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martes, 8 de octubre de 2019

08/10/2019. Estoicismo y promesa.

Darse cuenta de que cada mañana y cada paso es distinto no es fácil . La lucidez exige atención como cielo profundo la alondra para desplegar su canto. Lleva tiempo diferenciar una hora de la siguiente y lo que nos pasa, pero es necesario para llegar a la vida, me parece. El poeta pedía que la intelijencia le diera el nombre exacto de las cosas. Quizá nosotros debamos pedir entre la confusión de los días que pasan y la monotonía de su acorde tonos fugaces de optimismo, vitalidad, diferencia. Pues tal es la naturaleza del tiempo: expandirse cuando se iguala para desaparecer luego de nuestra memoria o acortarse en los momentos múltiples y amenos para ganar solidez y color en un futuro cuando se aposente en el recuerdo.

Como la vida es materia de la deriva y no destino de un viaje cierto, las singladuras atraen; las coordenadas ofrecen la imaginación de la completitud, un descansar sin tiempo tras la consecución de los planes y la paz que deja la victoria sobre las trabas. Sin embargo, esa aspiración encierra un veneno sutil: subordinar lo que hoy soy, siento y disfruto a lo que seré mañana, al igual que mi hoy esta sepultando mi ayer y lo que de bueno trajo. Ay, los remordimientos son inmunes a esa poción y se deslizan por la ponzoña.  ¿Por qué no añadirles, entonces, la visión de los humildes logros que hemos merecido, los lograsemos al final o no? ¿ Por qué no hacer las paces con el pasado sin dejar que estorbe la solicitud que cada segundo requiere de nosotros?

Quizá no saber apreciar esto denota cierta carencia de un sentido, como quien no pregunta si hay una fuerza que despojó de la entraña del ser al tiempo para que este se esparciera y acabara conteniendo todo e incluir su propio origen en su seno inconcebible. Pero esto son divagaciones que la tarde trae con el reposo y la duda. Al final, un leve roce basta para que, consciente o no, ese cuerpo se abra "en una interrogación vuelta a las nubes". No recibimos respuestas de nombre claro, pero si impulsos de anhelo, rabia, abandono o dulzura. Quizá la diferencia definitiva para vivir bien sea desentrañar esa difícil madeja y separar la urgencia del animal y la duda del espíritu. Y después, elegir sabiamente.

Al fin y al cabo, escribir y hablar se ha vuelto tan fácil que las palabras se han vuelto calderilla y no nos da más que para pagar la factura ruinosa de lo actual, lo momentáneo, lo que nunca se queda.Pero a veces es sencillo. Camina, abre los ojos y aprópiate de lo que la vida ofrece con la avaricia de un infeliz. Cada día trae una nueva sed y aunque no sea de nadie, haz que sea para ti.

Solo para ti la aurora guarda el aroma del pan y la fragancia furtiva de las magnolias. Para ti resbala el lucero del alba en su prisión de azul. Para ti la luz recorre de nuevo las ramas y los charcos. Se despierta como un recluta antes de la batalla, melindrosa y esquiva, pero llega a ti. Dundalk, como el resto de la tierra se viste para otro día y en las redes de la madrugada deja escondidas todas las posibilidades que llegarán a ti. Que la playa que las reciba sea límpida o una tempestad azotando el acantilado, no podemos saberlo. Encamínate hacia donde quiera que tu pasión te lleve y que el viento, que siempre sopla donde quiere, te alce hoy con un renovado aliento.





domingo, 6 de octubre de 2019

Seis de octubre. El domingo de la vida.

El domingo de la existencia no es un día cualquiera. Se cierne sobre él la promesa de un lunes de deberes, cargas y rutina; es como si el tiempo debiera ser modificado en virtud del porvenir, al que llaman así porque no viene nunca, y hubiese una advertencia sobre el anticipo que pide nuestro deber a nuestra ociosidad. Para mí, son días de tardes ocres y de actividades comprimidas, un intento de exprimir su consuelo en paseos lentos, cervezas con fútbol rutinario (no el europeo, el brillante) y lecturas o películas para tratar de arañar unos minutos al sueño y al despertar consciente de la semana y sus tareas. En definitiva, la consciencia de que el tiempo huye y los atardeceres se apagan.

Sin embargo, creo que cuando uno se va haciendo mayor, su sabor, como el de tantas otras cosas, se modifica un tanto. Es agridulce, porque perder una esperanza también puede liberar del afán de tener que defender un futuro improbable. Da más al hoy que a lo siguiente que venga: vacaciones, eventos, fechas señaladas. Otorga la libertad de los antiguos pasos que convergen en mí y la solidez de un sendero que, bien o mal, he recorrido lo mejor que supe, con muchas caídas y tratando de aprender.

También me agrada que sea lo contrario a lo que se supone que debe ser la vida moderna en la sociedad que habito, la de el control, la señal, el presente y la ruina. Un mundo en el que todo está reciclándose constantemente y que se ha construído sobre la permanencia fiel del olvido. Un lugar donde los otros, los proyectos, los trabajos y las ideas se mueven en un baile continuo de abandono y cansancio. Un pasar por un río encabritado tratando de dejar inútilmente una huella en el agua.

De ahí la ansiedad y el ruído, y los ojos exhaustos en la niebla del norte. De ahí el examen continuo de cada día, la citación para el tribunal del hoy en el que nada parece importar cuando se deja atrás. De ahí la renuncia a pelear de tantos en esa arena atroz. Ahí están, raídos y distantes, buscando con sus brazos otros brazos que abrasen y dejar la armadura en esta competición sin fin ni calma.

Quizá eso pueda ser el domingo, el de hoy y el concepto para la existencia. Un tocón donde sentarse y descansar las armas para defender nuestro territorio mañana y mirar con el alma lenta como el tiempo se derrama suave sobre los campos y sobre las antenas y, como hoy en Dundalk, deja el poso de lo que no llegará y ya no importa en un resplandor azulado que muere con el día, antes de prepararnos para conseguir nuestra vida propia, que se llama alegría porque a veces acude y nos ilumina, serena.






miércoles, 2 de octubre de 2019

Korzeniowski. Dos de octubre.

Nació en una familia rebelde y derrotada. En un país que no existía. Aprendió una lengua que debió sustituir por otra cuando huyó para vivir aventuras. De esa época apenas quedan trazas; parece que tuvo una pasión que casi le condujo al suicidio, que trafico con armas y que encontró en el mar el espejo de su pasión. Durante este tiempo aprendió la lengua inglesa. No la abandonaría. Su lenguaje, a la vez ambiguo y preciso combina la pasión por la aventura con la acuciante pregunta acerca de nuestra humanidad, nuestra fragilidad moral y nuestra verdadera naturaleza. Después de servir como capitán de barcos mercantes, se dedicó a escribir. Sus novelas suelen compartir una trama que se entrecruza con la búsqueda interior; quienes somos más allá de todo, de nuestra socialización, del miedo, de la convención y el salvajismo, de lo sublime y lo repugnante. Es como si quisiera ir despojando delicadamente a los personajes y a los lectores de todas esas capas, cada vez más profundas. ¿Habrá algo más allá? Puede que sí y que cambie con nosotros; en cualquier caso, puede que solo sea biología y vacío. Nunca lo sabremos.

Las novelas de Joseph Conrad (ya veis, el también se despojó de su propio nombre, país, ocupación, lengua y destino para reconocerse) son amenas y sombrías. Como la línea de sombra sobre la que tituló una novela magnífica, bordean la luz y la oscuridad en un conflicto moral. Las emociones afloran, pero no son las guías principales de los ojos ávidos de los marinos, viajantes, tenderos, anarquistas o esclavos. Su lucidez les dice que se están entregando a otra forma de vitalidad y que están cambiando, no saben a qué. La mezcla de temor y fascinación que brilla en esos ojos es la nuestra también, como el desconcierto y cierta desesperanza vital. "La vida es una bufonada: esa disposición misteriosa de implacable lógica para un objetivo vano. Lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo, que llega demasiado tarde, y una cosecha de remordimientos inextinguible"

Es un hermoso desbarajuste que un noble polaco se convirtiese en uno de los más grandes autores de la literatura universal. Su huella en la cultura es inmensa. Ni hay que hablar de Apocalypse now. Ayer fui a ver Ad astra y me pareció una aventura puramente Conradiana. Y me pareció muy grato sentir el deleite pasado de recordar lecturas apasionantes y frases punzantes como machetes y ambiguas como ecos en desfiladeros ignotos. Hoy, me apetecía escribir acerca de él, para pensar en él, por que escribir, por que leer y tratar de figurarme quienes seríamos en otra vida, otra civilización, en otro mar. Como el mismo escribió, "Creí que era una aventura y en realidad era la vida".

Gracias, señor Conrad. Hoy, que hace frío en la calle, resuenan tambores que parecen llegar de una esquina con un resplandor perverso, y Dundalk se afila en un rumor de olas, temblando ante una explosión de ira y secretamente fascinada con el sabor agrio de la destrucción. Hoy levanto la vista hacia la ría que lame Dundalk en su camino arduo hacia el mar. La desembocadura parece bloqueada por un negro cúmulo de nubes, y el apacible canalizo que conduce a los más remotos rincones de la tierra fluye  sombrío bajo un cielo cubierto que parece conducir hacia el corazón de una inmensa oscuridad.




lunes, 30 de septiembre de 2019

Treinta de septiembre. Mientras vivas, brilla.

Mientras vivas, brilla. No des al pesar la satisfacción de lo inevitable ni ofrendes al desastre que se ensaña en nosotros con estúpido gozo. Recoge desde ahora las rosas de la vida y haz de la bendición un sentido. No te detengas en exceso frente a la rueda de la fortuna; simplemente, disfruta su sol y aprieta los dientes cuando decrete días umbrosos. Sigue el curso del arroyo y no pelees por erigir un pedestal. Ellos, los dioses, no consienten la hubris de quien se cree más amplio que el abismo.

Salta, corre, baila. Ama lo que el destino o tu bravura conquisten contra el atardecer pálido y saborea las derrotas siempre que el honor permita una mirada limpia. Nunca dejes de creer, pero no creas para encerrarte en un mundo en el que seas un rey solitario y nunca contradicho. No te preocupes del coro; sus alabanzas son melifluas y sus ataques, agrios: en cualquier caso, su poder solo estriba en el que tus sentimientos quieran darle, henchidos por tu ambición. Sé libre y se consciente de que eso significa ser el primero en el hermoso peligro de la libertad; las heridas nobles duelen tanto o más que las mezquinas. Y no dejes que la apariencia o el espejo creen un conjuro aciago y embriagador que te convence de que eres demasiado bueno para morir o sufrir. De otra forma, te enterrarán en un dí lluvioso y olvidado pronto, en un inmenso manto raído de arrogancia.

Mientras vivas, brilla, y no dejes de brillar contra la línea que se pierde en un horizonte auspicioso como el que hoy se despliega contra las colinas de Dundalk, dejando una lamina de oro contra las nubes oscuras y dotando de oro su broche que se apagará pronto y hasta un tiempo muy lejano, cuando despertemos.




martes, 3 de septiembre de 2019

Un espejo roto: Resistencia.03/09/2019


Un peón

No he sido nunca un héroe. Me han empujado
A un centro del tablero cruel y vano
De amenazas y temores pleno. Sé que no llegaré a la octava
Pero resisto a la codicia y la crueldad.
Las torres agresoras, los taimados caballos,
Y acabar en el baile desatado
De la furia de unos reyes ingratos.
Debería huir. Pero aquí hablo.
















Don Quijote


¿Acaso ha sido el horizonte herido
Por el conjuro de algún nigromante poderoso?
Los palacios, el honor, las doncellas, el oro
De la edad antigua, el caballero…que han sido frente
Al cielo de La Mancha. Por qué la herrumbre lo ha vestido todo.

Mis huesos de anciano están molidos
Y cosecho el desprecio de los otros. No sé qué es lo que llama,
Que me impulsa
A aventar mañana el pulso de mi gozo.

Duerme en el rincón mi adarga bendecida
Y mañana volveré a retar lo real y lo otro. 



El reloj

Lucho con insistencia contra lo invencible.
La falta de esperanza puso en marcha mis ruedas
Y sin embargo, así lo he decidido:
Tú podrás ser el arco de mi flecha. 



Quien fue nadie

Tú nunca oíste aventar en el campo
El látigo con que nos marcaron,
El canto con el que subimos
Y el sol en el que nos crucificaron. Si hubo alguien que oyó,
Quizá lo sepa un día. Hoy solo hay tierra y sol
Y el eco cansado de una voz
Que sigue sangrando y llora
Hasta que despertemos.

Algún día...



El soldado del Somme

Nuestros padres mintieron.
Nuestra juventud también lo hizo.
Hoy nacen crueles los arbustos
En el altar absurdo de mi sacrificio. 

Algún día, alguien
Nos conocerá y quizá evite otra siega de sangre
Y quizá no haya nadie que mañana le dispare. 



El despreciado

Ríen las calles con rencor cristalino
Las plazas tuercen la cara cuando aparezco,
El despreciado, el solo, el que nunca descansa
Y a que vivir, que alquimia
Mantiene los lazos con la vida
De este muñeco que solo piensa en crepitar
En lujurias de odio y desprecio sobre su cuerpo mustio
Para que la ciudad se envanezca de su altura.

No sé qué afecto persigo, denegado
Del ansia y del amor de la ciudad
Con el hierro candente del condenado. Y mañana seguiré saliendo
Para que otros escupan lo que dicen que merezco. 



El aspirante a poeta menor

No has sido, lector, afortunado. No has topado
Con la música y el oro de los maestros
Ni la profundidad ni las imágenes explosivas
Que encierran el bello veneno
De la poesía.

No sé por qué me afano y me desvelo
Por parecer que tengo… y que sería
Entre los claxon y los mercados de valores
Y la estupidez que impone sus mentiras. He de seguir haciéndolo
Mientras el tiempo lo permita. Y caminar sereno hacia el inevitable olvido
En la barca de Caronte y sus remos de guía,
Hacia la tierra donde nunca es de noche
Ni las palabras importan. Que así sea.

Resisto tanto como puede mi espina.



La voz del desierto

Ve y atrapa una estrella fugaz.
Estira ante tus ojos el segundo.
Vibra con furia la espina dorsal
Del cosmos. Sé un vagabundo

Estelar, entre jardines de luz de luna.
Desgasta las formas en acrobacias de ironía.
Recoge el fruto incierto de la espuma
Sumérgete al fondo de la melancolía.

Abre las capillas del remordimiento
Y deja que el aire fresco remueva sus papeles
Besa a tus días y suplica al viento
Que su inexacto rumbo florezca tus pinceles.

Guarda silencio ante la espina altiva
Que esconde su savia de amargura y ocaso
No mires atrás. Crece en cualquier esquina
Un santuario de roca frente al desamparo.

Cabalga la galerna en un recuerdo amargo
Y domeña en las alturas al dragón de la belleza.
Franquea cordilleras bajo un cielo cobalto
Y honra el mausoleo en quietud de la tristeza.

No pierdas el rostro a lo mezquino y bajo
Y ofrece tu espada para luchar sin miedo
Surca con brío y audacia el río oscuro y bravo
Nunca confundas lo cierto con lo verdadero.

Entre las ondas del lago, oye el susurro de la magia
Invierte las horas en descubrir lo oculto
Viaja a mercados de especias y fragancias
Sabe recordar cuando solo quede humo.

Y al fin, escala un día al escarpado risco
Que será tu fin; Contempla tu obra
Suspira por todo lo que se fue y no vino
No dejes que las lágrimas recorran

Surcos de rabia. Como el mercader avezado
Sabe esperar entre reveses a tu suerte
Y no pierdas de vista que este escueto paso
Es una intermitencia grata entre dos muertes.

Aprende a alabar con decisión. Despeja la ira.
Mira las nubes. Siéntate bajo un olmo. Olvida.
Abraza a quien se busca. Madura con la espiga.
Asciende, acepta, huye, llora, ama.

Al fin, respira...

martes, 20 de agosto de 2019

20 de agosto. Los años sin nosotros.




Al fin llegará un día sin plomo en las entrañas
En el que el hielo ceda y cuando la fuente cante
Mientras el sol cubre de oro las hojas que sonríen
Y el aire será puro y gorjearán las aves.

Pasaremos los días como héroes antiguos
Y no habrá temor que frene ni faltará insolencia
Como un cometa errante prenderemos la noche
Y ofrendaremos al desastre con desdén y soberbia

Pero ellos siempre alcanzan. Es la herida su precio.
Y no hay parapeto que resguarde de la mirada fría
Del centauro que guarda los bosques del recuerdo
Y lleva en ristre fiero la lanza de la melancolía

Porque es locura querer cercar el aire en un inmenso abrazo
O tratar de detener el tiempo en un lazo de anhelo
El postrero ocaso que muestra declinante esa luz lenta
Nos cerrará dulce los ojos con sus rosados dedos.

En el espejo silente de una buhardilla sin orden
Abrevarán las imágenes donde fuimos un brillo
Pues la luz de otras tardes desvelará en su manto
La incandescencia súbita de un recuerdo dormido.

Allí caeremos como hojarasca en un parque de olvido
Y otras luminarias en la niebla llegarán a estos puertos
Pues es el rito de la mar la marea, escondiendo en calma
De los que antaño navegaron sus desgastados pecios.

Se irán perdiendo en el tiempo las marcas del pasado
Y en el campo la grama reclamará su terreno
El otoño dará al tiempo su vestido de tierra
Mientras de algún rincón surge ese lejano eco;
Serán, mientras crepitan en una sala desconchada
Todos los gestos leves que fuimos dando al fuego.

La alegría volverá, como suele, sin saber de donde
Y la algarabía llenará de luces unas sienes de plata
Los recuerdos y un futuro pleno se hablarán a los ojos
Y jugarán ingenuos en su presente, donde alzarán su casa.

Serán días de flores. El bocado del tedio hallará carne viva
En la que no ha de desgarrar ni encontrar su presa
Porque no hay mal que descarrile una pasión de niño
Ni sombra que pesar pueda sobre su promesa cierta.

Luego, la hora de aprender, de pelear y ser herido
De despreciar el día con emociones que estallen
Y volver a empezar después, sabios y vivos
Otro esplendor callado cuando los inviernos cansen
Y los laureles sean sometidos
Y los fracasos pasen.

Al cabo, allí será la vida, y será el juego y el cuidado
El aroma de armonía y del sosiego el poso. 
¡Cuánto ha de besar la aurora esta tierra bendita!
Esta tierra dorada, los años sin nosotros.

sábado, 3 de agosto de 2019

Un día en la prisión. 03/08/2019.

Las ventanas al verano son las que nosotros deseamos.

Canta Bob Dylan que siente que este mundo es una prisión; algunos somos reclusos, otros somos guardias. Me acuerdo de la idea del panóptico de Michel Foucault (basada en el diseño utópico anterior) , esa estructura desde donde arriba todo es visible. No hay escondite para el necio ni para el sabio y cuanto sucede bajo el sol es registrado, filmado o escrito por alguien. Quien está allá arriba, no lo sé, quizá un simple trono vacío y una capa de armiño deslizada en él. Pero creo que me convierto en guarda de mi mismo, y renuncio a la fortaleza de la soledad por un túnel en el que de cuando en cuando hay pasillos transparentes. Enclaustrados en celdas de yo y ansiedad (alguna vez fue diferente?) vemos las escaleras hacia otros lugares, pero ascender por ellas solo te muestra que detrás de los muros hay otros más grandes. Esa ansiedad por ascender, ese desprecio por uno mismo cuando al aire no es aún tan puro, ese jadeo inasequible a la duda, mellan la armadura. Está construída de pretensión, engaño y deseo voraz. Alivia los golpes y trata inútilmente de ocultar el rostro verdadero a los guardianes, pero no deja caminar libre. Magullado por todas mis imperfecciones, aprieto los dientes y trato de ser enemigo de la guerra y la medalla, aunque sé que hay guerras que hay que librar y medallas merecidas. El fruto de la pelea contra todos, contra uno mismo, contra la mirada ubicua del panóptico y contra el temblor efímero de la belleza es una ansiedad recurrente y venenosa. Nos inyectamos autoayuda, filosofías del tocador, flores del mal. Auden escribió que en la prisión de los días, el libre debería aprender a alabar. No parece mala receta. Tender la mano y envainar la daga. Ser capaz de mirar hacia afuera con la comprensión y la compasión con que nos miramos y saber perdonarlo todo.

Dundalk es una celda escasa, llena de luz hoy. Voy a subir a los muros de la fortaleza y mirar como alguien hizo antes, el desierto de los tártaros. Habrá una ría, unas montañas verdes, nubes de paso y un azul pálido. Detrás estarán los muros, ya lo sé. Pero hoy voy a vivir como si no me importara.