habría un magnetismo esotérico ligado a su poder que me impediría huir, y aunque cayera allí mismo, antes sería testigo de innúmeras maravillas, que no son más que los atardeceres rosados o el viento en las montañas, el rumor de las olas o el secreto ancestral de los bosques. De todos los mundos a explorar, el nuestro es el mas extraño.




Le pregunto a Dundalk que por qué olvidamos estas cosas tan a menudo y me contesta misteriosamente si acaso los pájaros están libres de las cadenas del cielo. Yo también sé que es de Dylan, pero puede que tenga razón, y el mundo moderno este perdiendo la capacidad y la necesidad de alabar que tiene nuestra rara especie humana. Mientras tanto, las nubes siguen aumentando la opacidad del mundo, que espera una espada de luz que cercene sus gasas y nos enseñe a saber contemplar de nuevo.