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domingo, 11 de octubre de 2020
Empuñar un arma. Once de octubre
jueves, 8 de octubre de 2020
Ocho de Octubre. El Nobel nuestro de cada año.
Vivimos tiempos (las últimas décadas, digo) de espectáculo. Uno de los más exitosos ha sido el del deporte y como siempre ocurre, cómo se cuenta ha solapado completamente lo contado. Hoy vivimos la apoteosis de un frenesí competitivo y voraz, de records y medallas. El hombre moderno está tiernamente apegado a su cadena de brillos y sensaciones sin fin que pierden valor después de estallar en una llama inmensa, muy efímera. Creo que por eso necesitamos el arte.
En el arte, en la literatura, no hay pichichis ni Zamoras ni estadística avanzada ni jugadas de pizarra. O no aún, al menos. Cada vez que se otorga un Nobel, sin embargo, vuelve la discusión sobre los méritos, los mejores, lo que hay que premiar y lo que hay que ignorar. Una respuesta simple debería ser: nada. Nada hay más allá de lo bien que nos hace sentir y nos hace pensar un libro, lo bien que comunica con nosotros algo profundo que conecta dos interiores desde mundos distintos y a menudo alejados. Qué necio desearía mayor galardón.
Personalmente, entiendo que los premios, si no hay más remedio (y además, conjeturo que todos los que han publicado un libro anhelan conseguirlos) deben impregnarse del brillo de los premiados y no a la inversa. Entendámonos: entiendo que el mercado editorial es un páramo donde chapotean las celebridades y las modas, buscando el espectáculo, en esto sí, del mínimo común denominador, la estupidez y la venta de la novedad del momento lo más rentablemente posible. Entiendo que un comité de lectores trata de descubrir autores estupendos no conocidos mundialmente y ampliar sus obras. No me molesta. El talento no es infrecuente y la minoría suele conllevar gozos tan hondos como penas abundantes. Pero es que no creo en las bondades de la lectura más allá de la felicidad que prometen, como el fútbol, la moda o las charlas de café. Nadie se hace mejor por leer o ir a museos. La cuestión es hacerse mas feliz.
Así que si un artista ha logrado eso, si ha derribado muros de emoción y ha compartido un artefacto para mirar más lejos dentro de uno mismo, qué importa que los tártaros lleguen o no. Giovanni Drogo aún está listo para el combate, y nosotros con él. Cualquier premio excluye más que acoge, y los perdedores son muchos más. Si estos perdedores son Tolstoi, Kafka, Joyce, Unamuno, Borges o Philip Roth, quien no quisiera estar a su lado. Los romanos tenían una hermosa fórmula de expresar la muerte, "se fue con la mayoría". A veces no es malo recordar que hay otras mayorías que no significan nada...ni lo contrario. Queda la música, la escultura, el libro, el cuadro. Queda la noche que los ve nacer y el alba que los lanza a los otros. La mayoría nunca llega a su destino, como nosotros que tropezamos. Ahora el río mueve plácidas ondas de olvido contra la mar templada buscando la manera de mirar con piedad y decir adiós al brillo que dejan atrás.
lunes, 5 de octubre de 2020
El frío. Cinco de octubre.
Esta fue la primera entrada que escribí en mi antiguo blog, tras la presentación: Acerca del frío y las segundas oportunidades. Hace 11 años menos apenas dos semanas. Acababa de morir Andrés Montes, que había sido una presencia en mi inicio de un mundo que se me antojaba lejano y fascinante y quise escribir de lo que vuelve y lo que ya no retornará. El estilo era (quizá sigue siendo) algo pesado y derivativo, pero confió en que era capaz de arañar entre la loza algo de emoción verdadera.
Lo cierto es que el frío me resulta un recuerdo del pasado y suele ser gozoso. Recuerdo ir y volver de casa con un libro en las manos y leerlos hasta tarde, el olor de las castañas, la vida confortable del nido. Hoy, sigue ahí como un embrujo cálido. El frío eriza la piel y recuerda que de todos los fines hacemos un principio. Seca con su viento cortante y retribuye con el cosquilleo cuando entremos en un café amable.
Ya es octubre de este tiempo confuso y triste para recordarnos que es hora de volver a la lumbre y a la compañía (el desdichado que esté ahora solo, quizá lo esté por más tiempo) y simplificar los días reduciendo impulsos y gestos hasta su mínimo gasto. Pronto, todo estará limpio y borrado, y llegará un nuevo tiempo de construir y esperar. No es así, claro, pero la simple perspectiva es consoladora e intensa. Bajo su hielo quedarán la pugna de los griegos y los latinos, los meandros sugerentes de las montañas indias y las estepas de Asia, las selvas que hoy son desiertos y cada error y cada gloria que puedes enmendar o manchar. Y al fin, nada importa, más que caminar y dar todo el calor que uno pueda recibir y dar, mientras la vida funcione.
Las luces de colores se reflejan en un río oscuro y el viento corre por los dominios de un rey del invierno que ha despertado para extender su capa de silencio sobre un mundo que quiere descansar de la gloria y el dolor. No te agites ni te pierdas; aún nada está escrito.
jueves, 1 de octubre de 2020
El viejo enamorado y el mar sin respuesta. Uno de octubre.
San Agustín refiere la fe como el impulso del niño que trataba de contener todo el agua del mar en el hoyuelo en la arena que había cavado con sus manos. Más allá de la discusión filosófica sobre un Dios creador, el dios de los filósofos o el azar y la nada, vivimos tiempos sin fe. No creo que hayan liberado mucho; desde que no creen en dios, los hombres creen en todo y liberándose de trascendencia, se han entregado a la moda. Y no obstante, creo que la necesidad de formar parte de algo más grande, el relato y la fe en el futuro siguen moviéndonos, porque somos animales de fondo.
El viejo y el mar es una hermosa parábola sobre la fe. Una de las más hermosas es la fe en otros; tener fe en algo puede ser inspirador o aletargar. Tener fe en alguien quema pero acerca al misterio que toda esperanza levanta los gestos de la costumbre y el rito, a los que eleva por encima de su acto. Creer en alguien es persistir en la confianza, querer ver lo mejor de otro. Quizá la única revolución sea la de admitir que todos deberíamos ser considerados por lo mejor que somos capaces de ser.
Santiago, el viejo pescador, lleva más de ochenta días sin pescar un gran pez. Cada día prepara el aparejo, cuida sus redes y sale a la mar, como si hoy fuera todavía. El chico quiere aprender de él, dice que es el mejor pescador de La Habana, lo cuida. Él siente el peso de los años y piensa en los días pasados de grandes capturas y las hazañas del gran Di Maggio. El resto, queda para la fe. Las olas chocan contra el malecón con constancia y ternura. Di Maggio corre y golpea como un héroe. Los dioses modernos del estadio tampoco dejan creer en ellos, venales y mimados por nosotros, que no sabemos ya admirar. Las olas que llegan al puerto de Dublín están cansadas y sombrías. Lucen contra la noche como caricias insípidas contra las frías luces que iluminan un mundo al que parece que no le importaría no saber despertar.
lunes, 28 de septiembre de 2020
Caer y no perderse. 28/09/20
Eru Ilúvatar envió a cinco magos (Istaris) por medio de sus emanaciones, los Valar. Hízolo así pues los seres que habitaban la tierra sentían la tentación del poder, el embrujo de la fuerza y la perversa fascinación por las flores del mal. Mas ay, ellos, con todo su poder, tampoco eran inmunes. Radagast se perdió en los bosques y aisló su corazón. Los magos azules huyeron buscando su propio gusto. Saruman se entregó a Morgoth. Solo uno, Mithrandir (conocido en el Norte como Gandalf) logró seguir su misión a través del sacrificio, el temor y la pérdida, y ganó para otros lo que perdió su anhelo. A veces pienso que, sin poder ni gloria, nosotros también somos arrojados desde las entrañas de un misterio que quizá nunca conoceremos a otro jardín del bien y el mal donde las sombras juegan con las llamas caprichosas, formando siluetas que no comprendemos. En ese baile de equívocos, la vida, vamos avanzando mientras aprieta el frío. Tratamos de ganar sustancia y no quedar atrapadas como esas formas difusas que arañan los muros con una pasión y una ternura inútiles.
Una de mis preocupaciones es la de cómo hace uno para no perderse; en un mundo enloquecido por el instante y en el que el recuerdo perpetuo se torna venganza, la tarea de seguir un rumbo es perturbada siempre por un ruido de fondo que nos llama,como el coro de las sirenas de Ulises. La fiesta de enigmas y lo arduo del camino invitan a perderse en el bosque o a partir lejos, sin duda: es más fácil luchar contra la furia del momento que contra la erosión paciente y cruel de los años. El peligro verdadero no debe hallarse en el estallido estúpido de la derrota, sino en la falta de sabor y guía. No saber dónde ir, engañar la conciencia, envolverse en una mentira cálida. Porque la noche es antigua y sus terrores amargos y tan fríos, pintan sonrisas con la niebla que desciende sobre el ocaso. Es entonces cuando hay que pelear, y con todo lo que nos quede, aferrarnos a una llamada, un gesto, una intención que pinten un destello para que cuando se pierda, dejen una breve muestra de lo que fuimos y lo que aquí dejamos, por poco que sea, lo que quedará de nosotros.
La noche ya ha bajado aquí y la brisa tiembla contra grúas ya tan altas que nos han perdido de vista. Contra ese anochecer inmenso camino, tratando de convencerme a mí mismo de seguir adelante hacia una misión que aún solo entreveo y que la mayoría de las veces no me apetece hacer. Pero esa debe ser la misión de todos nosotros, supongo: ir donde uno no quiere para hacer lo que no desea. Y allí seremos, al fin, libres.
domingo, 20 de septiembre de 2020
20 de septiembre. Como osas fablar...
Lengua sin brazo, como osas hablar, dice el Poema de Mío Cid. Como la vida cada vez es más cómoda y las opiniones, y muchas decisiones suelen salir gratis, la cantidad de lenguas sin brazos no ha dejado de multiplicarse.
Hay quienes salen a la calle como quien va a la guerra, dispuestos hacer pagar al mundo toda la frustración y rabia que les ha propinado. Por supuesto, en la vida existe una saludable relativa igualdad de fuerzas. Siempre habrá alguien más fuerte que tú, así que no resulta muy prudente escupir a la gente con la que uno se encuentra. Pero la lengua no conoce límites. Lo que la realidad niega, una personalidad animosa y victimizada puede conseguirlo, enhebrar un conjuro que convierta los hechos en su opinión, sus balbuceos en audacia y su visión ignorada en un dictamen universal. Siempre ganan, porque nunca arriesgan. Es fácil levantar catedrales góticas en la Idea. Pero ellas nunca se han erigido sobre opiniones. Una gota de sangre del derrotado vale todas las Epopeyas.
Es el clima moral de la época y todos nos sumergimos en él. No caer en la amargura inane de quien secretamente sabe que el abismo que separa la realidad de su deseo no se ha de rellenar con voluntad y encomendarse al bálsamo insuficiente de la ironía no parecen mala guía, pese a todo. A ello trato de elevar cada noche las ciegas guías de mis intenciones cada vez más torpes e inseguras, pero aún capaces. Quizá el brazo no pueda mucho, pero intentaré no llevar mi lengua mañana no más allá de lo que su debilidad permita.
Y que el veneno de la insidia no encuentre mis labios, sino es para despreciarlo, por siempre. En la ciudad que levanta luces contra las nubes nocturnas que cierran la esperanza de las estrellas, el rumor del mar gime secretamente como una promesa de la que algún día seremos dignos.
miércoles, 16 de septiembre de 2020
Abraham Zacut. 16 de septiembre.
Hace unos años, caminaba por mi ciudad y en la parte antigua llegue a una Biblioteca nueva, cerca de las facultades de ciencias. Aparte de la alegría que suscita una isla más de cordura en el delirio del mundo, llamó mi atención su nombre, "Abraham Zacut".
Nación en Salamanca hace casi 600 años. Estudió los arduos símbolos de la Cábala, también la Torá y el Talmud. Escrutó las estrellas y llegó a ser un sabio astrónomo, sin que su sapiencia aprovechara más a otros: la sinrazón de la época proscribía a los judíos el ejercicio docente. Por ello, su vida intelectual y me temo que personal, fue una búsqueda de protección y mecenazgo para su actividad científica, aguardando en su memoria los textos que saldrían después a la luz, Ha-ḥibbur ha-gadol (La Gran Composición) y su Tratado de las influencias del cielo. Se especula con la influencia que sus mapas estelares tuvieron sobre los viajes de Vasco de Gama en busca de las tempestades desconocidas en un cabo de buena esperanza. La historia contrafáctica es siempre sugerente; tienta pensar que su nombre fuera reconocido con gloria y que su mente concibió un peregrinaje estelar que se integró en el rielar de aquellos astros sobre las olas mientras la tempestad hacia crujir las velas y las naves se agitaban, domadas por hombres valerosos. La acción y la reflexión convergiendo hacia un punto de equilibrio permanente. Consolaría pensar que vivió feliz entre sus estudios, nunca molestado y haciendo suya la divisa que aún se conserva hoy entre el olvido de su antigua sinagoga: "El ruido no hace bien. El bien no hace ruido".
Lamentablemente, nunca es tan fácil y para casi todos ha sido mucho más difícil que eso. Fugitivo de Sefarad hacia Túnez, luego a Turquía. Se ignora la fecha de su muerte y el lugar donde pudo haber acaecido, bien Jerusalén, bien Damasco. No merece el olvido que casi sepultó su nombre.
Sin embargo, la parte de la historia que más me ha conmovido estas semanas mientras leía sobre él es su primera expulsión hacia Portugal (donde fue Historiador y Astrónomo real durante algún tiempo). Tenía 40 años, los que friso yo ahora. Quizá sea tonto, pero la edad provoca cierta complicidad, como la de una comprensión más honda. Imaginar como avanzaba por una ruta polvorienta para huir de un país que lo odiaba a pesar de sus logros y que deseaba ignorarlos. La supervivencia nublando el juicio y la amargura del recuerdo. Y pese a todo, ha llegado hasta nosotros. Que el nuevo año hebreo incluya su presencia como la de una estrella lejana y tranquila que ilumine lo bueno que dejamos, en el silencio que da fruto en una brisa temprana.
Más allá de otro mar, las nubes ocultan las constelaciones en un mundo que las necesita, pues también va sin rumbo.




